ADA LIMÓN

SOBRE LA PREPARACIÓN DEL CUERPO PARA UN MUNDO REABIERTO

LOS DESAFÍOS DE SALIR DEL ENCIERRO

 

1.

La mayoría de los días me pregunto «¿Qué necesito? ¿Qué necesito?» Soy un pájaro con una llamada característica que hace un ruido entre un arpa y un martillo neumático. ¿Qué necesito? La pregunta me resulta curiosa. No estoy segura de cuándo empezó a seguirme por la casa, como mi perro, o el viejo gato que pretendía rellenar un vacío incontestable. Pero, incluso, resulta más curioso que a menudo haya una respuesta. Apareció hace aproximadamente un año, cuando comenzó el cierre por la pandemia. Un ruido dentro de la garganta y el tórax: «¿Qué necesito?». Todas mis preguntas comienzan en el cuerpo.

 

 

2

Mientras escribo esto me preocupan los pájaros. ¿Se han vuelto demasiado dependientes de quien los alimenta? Lleno y lleno y lleno la escudilla y todavía quieren más. En ese sentido, son más humanos que pájaros, en su perpetuo deseo de ser sanados por algo externo a nosotros. Una vez, alrededor de una fogata en Kentucky, con la luna sobre la ladera del vecino, mi amigo S dijo: «Estoy tan cansado de la palabra insaciable. Describir a las mujeres ardientes como insaciables. No quiero ser insaciable, quiero estar satisfecho».

 

3.

La poeta Marie Howe dijo una vez que si no sabía a dónde iba un poema, debería poner un «yo quiero» allí y ver qué ocurre. Una de mis partes que má me gusta de la película Flashdance, que es una de mis películas favoritas de todos los tiempos, es la parte en la que Alex (en parte bailarina exótica, en parte aspirante a bailarina) está en el confesionario y su confesión es simplemente: «Lo quiero demasiado». Y comienza a llorar. Quiero quiero quiero. Pero la cuestión del querer es diferente de la cuestión de necesitar. Lo que quiero es que el mundo se abra de nuevo, que el dolor nos deje como una tormenta en un sueño, que despertemos y estemos curados. Si soy sincera, también quiero un trago de un excelente tequila.

 

4.

No soy propensa a la soledad. En esto, tengo suerte. Echo en falta a la gente, pero a la gente en particular. No solo la idea de gente. No necesito una multitud. Pero me gusta la forma en que me muevo en una casa vacía. Lo siento más como un moverse en mi cerebro, de habitación en habitación continuo deambulando. No ocurre así fuera de casa. Donde hay extraños. Por mi género, me muevo con más miedo, incluso en la seguridad de las amplias calles suburbanas. Todos sabemos que las mujeres terminan muertas en las cunetas todos los días. En la película Coal Miner’s Daughter, cuando una persona desconocida entra, un niño grita: «¡Se acerca un extraño!». Mi corazón grita eso ahora cuando veo a alguien que no conozco. ¿Qué quieren de mí? ¿Tienen mascarilla? ¿Por qué caminan tan cerca?

 

Necesitaré trabajar más duro para volver a sentirme cómoda en el mundo real.

 

5.

Durante la pandemia hay más tiempo para preguntarme qué necesito. Más tiempo para tener curiosidad por la respuesta. A veces la respuesta es algo de comer, a veces la respuesta es dormir una siesta, a veces es llorar, solo para desahogarme y llorar. Como Alex en el confesionario de Flashdance, llorando a gritos por todos los posibles sueños que se frustraron. La mayoría de la gente tiene miedo, si escucháramos a nuestros cuerpos, nos mentirían. ¿En quién confiamos más? ¿En el cuerpo o en la mente? O, como dice la poeta Brenda Hillman, «El cerebro es parte del cuerpo».

 

6.

Actualmente soy poeta visitante en una universidad y la persona con la que trabajo me preguntaba sobre lecturas virtuales y enseñanza virtual. Fue entonces cuando me di cuenta de cuánto me gustaba entrar en una habitación sin mi cuerpo. Tengo neuritis vestibular crónica, que es una forma elegante de decir que tengo vértigo ocasionalmente. A veces, moverse puede ser complicado. Es un gran alivio sentarse y enseñar y no tener cuerpo. No se preocupe por las caídas. Me gusta ser una cabeza, solo una cabeza moviéndose en una caja negra. Puedes ver mis expresiones hiperactivas y sentir que estamos cerca. Aunque no estemos cerca. Nadie puede tocarme a mí ni a mi cuerpo.

 

7.

No fue hasta hace poco que me di cuenta de que siento más dolor que los demás. Algo en mi cerebro hace que mis receptores del dolor estén excesivamente activos. Es extraño pensar que el dolor está en el cerebro y no en el cuerpo. En el libro de Bill Bryson The Body, sans-serif; “> dice que no se siente dolor hasta que se registra en el cerebro. También dice que hay tres tipos de lágrimas: reflexivas, basales y emocionales. Y los científicos aún no saben por qué lloramos, «ya que no hay ningún beneficio físico en llorar». Estoy en desacuerdo. Yo me siento mejor después de llorar. Cuanto más lees sobre el cuerpo, más te das cuenta de que nadie sabe nada sobre el cuerpo.

 

8.

No es que no me guste mi cuerpo. Al contrario, amo mi cuerpo. Estoy agradecida por mi cuerpo. Le pregunto qué necesita y me lo dice. Puedo moverme fácilmente en él, en su mayor parte. Estuve enferma durante algunos años, pero ahora puedo bailar. Lo que no me gusta es que otros juzguen mi cuerpo. La forma en que las personas miran mi cuerpo o, porque no me han conocido en persona, se sorprenden con mi cuerpo. En ese sentido, no tener un cuerpo para enseñar o leer se percibe como libertad. Nadie está mirando mis pechos, mi pequeña estatura o mi curvada columna vertebral. Solo están viendo mi cara y, a veces, si no estoy de humor, mis lágrimas poco científicas.

 

9.

Cuando trabajé para Brides Magazine en Times Square estaba a cargo de administrar todos los medios para un próximo evento nupcial donde las novias podían conocer a famosos planificadores de eventos y diseñadores de vestidos de novia y obtener consejos sobre cómo planificar sus próximas nupcias. Solía ​​realizar conferencias telefónicas en una gran sala de conferencias vacía que tenía tan fuerte el aire acondicionado que me envolvía el cuerpo con una manta. En un evento, conocí a una de las diseñadoras con las que había habladopor teléfono, estaba desconcertada por lo baja que era y mi espeso cabello negro —mi «etnia». Dijo: «Deberías estar en una torre y hacer desde allí tus llamadas para que todos puedan imaginar que eres alta y rubia».

 

10.

Cuando me pregunto qué necesito, no es frecuente que la respuesta sea: nada. Sobre todo, mi cuerpo necesita algo, el cerebro necesita algo. Me muevo de una habitación a otra de esta manera, mi yo curioso parece estar saciado.

 

 

11.

Hay tantas reglas sobre el cuerpo. Siempre me ha gustado bailar. En la universidad asistí a clases de baile cada trimestre, aunque nunca fui lo suficientemente valiente para llegar a las clases avanzadas. Esos cuerpos eran bellísimos, como sacados de un sueño. El mío era más terrestre, más cercano a la tierra, real en todo su duro esfuerzo. No fue hasta la pandemia que comencé a asistir a clases de baile nuevamente. Ahora bailo tres o cuatro veces por semana. Me pregunto si es porque nadie puede ver mi cuerpo.

 

12.

Cuando tenía 17 años, me mudé a Alemania para estar con mi rubio, alto, guapo y divertido novio. Ambos queríamos ser actores. Teníamos un imán para lo dramático. Viví con él y su familia. Después de solo unos meses de comida alemana pesada y hefeweizen nocturno, cogí un peso que no había tenido antes. Inmediatamente limité mis calorías y comencé a hacer ejercicio. Para hacer ejercicio eché a todos de la sala de estar y cerré las persianas de todas las ventanas para que ni siquiera los vecinos pudieran ver mi cuerpo. ¿Por qué los cuerpos se sienten tan avergonzados? Cuando tuve relaciones sexuales por primera vez, recuerdo que pensé que era mejor abandonar mi cuerpo, en lugar de estar en mi cuerpo. Una parte de mí estaba debajo de un chico y otra parte estaba a salvo en la parte superior de la habitación, flotando, libre.

 

13.

Viajando por París, justo después de haber repersentado de nuevo Le Baiser de l’Hôtel de Ville, tuvimos que apresurarnos  para coger un tren. Llevaba unas bermudas floreadas y pensé que me veía muy francesa con mi larga trenza lateral pero ahora sabía que era muy estadounidense. Fumar Gauloise con su envoltorio azul brillante no te hace francés, solo te provoca náuseas. Mi novio era treinta centímetros más alto y yo intentaba mantener el ritmo mientras corríamos para coger el último tren a nuestro albergue. Para animarme, dijo: «Puedo ver la celulitis de tus muslos derritiéndose». No me empujó a correr más rápido. Me dieron ganas de abandonar. Yo tenía diecisiete. Pesaba cicuenta y dos kilos.

 

 

14.

Se escenificó la admirada fotografía, Le Baiser de l’Hotel de Ville. Las dos personas que se besaban eran aspirantes a actores, como nosotros. Estaban muy enamorados, como nosotros. El fotógrafo Robert Doiseneau los había visto besarse y les preguntó si nos les importaba besarse de nuevo para una foto. Durante años, otras parejas estuvieron convencidas de que eran la pareja joven de la foto. Se vieron a sí mismos inocentes en la calle parisina, tan refinada y encantadora. No se reveló nada hasta 1993, que casualmente fue el año en que yo estuve en París, cuando una pareja llevó a Doisneau a los tribunales por usar su imagen. Doisneau tuvo que desvelar la identidad de los protagonidtas reales la fotografía para ganar la demanda. De la pareja real, la mujer consiguió ser actriz y el hombre productor de vino. Su amor no duró, a pesar de que sus cabezas y sus cuerpos están inmortalizados, entrelazados en un beso.

 

15.

Si le pregunto a mi abuela de 96 años cuántos años tiene en su corazón, dice 15. Esa es la edad que yo siento también. Hay edades y edades. Mi abuela se casó a los 18. Siempre ha tenido los senos muy grandes, desde que puedo recordarlo, y mi abuelo, un buen hombre, siempre estaba celoso de la gente que miraba los senos de mi abuela. Una vez, cuando estaba saliendo de una larga enfermedad, apenas podía ver, pero alcanzó sus pechos. Mi abuela se rió y le dijo a mi primo: «A él siempre le han gustado mis pechos”. Se nos enseñó a disculparnos por la abundancia. Se nos enseñó a avergonzarnos de ello, hasta que alguien lo desea.

 

 

16.

Anoche fui a un memorial virtual por Richard McCann, un escritor y ser humano al que admiraba. Tenía una larga historia clínica, un trasplante de hígado, problemas del cuerpo, bifurcación del ser. Incluso en el memorial, me alegré de ser solo una cabeza. Una cabeza en una caja. Apagué mi cámara para llorar un par de veces aunque nosotros no éramos muy amigos. Seguí pensando en lo que pasará cuando el mundo se abra de nuevo. Quiero que se abra. Quiero intensamente que se abra. Y, sin embargo, estoy encariñada con moverme por el mundo solo como cabeza. Era bueno afligirse de una manera pública que también era privada, segura. Tendré que trabajar más para volver a sentirme cómoda en el mundo real. En su ensayo The Resurrectionist, McCann escribió: «Está trabajando preparándose para la luz del sol».

 

 

17.

Mi esposo me llamó para decirme que había pasado la noche pensando en un artista que se suicidó. Dijo que había imaginado que el puente del que saltó era pequeño, pintoresco, como sacado de una novela isabelina, pero que, en cambio, era un paso elevado enormemente transitado, como el Golden Gate o el Bay Bridge. De alguna manera eso lo entristeció más. A medida que envejeces, desaparece el romanticismo del suicidio. Otra amiga me llama para decirme que está pensando en todos los poetas que han muerto antes de los cincuenta años. Cómo antes parecían viejos, y ahora nos parecen tan jóvenes. En una entrevista, alguien me preguntó por qué elegí hablar de Muriel Rukeyser en lugar de Plath o Sexton y dije: «Porque ella sobrevivió». Me preocupa cómo celebramos a las mujeres poetas que se suicidaron jóvenes. ¿Es porque ya no tienen cuerpo? ¿Es más fácil amar a una mujer que no puede responder? ¿No puede haber más que palabras en una página? ¿No puede envejecer un cuerpo?

 

He comenzado a presenciar mi cuerpo como un amante íntimo personal. No siempre tengo que ofrecerlo al mundo.

Rukeyser, en 1971, poco menos de diez años después del suicidio de Plath, escribió este poema:

 

NO SER ESCRITA.

NO SER DICHA.

NO SER PENSADA.

 

Prefiero ser Muriel

que estar muerta y ser Ariel.

 

18.

Recibiré mi segunda dosis de la vacuna en pocas semanas y hoy me preguntaba si debería practicar con los de zapatos de tacón de nuevo. En el viejo mundo, siempre usaba zapatos con tacones, botas o sandalias de tacón alto. Pensé que era mejor ser más alta, parecer más alta, también pensé que quizá ser más alta me haría más humana y acaso más delgada. Pero ahora, solo uso calzado con el que puedo bailar. Principalmente, alterno entre dos pares de zapatillas altas. Las he llamado mis «zapatillas altas de hip hop» para que sepan que tienen una finalidad  y yo conozco su finalidad cuando me los pongo. Nunca supe que debías usar zapatos con los que pudieras mudarte. Pensé que los zapatos estaban destinados a hacerte parecere más alta. (Nadie necesita ser más alto o más delgado si es solo una cabeza en una caja).

 

19.

Cuando comenzó la pandemia, empecé a monotorizar mis niveles de dolor. Durante mucho tiempo pensé que los niveles de dolor, para la mayoría de la gente, rondaban los 5. Eso aparentemente no es cierto. Aunque hay mucho dolor en el mundo. Demasiados cuerpos sufriendo. En mis cuarenta, he comenzado a hacer listas. Me encanta escribir listas y, más que eso, me encanta marcar cosas de mis listas. Escribiría al final de mi lista, «hoy, nivel de dolor 6». Le pregunto a mi cuerpo qué necesito y qué quiero y, a veces, lo hago parte de mi lista. Guiada por Anushka Fernandopulle hago una meditación llamada «Agradecida por tu cuerpo». Sientes el cuerpo en partes y en su totalidad. El otro día, me di cuenta de que mi cuerpo no  sentía dolor y eso me preocupó. Pensé, ¡no puedo sentir mi cuerpo! ¡No tengo cuerpo! El dolor es cuanto ha experimentado siempre mi cuerpo y de repente no había dolor.

 

20.

Sé que pronto tendré que estar en el mundo con mi cuerpo. Me subiré a un avión con mi cuerpo y abrazaré a mis padres con mi cuerpo y veré el valle natal con los ojos de mi cuerpo. Hay placer en este pensamiento futuro. Quizás, sin embargo, necesito reconocer que he estado segura al mantener mi cuerpo en privado. Mi trabajo ha sido cuidar mi cuerpo solo para mí. No gastarlo con los ojos de los demás, sino solo con los míos. Mi amiga Rebecca Lindenberg siempre dice: «No existe una historia total». Me encanta eso, porque es verdad. Y, sin embargo, existe el cuerpo total. Completo con sus necesidades y deseos. Todos estos meses, escondido en la intensa privacidad del encierro, he comenzado a presenciar mi cuerpo como un amante íntimo personal. No siempre tengo que ofrecerlo al mundo. Puedo, si quiero, ofrecer solo mi cabeza en su caja negra, o las palabras en mi cabeza, las palabras que son los restos de un cuerpo.

 

Versión de Carlos Alcorta