MARTÍN LÓPEZ VEGA. EGIPCÍACO. EDITORIAL VISOR.
 
Cuatro años han pasado desde que Martín López-Vega (Póo de Llanes, 1975) enviara a imprenta su último libro de poemas, Gótico cantábrico, si exceptuamos la publicación de su obra completa en el libro El uso del radar en mar abierto. Poesía 1992-2019 (2019), hasta este Egipcíaco, libro con el que guarda innumerables similitudes, aunque la más significativa, o la que menos desapercibida pasa, tiene que ver, no con la recuperación de la infancia como espacio mítico —López-Vega raramente incurre en la exaltación de esa época de modo general—, sino con el anclaje vital a quienes hicieron posible que, vista desde el presente, pueda rememorarla sin afectación y sin resentimiento, aunque hubiera motivos para ello. Los acontecimientos que marcaron el devenir de aquellos años son analizados ahora, y en algunos momentos de Gótico cantábrico, con la asepsia propia de quien ha dado carpetazo, probablemente en un intento —conseguido, a mi parecer— de desembarazarse de incómodos lastres. Su nomadismo, su incesante peregrinaje por lugares —son numerosos los poemas que tienen como escenario ciudades y regiones foráneas, acaso porque ha adoptado el cosmopolitismo como gorma de vida: «Soy de todas las ciudades / de las que puedo dibujar un mapa de memoria, / de todos los idiomas / en los que sé pedir café y amor y olvido, / de todos los países / cuya frontera puedo cruzar / sin que me pregunten si rezo o a quién rezo / ni que pienso de la identidad y el capital»,— y ocupaciones, quizá tenga mucho que ver con esto y sea, por esta razón, la respuesta más adecuada, porque, pese a ese vagabundeo casi permanente, y aunque la relación con el terruño sigue siendo intensísima en López-Vega —para comprobarlo, no hay más que leer poemas como «Ivierno mandadero», escrito en con el lenguaje que utilizaba sus abuelos cántabros o el magnífico y emotivo «Un episodio personal»— la distancia, tanto temporal como espacial, le permite cierta ecuanimidad emocional y facilita observar el pasado desde una perspectiva más amplia, no cegada por los sentidos. Ese nomadismo al que he hecho mención se hace visible también en la herencia literaria de López-Vega, abierta a múltiples tradiciones, no circunscrita, como es habitual, a las de rango más potente. Me atrevo a afirmar que es el poeta de nuestro entorno más ambicioso y más expansivo en ese aspecto. Siempre está en disposición de descubrir, y de descubrirnos, nuevos poetas y de ofrecernos versiones de su obra. Gracias a esas versiones, accedemos a poemas que, de otro modo, nos sería prácticamente imposible leer.
      Pero vayamos a Egipcíaco, un libro extenso y diverso en su unidad, fiel a su modo de entender el acto poético, muy apegado a lo testimonial y a lo biográfico, en el que da prioridad al decir, pasando el cómo decirlo a segundo plano, lo que no es óbice para que sus poemas mantengan la tensión rítmica necesaria para que el verso, pese a las repetidas licencias, se familiarice con nuestro oído. La influencia de otras tradiciones distintas de la nuestra tiene mucho que ver con esa libertad expresiva de Martín López-Vega, a quien no le asusta tomar riesgos, experimentar o innovar si con ello consigue su objetivo. 
Si nos fijamos en cómo empieza el libro, con el poema «Otro ensayo del día logrado», da la sensación de que para el poeta ha llegado el momento de hacer balance, de separar el grano de la paja. La experiencia vital ya es lo suficientemente vasta como para poder extraer algunas conclusiones: «A partir de los cuarenta, / no habrá día logrado que no pase por sobreponerse. / En su caso, en su ahora, ¿cómo se sobrepondrá / a que ella ya no esté? ¿Cómo alcanzar / el día logrado si ni un día pasará en que no piense / en su sonrisa…?». Sobreponerse al dolor, al desengaño, a la ausencia, a los envites de la vida, esa es la mejor enseñanza que nos regalan los años y parece que los cuarenta marcan un antes y un después: «—lo que parece la felicidad a partir de los cuarenta: / no sentir dolores, no pensar demasiado, / abandonarse sin más—». Saber disfrutar de las cosas sencillas, cotidianas que contribuyen a mejorar la existencia, las cosas que hacen feliz al hombre común tiene, sin duda, su mérito, pero el acatamiento provoca docilidad, inacción y contra ello se subleva el poeta, que reclama poner en práctica la libertad de elección, no vivir «siempre amilanado» por el remordimiento o por la fe. Ecos del Salinas de la trilogía amorosa encontramos en alguno de los poemas, como en «Si quisieras» (recuerda el «Si me llamaras, sí; si me llamaras»).
     Los cuarenta son, como he dicho, el momento de volver la vista atrás y de preguntarse, ya sin tantas filosofías, cómo hubiera sido la vida de ser él de otra forma, de ser otro: «Qué diferente hubiera sido tu vida / si hubiera tenido otro carácter, / si simplemente hubiera tenido la energía / de llevar sus ideas a cabo». Quien ha llegado a no temer plantearse sus contradicciones en la escritura es alguien que asume que el fracaso no es esterilizador, sino todo lo contrario, debe ser un aliciente para continuar con más ahínco, si cabe: «solo es fracaso si no has aprendido nada, / o: solo descubrirás quién eres / cuando te libres de quien crees que eres». Son también los cuarenta cuando comienzan a manifestarse, como vemos, los conflictos de identidad en toda su crudeza.  Todo el libro fluye por esta corriente principal, pero a ella van a desembocar numerosos afluentes. Uno de ellos, torrencial en ocasiones, es el de la búsqueda de la felicidad, rebajada ya a unos niveles accesibles: «Llegó a la conclusión / igualmente provisional / de que ser feliz / importa ser capaz de atravesar el dolor, / ser uno entero en la soledad». Nada de entelequias propias de la juventud, aunque en un libro tan extenso como este, hay lugar para reivindicar el peso de la infancia y, también, para romper las cadenas con ella. Lo posible y lo imposible —la falsa paternidad, por ejemplo, o la estremecedora carta al padre («Ahora que has muerto / tal vez pueda de una vez renunciar a tu herencia, / dejar de querer irme siempre de mí»— conviven en estos poemas discursivos, llenos de detalles que facilitan el desarrollo del pensamiento, pero en los que percibimos siempre un halo de misterio, de alucinación, como en el poema «Los gatos de Niembru o bien visita de la hija inexistente», porque tal vez «se trate de vivir una vida sin idea / que  sea apenas el acontecimiento de la vida», o en «Un museo». En cualquier caso, queda claro que estamos ante un libro capital en la trayectoria del autor, no en cuanto se refiere a la libertad formal —no muy distinta de sus anteriores libros—, pero sí en la intensidad con la que ha ahondado en el dolor de vivir, en cómo ha dado voz a sus demonios familiares y en cómo, gracias a la poesía, ha conseguido domesticarlos.
 
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