DANIEL COTTA. ALUMBRAMIENTO. COL. ADONÁIS, EDICIONES RIALP

El alumbramiento que Cotta describe en el primer poema de este libro, «Instinto materno», no se circunscribe solo al nacimiento del hijo de Dios. En ese parto ve la luz el universo todo y cuanto en él existe: «Gestabas en tu seno todo el Génesis / y la teoría cuántica / más las mil décadas de Euforia Humana». Nace pues todo lo habido y por haber de una misma madre, la madre de Dios. Este afán totalizador tiene un fin, encomendar a la magnanimidad divina la suerte, no solo de nuestros actos, sino los de todo ser vivo. Todos los poemas de este libro participan de una doble intención, por una parte, la de señalar la potestad del Señor sobre todas las cosas y, en segundo lugar, la de agradecer le que haya concedido la gracia al ser humano, tal y como podemos comprobar en estos versos: «Te he salido, Señor, como a la piedra el musgo. / He sido el excedente, / tu don, tu inevitable consecuencia: / el álamo que le ha nacido al sol; / la isla que acaba de brotarle al mar. / He sido lo que ya no te cabía, / la luz que no podías retener». Sobre estos dos pivotes gravitan el discurso arrebatadamente místico de Daniel Cotta (Málaga, 1974), poeta con una obra lírica muy estimada: Beethoven explicado para sordos (2016), Alma inmortalmente enferma (2017), Como si nada (2018), Dios a media voz (2019), El beso de buenas noches (2020) y el justamente celebrado por la crítica Alpinistas de Marte (2020), Premio Antonio Oliver Belmás. 

     Como creador de todo lo visible y lo invisible, Dios es lo supremo, la suprema claridad, la suprema inteligencia fuente de bondad y conocimiento, a través de él se explican el mundo: «Y en cada manantial, en cada nido / estás vertiendo, Dios, la primavera. / Abril, de parte tuya, la ha traído» y de las cosas: «Yo mismo te confundo / con el amor de las pequeñas cosas, / como mis libros, las iglesias viejas, / los dieciséis cuartetos de Beethoven, / los versos de Quevedo o de Rosales / o la película en sofá del sábado». Es recreado en estos poemas con un ser en extremo comprensivo, generoso, magnánimo que comprende y perdona nuestras ofensas, nuestro descreimiento, nuestra falta de  fe. En este argumento se concentran los poemas de la segunda sección: «Creador, Padre y redentor mío». De el ser humano, imperfecto, «poco inferior a los ángeles», se ocupa la tercera sección, que comienza con estos versos: «Que soy lo más excelso de tu obra, / el último capítulo, / lo sé por el trabajo / que al Universo le costó gestarme», por eso cualquier acto debe ser una forma de obediencia y  agradecimiento. El poema «Catálogo incompleto de la gratitud» resume perfectamente esta idea, no en vano estamos hechos a su imagen y semejanza: «Para hacerme, Señor, / te inspiraste en Ti mismo. / Te miraste por dentro / y te sacaste el Dios, / me lo vestiste». No hay rastro de elegía en estos poemas porque la muerte es otra forma de vida, incluso más intensa, más pura, ya que en el deseo de resucitar se encuentra el núcleo de la creación espiritual. El ser humano, en su beatífica contemplación del Dios Todopoderoso encuentra la suprema plenitud de su existencia, por eso todo en estos poemas es canto, himno y oración, exaltación y negación de la realidad, de ahí la abundancia de expresiones absolutas, que no siempre obstruyen el camino hacia la duda, y de signos de admiración. Para resumir, una vez subrayada su finalidad laudatoria y proselitista («¡Más almas a las filas de la euforia / que aumenten con el son de sus latidos / el Salmo inagotable de su Gloria!» podríamos hacer nuestros estos versos de Jorge Guillén: «ser nada más. Y basta. Es la absoluta dicha». Lo demás queda en manos del Altísimo y de un lenguaje expresivamente convincente, aunque quizá un tanto salmódico.