ANA GARCÍA NEGRETE. EL BALCÓN.

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“Toda pasión es verdadera, recordé cuando empezó abril”. Con este verso comienza el poema «Toda pasión es verdadera. Abril 2020» y, más que un verso, es la consigna que se desprende de la lectura de “El balcón”, el nuevo libro de Ana García Negrete (Castro Urdiales). Una pasión vista a través de la poesía en la primera sección del libro «Invención de la verdad», un título muy significativo pues nos remite a la presunta ficcionalidad de los sentimientos cuando se trasladan a la palabra escrita, la poesía, como vemos , por ejemplo, en el poema «Nunca deseé que un poeta me amara», de que extraemos estos versos que confirman, desde mi punto de vista, lo dicho más arriba: «Nunca deseé que un poeta me amara / si no era, sobre todo su amor, / de hueso y corazón que late siempre». El poema está encabezado por una cita de Pedro Salinas, un poeta —me da la sensación, como veremos más adelante— muy bien leído por Ana García Negrete en los últimos tiempos. La interrelación entre amor y deseo con la poesía se formula en “El balcón” desde el primer poema, un largo manifiesto simbólico que establece los pilotes que balizan su ideario estético: «Nombrar lo que no tiene nombre» (recordemos que gracias al acto de nombrar, el poeta se apropia de la realidad), rememorar el paraíso de la infancia —lo veremos más concretamente en la sección «Lugar común»— y con ella, los momentos y los espacios que prefijaron las querencias posteriores, como ocurre con el mar, siempre presente en los poemas de nuestra autora, todo ello con la complicidad de otras voces, otros poetas leídos y admirados que han contribuido a hacer de la poesía la forma más veraz, más honesta de comprender el mundo: «Si aquellos versos siguen latiendo ahora / fue porque antes los leíste, inscritos para siempre en las / páginas mejores, asidos a tu sustancia y a la forma de decir / que a veces tienes».

     El libro está dividido en cuatro secciones, argumentalmente muy distintas. En «La invención de la verdad», como anticipé, la reflexión de carácter metapoética subyace en los poemas —«Si la palabra acaso decanta luz es porque desnuda / se asoma afortunada mientras somos / calidoscópicos vestigios de sus versos»— , aunque estos asuman la observación de la pasión amorosa desde perspectivas casi contrapuestas, si atendemos a alguno de los poetas mencionados, como Baudelaire y Novalis, Szymborska o los norteamericanos Philipe Levine y William Carlos William (a quien también se hace mención más adelante). No son nombre escogidos al azar, sus posturas van desde la idealización romántica de la persona amada hasta objetivación casi científica de los sentimientos, pasando por la veta humorística.

En la segunda sección, «Lugar común», hay un cambio temático sustancial, aunque no afecte a la composición de los poemas, decantados siempre hacia el verso libre de largo aliento, profusamente descriptivos, con incardinación de numerosas subordinadas y, en muchos casos, abruptos encabalgamientos. Ese lugar común no es otro que la infancia: «Supiste que serías una niña solitaria […] / Estabas sola y el mundo te ignoraba, aunque un temblor / de dicha 7 era bastante / cuando sabías próximos a los que eran tuyos». A partir de ese hilo se van trenzando una serie de recuerdos que tienen como protagonistas a sus seres queridos —madre, padre, abuela, amigo (un recuento de todos ellos se desglosa en el poema final de la sección: «Demasiada presencia»)— y como escenarios una combinación de la vida rural, en contacto con la naturaleza: «Recordarás el día que el grillo agotado / se dejó atrapar. Tu placer era verde / al darle de comer entre las rejas» con la imparable trasformación urbana , con la modernidad, como sugiere el poema titulado «El tocadiscos».

     La sección que da título al libro, «El balcón», tiene un protagonista indiscutible, el mar, muy ligado siempre a la vida de Ana García Negrete, y las cambiantes maneras de observarlo a lo largo de una vida. Ya al principio del libro escribía: «Aún estás a tiempo de bordear la senda que dirige a los / prados donde mirar la mar como si fuera un lago de / horizontes cóncavo», ahora constata que «El mar siempre hipnotiza. / Movimiento de superficie e incierta oscuridad de fondo». No mencioné ante a Salinas de manera accidental. Creo que existe una evidente relación entre “El contemplado”, libro del madrileño dedicado al mar de Puerto Rico y los poemas de Ana García Negrete. La atemporalidad del mar —«Hay imágenes congeladas que nunca giran ni tuercen / su sentido», escribe Ana— alimenta la evocación trascendente. La poeta contempla el fuljo y el reflujo de las olas, se ensimisma en la pura contemplación, tal es la fuerza de la admiración que siente por esa realidad que no cesa de cambiar, que se multiplica a cada instante, que es siempre distinta, que produce unos ruidos fantasmagóricos, acaso porque «Lo real en nuestros ojos u oídos ha pasado a / ser una ilusión —tú ya sabes, me dices», es, por tanto, el lenguaje el único elemento «creíble» para concebir la realidad como algo autónomo.

En la última sección del libro, «Sueños recurrentes», los sucesos cotidianos de una actualidad que ha acabado por imponerse no solo en la escritura, sino en el modo de concebir la realidad, irrumpen en los poemas, a veces con resignación, otras con esperanza, pero Ana García Negrete, por más que esté inmersa en estos sucesos —basta leer el poema «El vecindario»— sabe tomar la distancia suficiente para escribir sobre ello sin caer en maniqueísmos contraproducentes, porque es consciente de la distancia que hay entre la experiencia de los hechos y la forma de sistematizarlos con palabras. En “El balcón” encontramos lo mejor de una poeta que en cada libro supera todas las expectativas.

-Reseña publicada en El Diario Montañés, 9/04/2021