ÓSCAR DÍAZ. EN EL PRINCIPIO ERA AMÉRICA. SILTOLÁ POESÍA

Óscar Díaz (Langreo, 1997) pertenece por derecho propio a esa fértil cosecha de jóvenes poetas asturianos que están deslumbrando por su calidad a lectores de todo el país. No se piense, sin embargo, que forman un grupo homogéneo, es más, ni siquiera conforman un grupo, porque conviven estéticas e intereses muy dispares, pero el hecho irrefutable es que sorprende tal vitalidad —publican en las mejores editoriales, copan los premios más importantes, editan revistas, etc.— y, como es sabido, aunque los árboles no dejen ver el bosque, resulta más rentable en términos promocionales, presentarlos como un conjunto armónico. Sin duda, uno de los poetas que destaca por su voz personal e independiente es la de Óscar Díaz, autor de dos libros anteriores: Rosa hermética (2015) y El sentir. Poemillas del ahora (2016).

     En el principio todo era América, título que proviene de una cita de John Locke, está divido en tres secciones: «El apriori del dolor», un largo poema que comienza con estos contundentes versos: «Escribir tu nombre es una forma de preparar la muerte // Este poema ha sido escrito al ver la calavera de un soldado con el cuchillo aún hendido con un cuchillo previo a nuestra historia // que obliga a plantearse el cuerpo porque no hay nada más que el cuerpo / tampoco la escritura lo sucedido importa poco / la poesía y la realidad son un helado de dos bolas…». La cita es larga pero necesaria porque en ella se intenta conciliar en ellos los dos temas sobre los que se reflexiona en el poema, la muerte y la escritura, así, a secas, aunque se ambos se imbrican en el espacio de la ficción, en un poema que se cuestiona su propia construcción: «no tengo claro si se puede incluir / el tiempo en el poema el espacio / en el discurso» y reclama, para afirmarse, el apoyo coyuntural de Wallace Stevens, Marx, Homero, Agustín Fernández Mallo, san Pablo o Chantal Maillard, entre otros. Sus voces culturalmente representativas se integran en el poema con lo anecdótico conformado una especie de collage que pretende abordar la idea motriz desde diferentes perspectivas. Las intenciones muchas veces tienen poco que ver con el resultado, por eso Díaz escribe: «Solo quise escribir un poema de amor / maravillosamente inútil…», más aún, el poema finaliza con el mismo verso que lo puso en marcha, cerrando así el círculo del pensamiento, pero la impresión de solvencia es errónea porque el lector no puede obviar versos como estos, que prolongan la incertidumbre: «tampoco sé aclararme con el centro / un poema pongamos por caso tiene un centro / en el que nos ocupa / la escritura el deseo los muertos en Arausio / la teoría yo la voluntad…». 

     «Sustine et abstine» —soporta y renuncia—, la segunda sección, continua con la indagación sobre el lenguaje y los límites del poema: «Nunca podrá sonar el violín en el poema». Es una vieja aspiración, nombrar las cosas es darles vida, sin embargo, par que esto suceda, debe haber un pacto ficcional. Una vez firmado dicho pacto podemos, por ejemplo, leer a Tucídides o a Li Bai y sacar provecho de sus reflexiones: «basta con que comprendas que la lluvia / no es diferente de pensar / aunque estés distraído». De lo contrario, poco sentido tendría perseverar en una escritura opuesta a la de carácter administrativo o documental, como sucede en la literatura. Ese pacto permite que las écfrasis —«Pienso sus cuerpos», «Sagrada familia del pajarito, por Bartolomé Esteban de Murillo» o «El pintor»— sean espejos de una mente que busca expandirse a través de conciencia ajenas, ajenas pero cómplices: «Detener el aceite al deslizarse / en la sartén que pide ya materia, / hulee, también podría / ocurrirle lo mismo a mis ideas / con desprecio descritas en palabras, / despobladas jamás in rectitud / no en la imaginación / sino en la facultad de imaginar. / Pienso en sus cuerpos su perezosa metafísica». El pensamiento parece anticiparse a la escritura, no se desarrolla a medida que avanza el poema. La idea ya estaba allí y no es subsidiaria de la poesía —aunque no siempre, como veremos en la siguiente sección, de la que transcribimos estos versos: «Si no lo escribo, no lo hemos sentido»—: «estoy capacitado para reconocer las cosas fuera del poema», escribe, y unos versos más adelante se muestra más convincente: «Tal vez es el momento de abandonar los libros / y no volver a consolarse en la invención de ornamentos, / pues aquel que hace buenas las palabras / sortea […] la podredumbre, obliga a entrar en simpatía / o aun oído mediocre».

     «Rupert Brooke», la última sección, bautizada con el nombre del poeta inglés «más guapo de Inglaterra», según lo definió el irlandés William Butler Yeats, sirve como patrón a Óscar Díaz para reflexionar desde un punto de vista ontológico sobre el ser poeta: «Todo poeta tiene su momento de gloria, / quizá una broma trágica perpetua / o aquel contenido interno indestructible / con el rasgo de la torpeza», escribe, pero en este extenso poema hay otras conclusiones no menos aceradas en las que inmiscuye al lector: «Aun cuando escribo estoy helado y sé / que plagio a la carroña / porque no puede haber / ética en este oficio / para que hoy sea mi dolor el tuyo, / para que junto nos sintamos miserables». El poeta es un fingidor, el apotegma pessoano se ha repetido hasta la saciedad, y Díaz lo asume cuando escribe estos versos con los que ponemos punto final a este comentario que, a pesar de su brevedad, busca crear en el lector el interés suficiente para que se acerque a las páginas de En el principio fue América: «Pero en realidad todo es mentira, / si ocupaba mi mente en un objeto / no lo hacía de veras / ya que solo buscaba acerca de él». Probablemente, esta afirmación suscita muchas dudas, pero solo leyendo el libro podrán despejarlas.