JOAN MARGARIT: VITALISMO Y MELANCOLIA

Descubrí la poesía de Joan Margarit gracias a la revista granadina “Hélice”, dirigida por Luis Muñoz, allá por el año 1995. Entonces ya escribía en catalán —recordemos que sus primeros libros, hasta “Crónica” (1975), los publicó en castellano—. Era Luis García Montero el encargado de traducir aquella pequeña muestra integrada por solo cinco poemas, suficientes como para despertar en mí voracidad lectora el deseo de seguir leyéndolo, y pude hacerlo de la mano de Antonio Jiménez Millán, que tradujo “Edad roja”, un libro escrito en la cincuentena del autor impregnado de melancolía y de conciencia de derrota ante el paso del tiempo, aunque las palabras —Margarit siempre ha tenido una confianza asombrosa en el poder salvífico de las palabras, de la poesía—, consiguieran mitigar, siquiera mínimamente, esa dolorosa sensación. Vinieron después títulos tan importantes en su trayectoria como  “Estación de Francia” o “Los motivos del lobo”, traducidos, recreados, más bien, por él mismo —hábito que ya, salvo contadas ocasiones, no abandonaría—, pero, sin duda, el libro que más popularidad le granjeo fue “Joana”, un estremecedor y, sin embargo, luminoso canto de despedida de su hija, fallecida a los 31 años.  Margarit consiguió con este libro algo muy difícil de lograr, escribir con la premura del instante, pero como si rememora la emoción con la serenidad que concede la distancia temporal, sin caer en el lamento lacrimógeno ni en la sensiblería, acaso porque la conexión entre vida y escritura, muy presente en toda su obra, (“La poesía —escribió— solo puede surgir de la propia vida del poeta: nunca al podrá buscar de vida al amarge”) se manifestaba aquí sin retórica, en carne viva, haciendo que Joana se convirtiera en estos poemas en una presencia viva. No trató de pagar una deuda, como sucede con muchas necrológicas, sino de entonar un canto de agradecimiento por haber compartido la existencia con un ser que fue la bondad personificada. En los últimos años Margarit publicó títulos imprescindible como ·Cálculo de estructuras”, “Casa de Misericordia” o “Se pierde la señal”, pero además nos regaló un entrañable libro de memorias de juventud, “Para tener una casa hay que ganar una guerra”. Si no lo han hecho aún, lean a Joan Margarit, porque su poesía es capaz de poner la carne de gallina hasta en las mentes menos propensas al sentimentalismo.

EL DIARIO MONTAÑÉS, 17/02/2021