ROBERT HASS.

MUERTE EN LA ADOLESCENCIA

Proyectaremos nuevas sombras de otra manera.
John Donne

Un martes por la mañana, temprano, sobre el césped junto al estanque,
hay todavía pétalos de rosas rojas y blancas de la boda
del domingo dispersos. Rachas lentas de viento
en el estanque verde. Rachas veloces en el álamo temblón.
¿Hay algo que nos los represente en verano?
Los insectos sobrevuelan la tensa superficie del agua,
sus patas dibujan pequeños círculos en este vaso.
El negruzco y vivaz pájaro come insenctos se posa en un tramo
de granito gris —del tipo del que llaman errata glacial—
cuyo reflejo del sol en el estanque confiere
un tono cálido, castaño pálido, casi tostado.
El joven en mi curso de lectura se sentaba siempre
en el mismo asiento, en el medio, hasta que una mañana
no vino. Estábamos al final del trimetre.
(Sus padres escribieron para poder ver su redacción final.
Miré en mi enorme pila de trabajos de estudiantes sin leer
y lo encontré —sobre voces que hablan desde la muerte
en Dickinson). ¿Hay algo que les empuje a ello?
El denso enjambre de insectos en el borde del estanque
ha hecho que el pájaro se pose tan descarado —alguien
en la treintena que estudió entomología
ha observado que los pájaros se comportan de esa manera —los machos—
porque es eficaz, es más fácil llamar la atención del grupo
si tú fueras una hembra buscando pareja, al fin y al cabo
es como en la escuela secundaria. La chica que se muere
por estar gorda, por no tener pechos, por los muslos demasiado gruesas
o por tener acné. El chico que se muere por tartamudear, por la distancia
entre lo que imagina de sí mismo y cómo imagina
que le ven los demás. Son los niños con sus mochilas
por la mañana y una mirada arisca, como si sus padres
les hubieran enviado a traficar con mercancía defectuosa. El niño
que murió porque su compañero de habitación le filmó teniendo sexo
con otro chico y lo descargó en internet, por lo que
todos sus conocidos pueden agolparse en su mente y reírse
mientra le ven correrse y gritar ¡Oh! ¡Oh! ¡Oh!
¿De qué forma no rezar por su presencia entre nosotros
todavía? Como sal en la lengua, como envoltorios de caramelos chupados
en la calle. Velas blancas en verano, color calabaza
en el otoño. Fuera, fuera, rápido (calzoncillos). La ventana de una lavadora
empañada por el vapor. ¿No son ellos? Todo
rectas en la autopista, todas las curvas lentas y sinuosas
en las carreteras de montaña. El resplandor rojo se desvanece en las emisoras
de la vieja radio cuando la apagas. El sonido metálico
de las voces grabadas de comediantes anacrónicos. «Di, Molly,
¿por qué no subiste en el ascensor? Porque el rótulo lo decía»,
y el público (en ¿1933?, ¿1938? está ya riéndose.
Nuevos zapatos de tenis. Viejos zapatos de tenis. Arthrur Axelrod,
eres los altos y viejos arcos góticos que los olmos trazaban
en los poblados y hermosos barrios viejos de Buffalo
antes de que la enfermedad los arruinara, y tú eres el hacedor
de las orquestas juveniles de bacterias en las esporas de los olmos enfermos
y el enorme lienzo de Morris Louis cuyo color está desapareciendo
en el expresionismo abstracto de las galerías de Albright-Knox.
Mi primer trabajo. El departamento de inglés era una cabaña prefabricada
y el departamento estaba lleno de poetas. Debe haber habido
una docena de poetas y un precoz alumno de secundaria vino
después de clase para vagabundear por los pasillos. Yo escribía
como Creeley, me diría. Basil Bunting posee la métrica
de Scarlatti, diría. Un chico de cara sonrosada, regordete,
como si tuviera un déficit de testosterona. No puedo mostrar
el final de la elegía a Olson, dijo. Sus compañeros
no sabían, la gente, dijo sonriendo, qué hacer
con él. El invierno puede simbolizarlos, la privamera, por supuesto.
Incluso caer en ciertos turbulentos, reticentes, delicados
periodos de cambio. Lo que no les simboliza
es lo viejo, lo desgastado, lo usado. Aunque lo que es viejo
y especializado, el talento casi inconscientemente absorbido
para el placer también es casi inconsciente,
puede ser un lugar para detenerse y contemplarlos. No el punto de vista
del joven actor cuyo agente llama antes de la entrevista
para recordarle que no se peine. El viejo actor
que sale por la mañana para trabajar de comercial en la compañía
de seguros con sombrero tweed y pajarita con camisa a cuadros.
Antes de su cita para la limpieza de boca, antes de comer
con su hijastra para intentar de nuevo solucionar
el malentendido producido por teléfono, antes de que llegue
al teatro y haga los estiramientos y tome una pastillas
para la garganata, antes de que su maquillace comience a descorrerse
por el sudor cinco horas más tarde cuando salga
al escenario gritando «Nunca, nunca, nunca, nunca, nunca».

Versión de Carlos Alcorta