JULIA PIERA. GRINDA Y MÓRDOMO. ABADA EDITORES.

Las dos referencias geográficas del título —la turística isla sueca Grinda la Pena de Mórdomo, una cima que permite contemplar las extrañas formas del granito moldeado por la intemperie («Rocas informes, rocas  animales, rocas puntiagudas que marcaban el cielo y rocas que reflejaban el mar») y la brisa atlántica— acotan el espacio en el que intervienen los poemas de Julia Piera (Madrid, 1978), autora, por lo que respecta al ámbito poético, de títulos como Al vértice de la arena (2003), Igual que esos pájaros disecados (2004), Conversaciones con Mary Shelley (2006) Puerto Rico digital (2009) y B de Boston (2019). Grinda y Mórdomo, el título que comentamos, cierra la llamada trilogía del viaje, que integran además sus otros dos libros más recientes, ya mencionados. Está dividido en varias secciones que van señalando un itinerario —inverso, pues comienza en Mórdomo y finaliza en Grinda— en el que mezclan lo sensorial y lo territorial, lo íntimo con lo colectivo. Una puesta de sol maraca el arranque del viaje: «Anochece y se detiene el horizonte». La oscuridad, a partir de ese momento y hasta que la luz regrese, inmoviliza las cosas, el vaivén del mar, el estremecimiento de los animales o la vegetación acunada por la brisa. Pronto, sin embargo, la presencia del otro despierta de su letargo al observador («Ahora no pregunto por qué. Separada de ti no hay contenido. He cerrado mis labios. Ven hasta aquí, y ábrelos»), que contempla ya peces, caracoles, algas, saltamontes, moscas, pero también jirafas o un becerro plateado que obligan al yo lírico a buscar «el rastro de la razón». Existe ya, desde el principio, una disociación, una perspectiva doble desde la que se observa la realidad. El tú y el yo son parte de un mismo ser que se desdobla y no sabemos aún qué fuerza irracional provoca esta alianza: «Yo no puedo existir sin tu corazón. Tu aliento es mi voz. Mi forma no es tu forma ni tu cuerpo es mi cuerpo. Tu cuerpo soy yo». La fusión no es solo física. Se entreveran en un mismo cuerpo —el cuerpo como campo de batalla, pero también como punto de partida desde el que iniciar el descubrimiento íntimo («Tu molde es la región ente mi vientre y tus huesos— sensaciones y alucinaciones: «Muevo mi sombra. Si no, ¿cómo es posible que mi sombra se separe de mí?». A Rosa Benéitez Andrés, la autora del prólogo, le resulta curiosa «la forma en la que la poeta emplea dualidades para romperlas, para mostrar su dependencia y abrir al mismo tiempo otro tipo de vínculos y relaciones menos conclusivas. Las piezas de la conversación asumen itinerarios independientes para después converger en la construcción de las escenas». Sucede esto no solo con lo percibido en su materialidad, sino con algo tan ambiguo como las secuelas de las emociones. «¿Cómo es posible combinar desaparición y amor?», se pregunta Julia Piera. Tal vez la respuesta se halle en «los posos del té verde», en esas «palabras centrífugas /  [que] resoplaban del fondo del té, / onda tras onda, / para retornar al universo / entropía por claridad». Como decíamos, el libro finaliza en Grinda, lugar en el que la comunión con la naturaleza unida a la experiencia amorosa afirma la construcción de un yo que, desde el primer instante, ha tenido en el tú un espejo: «Y te figuras / perfil sin definición apareces roce / bruma y contorno, /  roce racimo, acanto, / más tú que nunca tú / surgen razón y contenido». En los poemas de Julia Piera hay una simbiosis en ciernes entre lo exterior, la realidad circundante, y lo interior, su propia intimidad. La conciliación de ambos aspectos es el motor que empuja el desarrollo de esta escritura precisa, elaborada y sin fisuras que parece esculpir el mármol del pensamiento.