MANUEL RICO. CUADERNO DE HISTORIA. COLECCIÓN LA CRUZ DEL SUR. EDITORIAL PRE-TEXTOS

La extensa trayectoria literaria de Manuel Rico (Madrid, 1952) abarca la poesía —algunos de sus títulos más celebrados son La densidad de los espejos, galardonado con el Premio Juan Ramón Jiménez en 1997, Fugitiva ciudad, que obtuvo el Premio Miguel Hernández en 2012 o, el más reciente, Los días extraños (2015)—, la novela —la reeditada El lento adiós de los tranvías (1992), Los días de Eisenhower (2002), Verano (2008), con la que obtuvo el Premio Ramón Gómez de la Serna o Un extraño viajero, Premio Logroño—, el ensayo —Memoria, deseo y compasión (2001), sobre la poesía del malogrado Vázquez Montalbán, un autor con el que tanto tiene en común—, los libros de viajes —Por la sierra de agua ((2007) y Letras viajeras (2016)— y la crítica literaria en diferentes medios. Si hago mención a esta pródiga actividad es para advertir al lector desinformado de que, a la hora de enfrentarse a la lectura de este Cuaderno de historia, debe dejarse arrastrar por el entusiasmo de quien entiende la literatura como una prolongación natural de su propia vida. Entiéndaseme bien. Nada más lejos de mi intención que insinuar que Manuel Rico literaturiza su existencia para darle cuerpo en su escritura. Es mucho más probable una segunda elección, la de que, a través de la escritura, no solo retiene en su memoria —de ahí el pleno carácter memoralista que poseen sus escritos, en cualesquiera de sus variantes, incluso lo hacemos notar en sus críticas y ensayos— actos y recuerdos, sino que los interioriza, los hace más suyos, los piensa, los metaboliza. Así fluye su escritura, como la corriente sanguínea, y esta característica es digna de subrayarse porque, aunque resulte paradójico, cada vez resulta menos perceptible. Manuel Rico escribe por una necesidad vital. Las razones espurias no van con su carácter, con su manera de entender el mundo.

     Dicho esto, en Cuaderno de historia —un título que asociamos de inmediato con un manual educativo, pero que desarrolla una función opuesta— se reconstruye la historia con minúscula, aquella que da cuenta de «La vida manejable, la pequeña, la que extiende / su tenso abecedario en lugares cercanos a la casa», la intrahistoria, que decía Unamuno, aunque, indefectiblemente, esta historia íntima — más aún en alguien que ha  estado implicado en diferentes movimiento sociales y políticos— a acontecimientos que han determinado el curso de la Historia, ahora sí, con mayúscula, de nuestro país (en «Atocha 1977», por ejemplo, se recuerda el asesinato de abogados laboralistas en su despacho de la calle Atocha perpetrado por fascistas nostálgicos de la dictadura: «Eran las grietas, la venganza del túnel, / la vuelta de lo inhóspito, la insistencia del gris y de lo oscuro», escribe el autor, que entonces frisaba los quince años. Tal vez no resulte inoportuno deducir que esta tragedia tuvo mucho que ver en la posterior toma de conciencia del poeta). El propio autor explica en una palabras testimoniales el germen de este libro, que no es otro que un cuaderno cuyas primeras páginas fueron escritas en la primavera de 2009 con versos del poema «Calle Canal de Mozambique. 1963». El resto de poemas que lo integran —salvo uno, «Encierro y soledad», apegado a las terribles circunstancias que aún estamos sufriendo, en el que escribe sobre «las calles desiertas y hoy prohibidas» y hace alusión  a que el «silencio es la alfombra que estos días despliega / su temblor y su frío y sus pocos viandantes»—, tienen un denominador común: «la búsqueda en la memoria, la indagación en una confusa identidad propia y en una necesaria identidad colectiva. Y la perplejidad ante el paso del tiempo y ante la sima que, con los años, va apropiándose de quienes han conformado la vida y han construido esa identidad».  La identidad individual se va conformando, a menos que uno viva aislado, fuera del mundo, simultáneamente con la identidad colectiva, aunque ambos aspectos no siempre corren tan parejos como en el caso de Manuel Rico, para quien «la calle ha sido el hogar para la historia». Dejado aparte los dos poemas prologales, «Apuntes» y el ya mencionado «Encierro y soledad», Cuaderno de historia está dividido en los siguientes apartados: «Así se hizo», en la que la infancia —evocada, por otra parte, en numerosos poemas de todo el libro— ejerce de núcleo aglutinador, de columna vertebral.

     Alguien crecido en las afueras del núcleo urbano de una ciudad, ese espacio fronterizo entre el campo y la metrópoli, inevitablemente, tiene que padecer el contraste entre la opulencia y la pobreza de los descampados: «Afueras / de Madrid, tierra industrial y descampado, / inciertos recorridos de la vida joven», escribe en el poema «Mapa con grietas». Como el propio Rico indica en la justificación final, el poema que dio origen al libro es «Calle Canal de Mozambique. 1963», la calle de un barrio que ya no existe en la que vivió sus primeros años: «Canal de Mozambique, calle / que ya no es, que fue resol / en los inviernos secos de un Madrid estepario, / sol casi naranja y tibio de las fachadas / que —ahora lo sé— exponían su muerte y nuestra infancia / sin retorno, su noticia / de nieves y silencio, su temor a no ser nada». Las figuras del padre y de la madre son rememoradas con ternura y admiración, no solo en este poema, sino en distintos momentos del libro, como en la segunda sección «Itinerario», de la que transcribo estos versos: «Mi padre / me pegó dos veces y murió muy pronto: en sólo dos días / de hospital y oxígeno. / Probablemente el mismo plazo en que firmé el perdón / con su memoria. / Mi padre» o en la tercera sección, «Presente en fuga», que comienza con un poema en el que el autor se reconoce emocionado en el rostro de su padre: «Soy yo, seguro, mas mi padre, envejecido y solo,/ a una idéntica edad, / me mira extraño y me recuerda / lo poco de la vida que le queda». Sigue la memoria internándose en los días de barrio obrero, en un otoño de «franelas y escoria» que «custodiaba una infancia irremediable» en la que se despierta, además, la vocación de escritor. El poeta vislumbra «un futuro de letras y escritura». El volumen se completa con las secciones «Intemperie», poemas en prosa que bien podrían formar parte de un diario que recogiera vivencias anteriores a las descritas en Escritor a la espera. Diario de los 80, publicado en 2019. En «Deudas» el autor homenajea a quienes, mediante sus obras, le ayudaron a construir su identidad, desde Jacques Brel y François Truffaut pasando por Machado o Lorca. Son especialmente entrañables los poemas dedicados a los poetas Javier Egea y a Marcos Ana.

     El libro finaliza con la sección «Volver a casa», un regreso al domicilio familiar descrito con tanta minuciosidad que casi podemos palparlo físicamente: «He abierto la puerta y allí estaban / la luz menos adulta, el cabecero / oscuro de la vieja cama, / el olor algo agreste de un pañuelo perdido, / el dedal y el ovillo…». La poesía de Manuel Rico es eminentemente narrativa, pero sus versos, generalmente de largo aliento, están cargados de lirismo (el poema titulado «Piel» es, quizá, el mejor ejemplo). No resulta difícil establecer una complicidad emocional con esa combinación de nostalgia, honradez  y agradecimiento existencia que rezuman estos poemas, acaso el modo que tiene su autor, Manuel Rico, de soportar «la fragilidad y la amenaza» del mundo en el que vive.

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