LA BELLEZA ES VERDAD, Y LA VERDAD BELLEZA

BICENTENARIO DE LA MUERTE DE JOHN KEATS (1795-1821)

Julio Cortázar, autor de un impagable libro sobre John Keats “Imagen de John Keats”, escribió en las palabras preliminares algo que define, mejor que cualquier ensayo crítico, lo que representa la poesía del malogrado poeta inglés para sus numerosos lectores: «Keats es para el bolsillo, donde se llevan las cosas que cuentan, las manos, el dinero, el pañuelo; los estantes se los deja a Coleridge y a T. S. Eliot, poetas lámpara. Un bolsillo es la casa esencial y portátil del hombre; hay elegir lo imprescindible, y solamente un poeta cabe allí». Evidentemente, Cortázar está haciendo hincapié en una cualidad, la de poeta, que va más allá del puro oficio. El poeta es visto como un ser que vive por y para la poesía, esta es su alimento y su razón de ser —«Encuentro que no puedo existir sin poesía, sin poesía eterna;  ni la mitad del día me alcanza para ella. Empecé con un poco, pero el hábito me ha convertido en un leviatán», escribe Keats en una carta a Haydon— y ni siquiera el amor espiritual y físico que se siente en toda plenitud por la persona amada consigue superar esa filiación. Nadie representa en la actualidad mejor esa idea que el poeta romántico John Keats, fallecido en Roma el 23 de febrero de 1821, cuando apenas contaba veintiséis años, víctima de la entonces incurable tuberculosis, enfermedad que, más de un siglo después, causó, entre los innumerables contagiados, la muerte de otro joven poeta, José Luis Hidalgo. Durante esa breve vida Keats escribió algunos de los poemas más hondos de la poesía inglesa de todos los tiempos, como «Oda sobre una urna griega» (sus versos finales han quedado grabados en la memoria de todos los poetas posteriores: «La belleza es verdad, la verdad es belleza. Eso es todo / lo que sabéis vosotros de la tierra. Y nada más necesitáis saber», traducidos por Lorenzo Oliván) y «Oda a un ruiseñor», y algunos de los textos más inspirados de la época, textos que, pese a fundamentarse en una tradición idealizada del poeta, no han perdido vigencia. Hablamos de “Endymion: un romance poético” (1817) y de “Hyperión: un sueño” (1819). En ambos, y en toda su obra, se pone de relieve la figura del joven poeta buscando en una naturaleza de la que se siente parte la comunión con las fuerzas oscuras que la gobiernan. Harold Bloom, el eminente crítico, ha calificado esta suerte como «naturalismo humanista» porque en estos libros, Keats trata de humanizar el concepto de lo Sublime que defendía uno de sus más influyentes predecesores poéticos, John Milton.

     Pese a que no es imprescindible conocer los detalles biográficos para evaluar tal o cual obra literaria y/ o artística, sí nos parece oportuno, en el caso de Keats, insistir en algunas contingencias que marcaron el desarrollo de su obra, una obra, conviene recordarlo, no demasiado admirada en su época—sus primeras entregas fueron duramente criticadas—, que, sin embargo, fue adquiriendo con el tiempo una fama que hoy no podemos más que calificar como totalmente justificada.

     La prematura muerte del padre, cuando el poeta no había cumplido 9 años, y la no muy posterior desaparición de su madre —vuelta a casar y separada ya de su segundo marido—, seis años después, determinaron su infancia —fue confiado, junto a sus hermanos, a Mr. Abbey, un comerciante—, aunque quienes lo conocieron resaltan su peculiar sentido del humor y su vitalidad: «Su extraordinaria energía, animación y destreza, llevaba al ánimo de todos la convicción de sus triunfos en el futuro», escribe lord Houghton. Nada hacía presagiar que aquel muchacho encontrara en la poesía su refugio más íntimo y permanente y, sin embargo, dejó de frecuentar los violentos juegos que practicaba junto a sus condiscípulos, y se propuso traducir a clásicos latinos como Virgilio. El rumbo de la vida le llevó a trabajar como aprendiz de cirujano —empleo que abandonó pronto, en 1819, igual que hizo con el poema épico en el que estaba componiendo en aquellos día, para concentrarse en la escritura de poemas más breves —y, posteriormente, a graduare en Farmacia, oficio que ejercería solo durante dos años, antes de dedicarse por completo a la poesía y de sufrir un sinnúmero de estrecheces económicas que no hicieron sino acrecentar su maltrecha salud. Pero el poder de las palabras, «esas fuentes primitivas que emanan de lo irracional», como las calificaba Robert Graves, era un imán cuyos efectos no podía contrarrestar ni siquiera con el amor apasionado que nació entre el poeta y Fanny Brawne —del que ha quedado constancia en la copiosa correspondencia que se cruzaron, imprescindible fuente de información además para comprender, no solo la personalidad del poeta, un ser de una sensibilidad extraordinaria, sino para asistir a la evolución de su poética, llena de dudas y altibajos de confianza en sí mismo—, un amor imposible por causa de la enfermedad que aquejaba al poeta —“Bright Star”, película de Jane Campion recrea esta circunstancia de manera impecable—  y que, a la postre, le condujo a trasladarse a Roma, ciudad en la que falleció. Está enterrado en Il Cimitero Accatolico de dicha ciudad, lugar que se ha convertido —al igual que la casa donde pasó sus últimos días, hoy Casa Museo Keats-Shelley, sita en la Piazza di Spagna—, en ineludible centro de peregrinaje para todos los amantes de la poesía. Sobre su lápida está inscrito su célebre epitafio: «Aquí yace alguien cuyo nombre fue escrito en el agua». Su pasión vital irrefrenable toma forma en unos versos armoniosos, de expresión exquisita e imaginativa que aspiran a la perfección, a presentar a la naturaleza como esencia de lo sensible. En la poesía de Keats no están ausentes, pese a ese deseo de abstraerse de la cotidianidad, ni el tono moral y especulativo ni los placeres sensibles, porque son pasos previos sobre los que se sustenta la idea que los da forma. Mucha controversia ha generado la alusión a lo que el poeta, en carta a sus hermanos, llamó la «capacidad negativa», esta se manifiesta: «cuando un hombre es capaz de existir en la incertidumbre, los misterios, las dudas, sin la búsqueda irritable del hecho y la razón». Quizá ha sido esta apelación a lo irracional y su, aparentemente contradictoria, defensa de una identidad creada a partir de sensaciones lo que ha desorientado a críticos y lectores. Son maneras de ver y de pensar, propias, como la ambigüedad, del lenguaje poético, más sugerente que lógico.  Podemos finalizar este recordatorio con los versos que el propio Keats escribió, casi de forma profética, para Chatteron, otro poeta de muerte aún más anticipada: «¡…Qué triste suerte la tuya! / ¡Amada criatura del dolor, hijo de la miseria! / ¡Qué deprisa la nube de la muerte oscureció tus ojos, / donde brillaba el genio intensamente y el más alto debate!», traducidos de nuevo por Lorenzo Oliván.