JOSÉ MANUEL CABALLERO BONALD.
OFICIO DE POETA: IGUALAR CON LA VIDA EL PENSAMIENTO

En la mañana de ayer domingo, poco después de las ocho, fallecía en su casa madrileña José Manuel Caballero Bonald. Tenía 94 años y hasta los últimos años se mantuvo activo participando en numerosos encuentros poéticos — tuvimos la fortuna de asistir a una lectura de su poemas en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo de Santander, en la cual inauguró la décima edición de las Veladas Poéticas—, publicando alguno de sus mejores libros de poesía —lo que desmiente, y hay otros notorios ejemplos, la tan traída afirmación de que la poesía es un género de juventud— y criticando con su lucidez habitual la situación política y social de nuestro país —se declaró partidario del movimiento 15M, por ejemplo—, crítica también muy visible en sus poemas (la poesía, dijo en alguna ocasión, «siempre tiene que criticar la injusticias»), sobre todo desde el libro “Manual de infractores” (2005) hasta llegar a “Desaprendizaje” (2015), su entrega más reciente si excluimos “Examen de ingenios” (2017), un libro recopilatorio, un centón de «retratos de escritores y artistas que me han atraído por alguna razón y a los que he tratado de manera asidua o eventual». No podemos obviar que el autor de novelas como “Dos días de septiembre” (1962), galardonada con el Premio Biblioteca Breve, “Ágata ojo de gato (1974), Premio de la Crítica o “Campo de Agramante” (1992), de los libros de memorias “Tiempo de guerras perdidas” (1995) y “La costumbre de vivir” (2001), reunidas bajo el afortunado título de “La novela de la memoria” y de incontables artículos y ensayos —“Oficio de lector” (2013) reúne una parte importante de sus trabaos sobre literatura y poesía— manifestó en numerosas ocasiones que había abandonado definitivamente la prosa, entre otras razones, porque esta requiere una dedicación y un tiempo de escritura a largo plazo. La poesía, sin embargo, exige una dinámica diferente, más propicia para espacios temporales breves y, además, es capaz de abrirle puertas a lo desconocido y de mantener, a pesar de la edad, su mente en ebullición: «La edad me ha ido dejando / sin venenos, / malgasté en mala hora / esa fortuna. / ¿Qué más puedo perder?». De ahí que haya publicado también varias recopilaciones y antologías y, además de los ya citados, libros de poesía fundamentales como“Diario de Argónida” (1997), “La noche no tiene paredes” (2009) y“Entreguerras”(2012), una especie de autobiografía en cerca de 3000 versos, y en todos ellos destaca el esmerado uso del lenguaje, la búsqueda de la palabra precisa—«Vengo de una palabra y voy  a otra / errática palabra y soy esas palabras / que mutuamente se desunen…»— , aquella que mejor exprese los conflictos interiores, los problemas inherentes a toda existencia. Caballero Bonald ha escrito siempre una poesía reflexiva y exigente para lo que se ha valido no del lenguaje informativo, sino del lenguaje culto y literario, barroco en muchas ocasiones, un lenguaje que pone a prueba al lector, obligándole a releer y a meditar sobre lo leído, porque nunca ha buscado la complacencia sentimental, sino la complicidad intelectual.

Caballero Bonald ha merecido en su larga y fecunda trayectoria innumerable reconocimientos, pero la cumbre de todos ellos fue, sin duda, la concesión del Premio Cervantes en 2012. Estaba ya en el canon como uno de los miembros más destacados de lo que se ha llamado, con mejor o peor fortuna, la “Generación del 50”, pero la importancia de este galardón consolida la obra del premiado que, en este caso, es un ejemplo de coherencia y honradez intelectual, porque, y no es mérito menor, esa voz que revela la indignación de un hombre mayor, pero lúcidamente insurgente, no se ha estancado en una prosodia acomodaticia, bien al contrario, el autor ha seguido indagando en los arcones de su amplia tradición poética, hasta el punto de que en su ya citado último libro, “Entreguerras o De la naturaleza de las cosas”, «Vuelve —en palabras de Juan Carlos Abril— a visitar sus temas y lugares predilectos bajo el flujo y reflujo del vanguardismo, que nunca hasta ahora había usado de manera exenta. Esta obra es ciertamente una cumbre formal y estilística». De no muchos poetas, pasados los ochenta años, se puede hacer una afirmación tan contundente y certera.

Una obra que, según la crítica, se puede dividir en cuatro ciclos: El primero, caracterizado por una mezcla de metafísica con la indagación metapoética está constituido por “Las adivinaciones” (1952), “Memorias de poco tiempo” (1954) y “Anteo” (1956); en el segundo predominan la «problemática existencial: individual/social» (Abril) y está integrado por “Las horas muertas” (1959) y “Pliegos de cordel” (1963). Conviene aclarar que estos compartimentación no es estanca ni los cambios de ciclo son concluyentes, tal y como señala Abril, «responden a estímulos creativos, y no son monológicos sino que dialogan entre sí, presentan contradicciones y trasvases». El tercer ciclo es un laberinto vital y literario y lo componen los libros “Descrédito del héroe” (1977) y “Laberinto de fortuna” (1984).  El protagonista de ambos poemarios es un hombre acuciado por el desencanto que encuentra en la escritura la única esperanza de redención, esperanza muchas veces truncada por la ineficacia del lenguaje. La cuarta y última etapa, el ciclo de Argónida, está integrada por “Diario de Argónida” (1977), “Manual de infractores (2005)”, La noche no tiene paredes (2009) y “Entreguerras o De la naturaleza de las cosas” (2012), aunque quizá estos tres últimos títulos se puedan agrupar en una subdivisión marcada por un compromiso más acusado con la realidad, una reinterpretación de esa realidad también de carácter estético, como en sus libros anteriores, pero ahora más influida por un descrédito de las ideologías y una mirada nada complaciente del mundo en el que habita. El propio autor ratifica esta idea cuando certifica: «Yo nunca he escrito tan cerca en el tiempo como con los tres últimos libros. Antes tardaba diez, doce años entre uno y otro. Ahora ha habido un fervor inusitado, una especie de energía que me vino por el miedo a la desmemoria. Me vino de pronto este deseo de ir contando las cosas sin pararme a pensar que me faltaba energía, que la poesía es un género juvenil y que yo era muy viejo para hacer poesía». Ese devoción por el lenguaje, esa búsqueda de la definición más rigurosa se puede reconocer en cualquiera de los libros de Caballero Bonald, quien, tal vez hastiado de tanta inmoralidad pública, afirma en una entrevista realizada por Juan Cruz que  «La vida de un hombre debe ser limitada […] Escribo algún que otro poema, claro, pero no más […] Además, ya he escrito suficiente».

Como otros muchos escritores, Caballero Bonald confiesa que se hizo escritor porque leyó «primero a unos escritores que me emocionaron, que me abrieron un camino. Sin esas lecturas previas, estoy seguro que no me habría dedicado a cultivar la literatura. Y además, el hecho de haber sido un lector constante a lo largo de los años, también me ha servido para ir calibrando la natural evolución de mis gustos estéticos». A lo largo de su obra podemos seguir la evolución estética y el compromiso moral de un hombre que, más allá de la previsible subordinación de la experiencia vital al lenguaje del poema, se ha resistido a permanecer callado, a seguir la ortodoxia corporativa. Ha sido, y en su poesía podemos comprobarlo, un insumiso, un modesto disidente, sin altanerías ni estridencias, que más que buscar la absolución en la historia o en la literatura, ha perseguido la transformación de la deriva de una sociedad con la que no está conforme. En una de sus declaraciones de la última época, decía: «A mi edad, el futuro es muy exiguo. Tengo mucho pasado por delante y el futuro se acorta. Mi sensación ahora es de fin de trayecto, de escepticismo, de estar en un punto en que ya nada vale mucho la pena. El futuro es una pared vacía, la meditación ante el muro, que es casi el título de un libro que ya no escribiré». Para llenar de ventanas abiertas al futuro esa pared vacía no está de más releer la poesía de Caballero Bonald, un ejemplo de rigor insustituible, porque, además, en ella sentimos algo que echamos mucho de menos en estos tiempos aciagos, el latido de la esperanza.

Artículo publicado en El Diario Montañés el 10/05/2021