ANA DELGADO. ÁLGEBRA DE LOS VÍNCULOS. COL MACASAR. EDITORIAL SONÁMBULOS.

Álgebra de los vínculos, segundo libro de Ana Delgado (Granada, 1952) está dividido en dos secciones: «Unos brazos», en la que comienza indagando sobre su propia intimidad a través de lenguaje: «Si pudiera saber de qué se trata […] / Pondría en palabras lo que de verdad soy», para continuar construyendo su esencia más íntima en la mirada de los otros, en los seres queridos: «He tenido una vida completa / en comunión conmigo, con vosotros». Ana Delgado no teme reconocer su debilidad, la humana necesidad de sentirme amada, de sentir el abrigo del amor, ese que proporcionan unos firmes y tiernos brazos: «Unos brazos, / abrazo, abrazo, abrazo, / brazos de abrazo, / rodean, acogen, / abrigan, / protegen del miedo / dentro y fuera». La segunda sección, «Derivadas propias», encabezada por sendas citas de Francisca Aguirre, Chantal Maillard y Siri Hustvedt en las que se reivindica la relación del yo con la escritura, es la crónica —no de hechos, sino de emociones— de un desengaño existencial:  «Yo también creía en el amor / sin saber qué era. De hecho, / sigo sin saberlo», emociones que se concretan con ayuda de referencias ajenas, desde la madre: «Eso he aprendido / de los últimos años de mi madre, / lo que no recuerdas / lo has perdido» a la soledad: «Es como una amiga / de la que a veces reniego / y a la que acabo buscando / sin remedio». Con estos mimbres, con estas íntimas palabras y los distintos planos temporales que recrean Ana Delgado construye un escudo contar la intemperie de los sentimientos, levanta un muro de contención —¿el propio cuerpo?, ¿la propia biografía?— tras el que guarecerse cuando la tormenta de la desesperanza, esa de la que la autora nos ha hecho involuntarios testigos, azota sin compasión, deshaciendo la memoria.

JESÚS APARICIO GONZÁLEZ. LIRIOS. ARS POÉTICA

Continúa Jesús Aparicio González (Guadalajara, 1961) con Lirios, su nueva entrega poética («Brotan solos sin mano que los siembre, / para el silencio les regala vida / ese soplo divino que los viste», escribe en el poema de igual título), construyendo un proyecto estético que busca en la humildad compositiva y conceptual —«Y con lo humilde llena / los armarios del alma / del pan que la alimenta»—los cimientos sobre los que sustentarse. Los sucesos cotidianos de una vida contemplativa que parece renunciar a la acción son el núcleo sobre el que articulan unos poemas que desoyen todo aquello que no sea comunión con lo creado, gratitud —«Nada te pertenece. / Al alba todo es donación, regalo»— y homenaje. El intento de describir la plenitud del ser a través de la naturaleza crea en este lector, sin embargo, una sensación contradictoria, la de estar aún habitando en el paraíso, a pesar de no ignorar que si este existe, ya no disfrutamos de sus placenteros frutos, puesto que el irrefrenable deseo de conocimiento inherente a todo ser humano indujo a su expulsión. Bien, es una forma de estar en el mundo tan válida como la de cualquiera, aunque me temo que este ensimismamiento provoque cierta miopía, pero debe de resultar complicado elevar la mirada por encima del muro que circunda ese «jardín abierto para pocos» que cantan los poemas de Aparicio González.  El poema «Tu ojo» ejemplifica con precisión este propósito: «En silencio nombra esa luz / que te hace crecer, / te conduce y recuerda / que tu vida será / lo que te diga el ojo. // Vela por que tu ojo / sea mable. // Espera que tu ojo / toque al ser sin herir. // Tu ojo es esa lámpara / que dará forma al mundo / en el que se asienta / tu mirada. / La manera en que ves / ilumina ese pozo / en el que bebes». Como podemos comprobar, la fuerza de este canto afirmativo y conciliador reside en un lenguaje directo, de tono piadoso, casi como el de una oración (ver el poema «Bendición», por ejemplo), que se adecúa a ese tomismo implícito que subsiste en muchos de estos poemas y que se concreta en el poema/epílogo: «Mi voluntad es de tu viento. / Mi entendimiento crece por tu sabia. / Mi enseñas lo que agrada al Padre; / descubres el sencillo secreto del dolor  / que purifica, pasa y madura; /  […] Todo lo haces en mí / y, sin embargo, aún no conozco / tu verdadero nombre». Jesús Aparicio hace uso de un verso desnudo, depurado, alejado voluntariamente del lenguaje pomposo —poco propicio, además, para la entrega  sin condiciones— con el que trasmite su deseo de unión con todo lo creado, hasta llegar al punto de que dicha unión «no necesite palabras». El canto y el poema serán entonces innecesarios.