JOSÉ MANUEL RAMÓN. DONDE ARRAIGA DESTIERRO. PRÓLOGO DE ANNA ROSELL. ARS POÉTICA.

Anna Rosell, la autora del prólogo a Donde arraiga destierro, afirma que «sin desazón no habría arte». No es del todo cierto, la historia del arte y de la literatura desmienten en algunos aspectos esa afirmación. Creo, sin embargo, que lo que Rosell trata de poner en evidencia es que el conflicto interior, la perplejidad de la existencia y la incertidumbre provocan una obra de mayor tensión expresiva y, por tanto, probablemente, más ambiciosa en sus logros. No se trata de hacer juicios de valor universales, sino individuales y, personalmente, debo confesar que a mí también, por norma general, me interesa más observar cómo se el poeta se enfrenta a sus demonios interiores armado con las palabras —un arma dúctil, de defensa más que de ataque, mortífera solo en raras ocasiones—  que ver cómo entona cantos de agradecimiento por el hecho de respirar, y digo expresamente respirar, que es algo meramente físico, porque estar vivo requiere la complicidad de todo los sentidos, de todo el cuerpo y de toda la mente. «El verdadero poeta es un indagador; una inquietud insaciable lo reclama», continúa diciendo Rosell y así es como ella interpreta la poesía de José Manuel Ramón (Orihuela, 1966), poeta de obra breve —Génesis del amanecer (1988), La senda honda (2015) y La tierra y el cielo (2018)—, a pesar de haber participado en innumerables proyectos culturales y literarios desde temprana edad. Pertenece este Donde arraiga destierro a un proyecto de mayor envergadura cuya Trilogía de reencarnación nos ofrece pistas fiables sobre su intención última. Este libro que hoy comentamos es el volumen dos de dicha trilogía y está dividido en cuatro secciones: «Estigmas», es decir, marcas imborrables, impresas, en este caso, no solo en la piel, sino en el alma, «vestigios / de un adusto  / pasado». Lo cotidiano, enfocado desde una perspectiva, diferente de la habitual, es el campo de batalla donde el ser se enfrenta consigo mismo. El amor, esta sí un arma apropiada para tal combate, se pone a prueba y no sale bien parado: «cuánto amor / entregado a sepultura» escribe en el último poema de la sección en la segunda parte, «A ras de hierba»,  «el ser / arrostra rigores / por la crudeza de los hechos», el ser toma conciencia de sus límites, de la imposibilidad de comprender siquiera una mínima parte de cuanto sucede a su alrededor: «drenamos pústulas de ignorancia / sobrevenidas de muy lejos / dolencias con las que se sufre / aprende   vive / o muere», y es que el desconcierto se apropia del pensamiento en cuanto percibe que la unidad es una entelequia, que somos plurales, indagación que Ramón lleva a cabo en la tercera sección, de la que tomamos estos versos: «ante la vastedad / buscan sentido formas y palabras / como lo propio fulgor / y sacudida». El volumen finaliza con «La vasta dimensión», una especie de reconciliación con la naturaleza, tal vez provocada por el desencanto con el ser humano. Ramón reconoce que es «duro / no comprender la vasta dimensión / marchar o quedar    vivir o morir / ese universo apócrifo». Todos los poemas carecen de título y de puntuación, incluso de nexos de unión. Abunda el hipérbaton y los encabalgamientos forzados, lo que, sin duda, enriquece la pluralidad semántica, pero el lenguaje utilizado, en ocasiones y aojos de este lector, parece un tanto artificial, como si estuviera esclavizado por el deseo primordial de oscurecer la emoción, de convertirla en algo inaprensible, ajena al sentimiento, racionalizada hasta el extremo de robotizarla.