MÓNICA DOÑA. MUNDO FANTASMA. COL. JUAN CABALLOS DE POESÍA. FUNDACIÓN HUERTA DE SAN ANTONIO

Mundo Fantasma es el quinto libro de poesía que ha publicado la jienense radicada en Granada Mónica Doña — antes publicó “Nueve Lunas”(2000), “La cuadratura del plato” (2011), “Adiós al mañana” (2014) y “¿Quién teme a Thelma & Louise?“(2017)—, conocida además como cantautora, una faceta que ha precedido —y sedimentado— su dedicación a la poesía, dedicación que algunos pueden considerar tardía, pero esa valoración carece, desde mi punto de vista, de relevancia. La espera es un componente esencial en el oficio de poeta. Resulta improcedente forzar el momento de la escritura, puesto que esa acción quebraría el principio de necesidad que debe guiar la labor del poeta. A tal efecto se ha rendido Mónica Doña desde que publicó su primer libro, hace ya más de veinte años y es en la última década cuando esa espera ha dado sus frutos más colmados. “Mundo fantasma”, el libro que motiva estas líneas —el epígrafe de Juan Carlos Rodríguez, maestro de tantos poetas granadinos, que encabeza estos poemas, es lo suficientemente expresivo como para ofrecernos ciertas claves de su escritura— es un compendio existencial en el que se yuxtaponen diferentes experiencias vividas en un periodo de tiempo más o menos cercano. Dichas experiencias están integradas en las seis secciones que dividen el volumen. La sensación de soledad articula la primera de ellas, «El mal tiempo», que comienza con un poema, «Octubre», que marca las directrices del pesimismo que alimenta los versos, tal vez un tanto mitigado por esa confianza intemporal en el poder de la palabra: «Es un momento dulce que detengo / ahora, / antes de que sea tarde / y llegue lo pero: / el invierno, el olvido, y a lo lejos / los árboles desnudos / sin nosotros». Generalmente asociamos a la soledad el frío —«En el país del frío / nunca ha vivido nadie», escribe—, por eso en los poemas de esta sección abundan los términos que nos remiten a él: nieve, hielo, invierno, palabras de uso común, con significados sobradamente asimilados por la costumbre, pero que no por eso pierden valor connotativo, sobre todo, como ocurre en estos versos, cuando se elevan por encima del telón de lo previsible: «Sol de invierno: /Con la yema del dedo / he tomado la gota de agua / que estaba en la hoja / y la he puesto en mis ojos, / en mis ojos rasgados / que te miran / de frente».  Claro que, este efecto no siempre es fácil de conseguir porque hay palabras ya muy adulteradas por un uso perverso, «Palabras cansadas», como dice el título de la segunda sección, como libertad, esa abstracción tan preciada como el aire y, como él, contaminada por lo que se ha convertido ya en una entelequia, el libre albedrío, como parecen sugerir estos versos: «¿Tanto cuesta / encontrar una jaula a la medida?»; alma («Acaso te inventaron para que no dijese / que la vida dolía»); paz («Sin duda una palabra hermosa. / Mas demasiado corta, como su duración»); amor («Quiero desconocerte, amor, juega conmigo, / no me importa perder otra partida»). Un humor un tato atemperado por la nostalgia, como ocurre con mucha de la poesía de Ángel González predomina en la tercera sección, «Corta es la vida», que da paso a la «Soledad de los pronombres» —que tanto nos recuerda, aunque su sentido sea opuesto, al poema de Pedros Salinas «Para vivir no quiero»— símbolo del aislamiento individual, de la soledad. Un «él » amado que oprime el corazón con su ausencia, una «ella», «la que nunca se queja, / la que tan solo emite / un leve jadear por el pasillo / que la conduce lenta, / con el paso quebrado , a la terraza». Los pronombres conocidos no le bastan a Mónica Doña para decirse, para afirmar su identidad, una identidad diseminada en muchos yoes, como vemos en el poema «¿Quién es Mónica?», por eso necesita una cuarta persona del singular que abarque la totalidad de su ser: «Ni yo ni tú ni él / ¡quien entonces? / Preguntas y preguntas: / ¿Por qué tres / y no cuatro ni dos?». Espacios y lugares vividos—Adra, Urueña, Granada…— donde ha sentido el peso de la realidad se alternan con fantasías truncadas, con distopías como la que narra la película “Blade Runner en las dos últimas secciones del libro. Pero la sensación de fracaso que la poeta experimenta encuentra al final una válvula de escape. No es preciso viajar al espacio y conquistar otros planetas. Todos los mundos, parece decirnos, están en ese «pequeño escritorio que a veces [le] permita / poblar la soledad de la página en blanco», en ese mundo privado en donde nace la posibilidad de fantasear, de inventar una realidad hecha a la medida. Las palabras del poema son sus confidentes.

-Reseña publicada en El Diario Montañés, 19/03/2021