JUAN RAMÓN JIMÉNEZ. POEMAS IMPERSONALES. EDICIÓN DE SOLEDAD GONZÁLEZ RÓDENAS. COL VANDALIA. FUNDACIÓN JOSÉ MANUEL LARA.

La labor de sistematizar la obra inédita de Juan Ramón Jiménez parece no tener fin. Las inquisitivas pesquisas llevadas a cabo por estudiosos y especialistas en los distintos archivos —en Madrid y en Puerto Rico, especialmente— van descubriendo esbozos, nuevos poemas, variaciones sobre poemas ya publicados, proyectos de libros frustrados, distintas reordenaciones que complican de manera espectacular esa labor normalizadora en la que están empeñados expertos en su obra (por ejemplo, «no siempre se anota en los originales a qué sección han de adscribirse», lo que dificulta enormemente la ordenación del libro). Es todo un reto, no cabe la menor duda, porque adentrarse en ese maremágnum de manuscritos puede desalentar al más entusiasta. No estamos ante ese «baúl lleno de gente» pessoano, pero se le parece bastante, al menos en esa sensación de batiburrillo que provoca tal acumulación de material. «Sin ser otro, no soy yo: Juan Ramón Jiménez, Pseudoapócrifo de sí mismo» ha titulado Soledad González Ródenas el detallado estudio que precede a los poemas que integran este volumen. En él nos informa de que Poemas impersonales es un libro que ha permanecido inédito hasta hoy, a pesar de que su publicación fue anunciada en reiteradas ocasiones en la época en la que comenzó a escribirlo (el propio Juan Ramón data su conclusión en 1911, aunque «la vertebración fundamental» tuvo lugar hacia 1923). Algunos de estos poemas vieron la luz en diferentes antolojías, pero su carácter innovador y de tono muy distinto a su obra más conocida fue retrasando su publicación. «Poemas impersonales —escribe González Ródenas— se hermana así con una serie de libros —podríamos decir hasta cierto punto experimentales— en los que con diversos tonos rastrea de forma paralela y durante la misma franja temporal, nuevas salidas para una estética que ya muy desgastada se le quedaba chica y desfasada […] Nacen, así, muchos de los versos de Arte menor, Esto, Historias, Libros de amor, Poemas agrestes, Apartamiento, La frente pensativa, Pureza, El silencio de oro e Idilios, que el poeta proyectó publicar sine die y que constituyen un inmenso corpus de transición que acabó arrinconando en sus archivos».  Y es que, como el propio poeta escribe, estamos ante «Poesías que yo comprendo que no me suena a mías, como a veces parece que no hablamos palabras nuestras, ni hacemos solos jestos. No son imitaciones, pero son, sin ser de otros, lo menos mío que es posible». Son,  a tenor de lo dicho, poemas muy distintos a los que escribía con asiduidad, poemas que acaso provienen de ver la realidad desde otro enfoque menos complaciente, más conflictivo, en sintonía con un yo que se cuestiona su propia identidad, un yo que se disuelve en muchos otros. Si llegar a adquirir la  independencia, la solidez íntima de los heterónimos de Pessoa, en Jiménez encontramos «una especie de heterónimos que resultan ser, paradójicamente, falsos apócrifos de sí mismo, puesto que rara vez publicará estos poemas con un nombre que no sea verdaderamente el suyo», escribe González Ródenas.

El volumen está dividido en diferentes secciones, ya que sus poemas «partían de estímulos diversos».  «Prosodias», muy breve; «Versos a, por, para», más elaborada, integrada por treinta y dos poemas dedicados a otras tantas personajes, entre los que se encuentran José Moreno Villa, Azorín, a Rosario Pino o María Luisa Armiñan. Otros homenajes alegóricos son los que lleva a cabo en la tercera sección, «Iconolojías», como el poema dedicado a la poesía, del que copiamos el cuarteto inicial: «¡Divina Poesía, tú, solo, me sostienes! / Negros, sangrientos, trájicos, me asaltan los instantes… / ¡Pero tú entonces vienes / y me regalas tu corona de diamantes!», a la melancolía o a Dante, todos ellos poemas ya publicados con los que «había iniciado libros anteriores a 1913». La cuarta sección, «Al encausto» (hace alusión a una técnica pictórica), que el poeta define como «… Versos de colores, de brillantez de esmalte». La tracción por lo puramente visual «hace —escribe González Ródenas— de este apartado  un viaje donde la placidez y la angustia se pintan con sonidos y se vislumbran entre palabras que dan verdadero  sentido a la sinestesia como figura culminante de la expresión lírica más cercana a la pintura y a la música». La última sección del libro, «Dejos» —en ella se incluye el poema de una apócrifo, Adán Pasión Jiménez— recibe influencias muy variadas, desde poetas como Leopardi, Keats o Mallarme a pintores como Cimabue, Giotto o Fra Angelico. El volumen finaliza con dos secciones, «Miscelánea» y «Borradores», integrado por textos que el poeta dejó sin clasificar. Nos encontramos, por tanto, con un libro heterogéneo que, aunque adquirió pronto su estructura, fue recibiendo un aluvión de modificaciones, algo habitual en Juan Ramón, que, si bien no aporta gran cosa al corpus poético del Premio Nobel, nos permite conocer con mayor profundidad la envergadura de un proyecto estético que aspiraba a captar la totalidad de la experiencia. El excelente trabajo, completado con un abundante apartado de notas a los poemas, de Soledad González Ródenas incide en ese objetivo, un objetivo, como delatan estos versos: «La perfección ¿existe? / ¡Empeño vano y triste / de perfección! / (El tiempo vuela, en tanto, / y sólo deja el canto / del corazón)», solo al alcance de un inmenso poeta, de un poeta con afán de universalidad.                                                                              

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