JOSEFINA BIANCHI. ENREDADERA RUSA. EDICIONES LILIPUTIENSES.

El juego intertextual del titulo de este libro, Enredadera rusa, no oculta, antes al contrario, subraya el carácter misceláneo de su contenido, dispuesto en un orden un tanto impenetrable para un lector no excesivamente familiarizado con es especie de lúdica ironía —quizá esta denominación sea un tanto atrevida, aunque, desde mi punto de vista, es uno de los modos de lectura que admite este libro—que envuelve estos poemas, sobre todo si tenemos en cuenta la críptica disposición de la numeración —en grafía cirílica— que encabeza todos los poemas, excepto uno. La espera señala el punto de partida: «Pensaba en estas cosas mientras esperaba / en el hospital, el vació no es propiedad / de nadie y solo puede crecer» desde el cual el pensamiento se interna en el pasado. La espera es el momento de la rememoración y esta adquiere corporeidad en el lenguaje: «Una costilla de Adán y un pensamiento / no nacen de la nada: en el lenguaje de las plantas / los sustantivos son circunstanciales», es decir, están subordinados al núcleo principal del significado, como parecen estar, por otra parte, las diferentes estrofas que componen estos poemas, en muchos casos, que gozan de una autonomía semántica notable, pero la espera es, además, una manera de medir el tiempo, un tiempo lleno de interrogantes: «¿tiene algún contenido sexual al espera? / ¿la espera es un par de binoculares / para ver una obra de teatro?». La hilazón que pone en relación un poema con otro, una estrofa con otra, cuando es perceptible —algo que no ocurre siempre, al menos a juicio de este lector, de manera explícita—, responde a un patrón físico, representativo, como la embarcación que surca el mar de la incertidumbre: «Estoy / en velocidad de crucero / cada metro es un nuevo exilio / y lo esencial es la habilidad de dejar / una estela», una estela que, tal vez, permita reconocer el camino de vuelta, pero solo gracia a la intuición, puesto que las referencias son perecederas.  Pero, más que este ejercicio de tanteo, la llave que puede abrir la cerradura de este cofre lingüístico se encuentre en el poma número 9, que comienza con estos versos: «Mira esta foto. ¿Cuál? / parecemos una enredadera rusa / ¿Qué? Un collage constructivista / de dimensiones inesperadas…». Y sí, es obvio que en estos poemas la técnica constructivista está muy presente. Lo podemos reconocer en la ausencia de ornamento retórico —lenguaje común, sencillo, directo al grano—  y en la estructura geométrica que arma cada poema, incluso, aunque se niegue, en el intento de definir un sistema mental apropiado para adaptarse al nuevo orden social que la tecnología impone: «no es que las palabras nos exijan / el compromiso de una hoz / y un martillo por las mañanas / sin embargo, necesitamos / algunas noches / después del intercambio hilar / tantos hechos aislados, pulseras, escenas improvisadas, los dijes / y ante la falta de repeticiones / solo vemos un denunciante / pasivo, que enmarca un pedido: / vivir alternativamente». Josefina Bianchi (Buenos Aires, 1989) posee la gran virtud de observar los procesos de transformación, no solo los resultados, y, además, sabe captar en ellos esas «unidades de sentido» —a ellas me refería más arriba, cuando hablaba de la autonomía semántica— que configuran la esencia del poema. En manos —mejor aun, en los ojos— del lector está situarse en sus mismas coordenadas para compartir tan exigente experiencia.