JOSÉ CARLOS DÍAZ.  AIRE DE LUGAR Y GENTE.

EDITORIAL TREA.

Contra lo que pueda parecer, por la imagen generalmente idílica que nos ofrece la literatura, el pasado —y en él incluyo la infancia—no siempre es una etapa recreada con nostalgia, por más que el paso del tiempo haya contribuido con su labor de desgaste a diluir sinsabores, agravios y penurias, y no lo es porque tales penosas circunstancias han arraigado con tal fuerza en la memoria del ser que recuerda que salen a flote, como pecios de un naufragio, en cuanto se anuncia un temporal. Ese mar de fondo que saca a la superficie impresiones y evocaciones que aún erizan la piel es el que despliega toda su energía en la página, pero a medida que avanza la escritura del poema la palabra construye un muro de contención que mantiene al poeta ya maduro —José Carlos Díaz, en este caso— a salvo. César Iglesias, en el paratexto de la contracubierta, escribe que la escritura de nuestro autor «procede de una actitud vital capaz de sentir y pensar las perdidas y ficcionalizar la emoción, la belleza y la verdad más a allá de la realidad notarial» y es muy cierto, porque toda escritura, por muchas vinculaciones biográficas que presente, no puede renunciar a recrear la realidad, es decir, a readaptarla desde la perspectiva de quien escribe —«Quizás nada de lo que cuento sea exacto», afirma en el poema «A modo de venganza»— eso sí, sin llegar a la taxativa «También la verdad se inventa» de Machado. Esa readaptación en la que tanto influye el paso del tiempo es, probablemente, la forma menos traumática, cuando hablamos de hechos dolorosos, de visualizarla porque «Siempre se cierran en falso las llagas / que van dejando los días al paso», más aún porque «Al escribir siempre se exhuman / los huesos que nos yacen bajo olvido».

     En “Aire de lugar y gente”, José Carlos Díaz (Gijón, 1962), un libro con un marcado carácter simbólico, vuelve a sus orígenes, a la casa natal, al lugar donde creció, pero la distancia temporal provoca que la memoria, como hemos avanzado, no reproduzca con absoluta fidelidad aquella época. Una especie de niebla inmaterial envuelve los recuerdos, recuerdos que, como el agua, se deslizan corriente abajo. La infancia de Díaz —estamos hablando de la década de los sesenta en un pueblo apartado— pronto se tiñe de melancolía: «el hambre y la penuria vergonzantes, / la infancia tan de pronto malograda, / la lengua y la endogamia / que atrincheran la vida más humilde / y exigen sin piedad la desmemoria» y de una nostalgia —«nostalgia estéril»— ha dejado una impronta difícil de borrar, hasta el punto que ha alimentado durante años el rencor que aún pervive. 

     Hay una serie de palabras clave en este libro que se repiten con frecuencia en los poemas, palabras como penuria, miseria, rabia, venganza o vergüenza. Cualquiera que haya vivido aquella época, sabe cuánta verdad encierra cada una de ellas, cuanta dignidad amordazada: «Fueron tiempos de sumarias justicias, / la de la rabia antigua, / premeditada en la miseria, / y la aún más terrible, / la del que vence sin perdón / y se alimaña al olor de la sangre», escribe Díaz. Tal vez por eso el regreso esté impregnado de una sensación agridulce. Por una parte, visitar esos lugares suscita una emoción introspectiva y filantrópica —«En ese ingrávido vacío / que amputó el aliento de lo que fue todo un mundo/ se mueven como larvas ciegas / las raíces de cuanto extraño en la distancia / por más que nunca hubiera sido mío»—, pero, por otro, ciertos hechos de aquel tiempo son capaces de provocar todavía odio, deseo de venganza porque «Cualquier ruido embozado / presagiaba entonces un rostro / voraz e inaprensible». Quizá lo dicho hasta ahora lleve al lector a una conclusión errónea, la de pensar que el poeta vivió esa época imbuido de un temor permanente y, como demuestran algunos de los mejore poemas de este libro, no fue así. Véase «Ciruelas a amarillas», «Árbol», «El retorno» o «Día de boda». Sin embargo un hecho luctuoso, la muerte del padre, ha sido, como el propio poeta confiesa, el motor que le impulsó a escribir. Los poemas de la sección «René, mon pére» son los que más directamente se refieren a esa pérdida: «Mi padre quedó huérfano muy pronto. El abuelo había ejercido como cabecilla republicano y fue ajusticiado justo después de acabada la guerra. Se hizo duro y largo entonces esquivar la miseria. En las escuelas, los cursos solo se sucedían para la descendencia de invictos y neutrales». Para desafiar al olvido, Díaz ha escrito algunos de sus recuerdos más emotivos, como forma de homenaje al padre. Mencioné al principio el simbolismo de este libro. Basta leer un poema como «Al volante» para percibirlo en toda su intensidad. Quien una vez fue hijo, es también padre. Las dos figuras se funden en la última sección de libro dejando la ventana abierta a la esperanza. José Carlos Díaz ha escrito un libro de poesía verdadera, indudablemente, pero “Aire de lugar y gente” es también un libro de Historia y un manual de Sociología. Con él ha puesto al día sus emociones y, probablemente, ha pagado alguna deuda consigo mismo. Si es así, la poesía habrá su cometido.

RESEÑA PUBLICADA EN EL DIARIO MONTAÑÉS, 14/05/2021