MARÍA NEGRONI. ORATORIO. EDITORIAL VASO ROTO POESÍA.

La argentina María Negroni (Rosario, 1951) ha tenido cierta fortuna entre los lectores de poesía de nuestro país, en gran parte debido a la editorial Vaso Roto, editorial en la que ha publicado, además de “Oratorio”, otros tres títulos: “Exilium” (2016), “El arte del error” (2016) y “Archivo Dickinson” (2018). Su extensa obra abarca, además de poesía, ensayos multidisciplinares y dos novelas, “El sueño de Úrsula” y “La Anunciación”, cuyo aliento la propia autora no considera muy distinto de sus poemas.

    Si algo define “Oratorio” —el título es suficientemente esclarecedor, aunque su significado sea ambiguo—, un largo poema dividido en secciones, apenas separadas por un espacio versal que no establece una frontera insalvable, sino que da pie a modular el registro de la respiración para tomar aliento y seguir con la lectura, es el asombro, la búsqueda, una búsqueda a ciegas, pues se han perdido las referencias, las balizas que facilitan no salirse del camino. Esther Peñas lo explica con estas palabras esclarecedoras: «Un mundo presidido por la ausencia de Dios No hay distancia contemplativa. Hay vacío, conmoción. Esto es “Oratorio”. Un lugar de enunciación desde el cual percibir una orfandad mayúscula. Un extrañamiento radical. Una pieza musical desnuda que se aferra […] a la atención como “plegaria natural del alma”».

     Las dudas existenciales atraviesan estos poemas escritos con una gran economía de medios expresivos, con escasos nexos de unión, sometiendo al lenguaje a una exigente reflexión sobre sí mismo, un lenguaje que cuestiona la realidad que describe, que cuestiona el punto de vista desde el que están escritos los versos, que cuestiona hasta la propia identidad del hablante, de los hablantes, mejor dicho. Esa es la razón última de tanta prodigalidad interrogativa. «¿en qué descuido / se nos dejó a merced / de lo que somos?», se pregunta María Negroni, que continúa escribiendo: «se hubiera dicho / a plena sombra // a plena dicha / de amantes clandestinos». El nosotros desde el que está escrito este largo poema se siente desubicado —la propia poeta declara en una entrevista reciente que «el extravío es la piedra de toque fundamental del comienzo de un libro. Entonces, si me preguntas cómo surge la primera persona del plural, no lo sé. Lo único que sé es que en ese bosque en el que me metí, inconscientemente el yo lírico que suele aparecer en los poemas, el yo poético se transformó en algo demasiado pequeño»—, a merced de una intemperie emocional que se convierte en solitario tránsito: «algo / nos estaba desertando / y no supimos / qué era // a eso le llamamos / soledad». No es difícil pensar que ese algo es el conocimiento, el fruto del árbol de al ciencia (más adelante encontramos versos que hace alusión al «árbol / del Bien y del Bien / que hay en el Mal») que conlleva la expulsión del paraíso, es decir, la soledad, una soledad que te desdice, que te desarticula, que te convierte en nadie: «alguna realidad / más íntima aun que lo real / debe haber // alguna profecía / en los alrededores / de la circunstancia // alabado seas Nadie […] / alabado seas Nadie / que te eriges al centro / donde él estuvo y yo estaba / y nosotros a veces // tan pocas veces // mortalmente infinitos / soñamos que somos». Señalábamos más arriba que la poesía de María Negroni está llena de preguntas que no buscan respuesta, sino abrir cauces, como insinúa en versos que reproducimos, de dos poemas diferentes: «no entendemos que el río / no conduce a las aguas / sino al revés» y «habla el río un leguaje / sin comienzo ni fin»— expresivos, vías de conocimiento que desborden el mero significado de las palabras, esas palabras que «caen / piedras autistas / a ningún tiempo», esas palabras que condicen a la orfandad del lenguaje, a la nada «que no sabe / qué no pasa en el lenguaje», aunque «también las cosas / están en las palabras por su ausencia // también se borran para leerte». Llegados al límite, la disolución de la identidad se avecina sin trauma. No es que el futuro no esté escrito, es que no necesita de la escritura para manifestarse, al contrario que el pasado, que la infancia: «arquitecturas varias / para amueblar la infancia / un poco triste / de las sensaciones», escribe. No quisiera terminar este comentario sin hacer alusión a las numerosas paradojas que circulas por estos versos. Mencionamos algunas de ellas: «quien tiene fe / no cree en nada», «se espera siempre / lo que no puede / esperarse», «la ausencia de dios / es también un dios // lo que está quieto / está danzando», «la sabiduría / está en lo que se ignora» o, por último, unos versos que nos recuerdan —no es el único momento— a la Pureza Canelo del libro “No escribir: «la escritura se escribe / contra lo escrito». Esta es la esencia de la poesía de María Negroni, para quien «La poesía que sabe que lo que se quiere decir se escabulle. El poema avanza hacia eso que quiere decir, avanza a ciegas, se tropieza, vuelve a intentarlo y las cosas se le siguen escapando porque no hay una relación armónica entre la palabra y el mundo. El mundo es infinitamente más complejo, más enorme, más inatrapable que lo que el lenguaje puede decir. Y el lenguaje es tramposo, es insuficiente, es muy precario. Uno empieza por esa imposibilidad para escribir».

Reseña publicada en el suplemento Sotileza el 16/04/2021