PEDRO LUIS MENÉNDEZ. CIUDAD VARADA.
EDITORIAL HERACLES Y NOSOTROS, Nº 34
 
La colección «Heracles y nosotros», capitaneada por Nacho González, prosigue su singladura ofreciéndonos en cada puerto de arribada un exquisito botín. El que hoy comentamos se titula “Ciudad varada” y consta de un largo poema escrito por Pedro Luis Menéndez (Asturias, 1958), poeta no demasiado prolífico —es autor de “Horas sobre el río” (1978), “Escritura del sacrificio” (1983), “Canto de los sacerdotes de Noega” (1985), “Cuatro Cantos” (2016) y el más reciente, “La vida menguante” (2019), además de colaborar en algunos libros colectivos— y exigente narrador —Más allá hay dragones (2016) y “Postales desde el balcón (2018)—. Por otra parte, esta mesura va unida a un alto nivel de exigencia, motivo por el cual sus publicaciones se espacían tanto en el tiempo.
     La tradición del poema extenso —«poema seguido», lo llamó Juan Ramón Jiménez—, unitario, cuenta con renombrados antecedentes en nuestro idioma. Recordemos, por ejemplo, “Altazor” del chileno Vicente Huidobro, “Espacio” del citado Juan Ramón Jiménez, “Piedra de sol” del mexicano Octavio Paz o “Alturas del Machu Pichu”, del también Chileno Pablo Neruda. Más cercanos, aunque no menos relevantes, son “Metropolitano” de Carlos Barral, “El poema inacabado” de Gabriel Ferrater, “Descripción de la mentira” de Antonio Gamoneda, “El libro tras la duna”, de Andrés Sánchez-Robayna o  “El ciclo de la evaporación” de Álvaro García. En este contexto debemos incluir “Ciudad varada”, la nueva entrega de Pedro Luis Menéndez, aunque este largo poema mantenga notables peculiaridades que lo excluyen que esa idea, acaso excesivamente enquistada, de ver el poema extenso como un poema río —símbolo universal del paso del tiempo— que fluye desde el nacimiento hasta la desembocadura de un modo más o menos lineal, en función de los meandros en forma de fragmentos escritos que deba sortear. Una de esas peculiaridades es que no hay en “Ciudad varada” una sola corriente principal, sino numerosos afluentes, cada uno con su propia significación, que confluyen en una misma deriva cósmica. Solo desde las experiencias individuales que el poema agrupa puede afianzarse el empeño por entender el mundo en su totalidad. Cada una de esas vidas forma parte de un puzle y cada acto,  es una pieza de ese puzle, cada acto lo completa —hay, en estos poemas, mucha más acción que reflexión—. Aquí el tiempo y el espacio se yuxtaponen. El presunto azar que gobierna las vidas no es tal, todo está encadenado, los personajes que habitan en esta ciudad están unidos por un hilo invisible pero irrompible que los interrelaciona aunque no sean conscientes de ello. Acaso solo pueda ser consciente de ello la mirada del autor que, como si de un narrador omnisciente estuviéramos hablando, está encaramada en un torre de observación y mueve a los distintos personajes que habitan el poema como títeres. Hay en estos versos un continuo ir y venir que mezcla el presente con el pasado en una especie de espiral que engulle a los habitantes de la innominada ciudad. Pedro Luis Menéndez lo explica en unas palabras previas: «”Ciudad varada” nace de cierta obsesión del autor por los modos y maneras en que la vida continúa en cualquier ciudad bombardeada en el transcurso de una guerra: las mujeres, los niños, la soledad, el amor, y todo el desarraigo profundo de las retaguardias».
     En “Ciudad varada” todo sucede plano a plano, como si una cámara siguiera a cada uno de estos personajes que llevan una vida rutinaria y de los que no sabemos si están al corriente o ignoran el estado de excepción en el que viven. La anciana con el carro de la compra acuesta a sus nietos pequeños intranquila: «La anciana que empujaba el carrito / de la compra está / dando ahora de cenar a sus nietos, / aunque la mayor aún no ha vuelto / y a ella le preocupa». Un hombre observa el pronunciado escote de una mujer, la pierde de vista y rezará por volver a encontrarla: «Sí, Señor, dice, dame / tu fuerza para perseguir un sueño, / solo un sueño más». Un chico acompañado por su perro espera a una amiga que no se presenta, aunque en su lugar aparece la hermana. El perro ladra a un hombre con barba que regresa del trabajo: «El hombre con la barba gris no quiere / llegar a su casa, donde le espera / su esposa, de modo que deambula / por el barrio hasta que determina / rendirse, tan cansado que no aguanta más». Todos los personajes —hay muchos más, el conductor del autobús, el sereno, la chica llamativa, etc.— están vinculados, como si de una gran familia se tratara. Viven su cotidianidad sin aparentes sobresaltos, movidos por la costumbre, hasta que el sonido de una alarma le sume de nuevo en la realidad: «Cuando al fin repican tosas las alarmas, / cada uno sabe con exactitud / qué debe hacer, buscar / lo sótanos marcados / y ponerse a cubierto. // No todos lo harán, / algunos quedarán en el camino». Como si de un lienzo de Brueghel el Viejo se tratara, Menéndez muestra de forma simultánea, gracias al embrujo de la poesía, la verdad de unas vidas en su discurrir común —l amenaza de la guerra parece ser solo un paréntesis— que pueden ser las nuestras.
-Reseña publicada en El Diario Montañés, el 26/03/2021