VERÓNICA ARANDA. COBALTO OSCURO. XVI PREMIO INTERNACIONAL DE POESÍA CIUDAD DE PAMPLONA.

CENIT EDICIONES

Verónica Aranda (Madrid, 1982) es una poeta que concentra su inspiración poética en una especie de bloques temáticos, en motivos concretos de la realidad y es a partir de dichos motivos como construye cada entrega poética. Así parece haber sucedido en títulos como “Poeta en India” (2005), “Alfama” (2009) o “Café Hafa” (2015), por ejemplo. “Cobalto oscuro”, el libro que hoy comentamos se inserta en este propósito, ya que el tema que articula la sucesión de poemas no es otro que ponderar, dar visibilidad, mediante la poesía, a la obra, siempre minusvalorada, de mujeres pintoras en un abanico temporal que va desde el año 1555 hasta 2011. La concepción de la poesía como pintura que habla y de la pintura como poesía silenciosa, atribuida a Simónides, encabeza estos versos que practican la llamada écfrasis, término griego que hace hincapié en la capacidad de recrear mediante el lenguaje ante los ojos de un lector un objeto artístico, una obra de arte, generalmente  —como ocurre en los poemas de Aranda— una pintura de expresión figurativa (Filóstrato, en su libro “Eikones”, en el que describe cuadros, fue el primero en utilizar la écfrasis de modo sistemático). Esta descripción que proviene de Leo Spitzer no es, sin embargo, puramente enumerativa —el poema «Museo de Bellas Artes», de Auden, muy alegórico, es considerado el mejor poema moderno sobre una pintura, “Paisaje con la caída de Ícaro” de Brueghel—. En el desarrollo de los versos conviven también opiniones y sensaciones, filosofía e ideología junto a perspicaces comentarios sociales, como se desprende de estos versos del primer poema, «El juego del ajedrez», de Sofonisba Anquissola: «Desafiar las reglas: / jugar al ajedrez. / Toda estrategia y lógica / era exclusiva / de los hombres. / Pero las tres muchachas, / con tarjes de brocado, / mueven piezas / y posan relajadas / cerca del roble verde. / La criada es testigo». Sin llegar a alcanzar el grado de distanciamiento que propicia el monólogo dramático —perceptible en el poema «Autorretrato con collar de espinas y colibrí» (Frida Kalho), por ejemplo, esta técnica también permite, como hemos visto, a la poeta encontrar un pretexto para difundir sus propias ideas y ejercer la crítica de carácter histórico social a partir de detalles que solo una mirada predispuesta es capaz de visualizar, como ocurre con un pliego, una carta en la que la retratada, Antonietta, explica la historia de su familia: «En ese pliego que nos muestra, digna, / nos resume su errancia, / la crueldad de las cortes europeas / que los condena a ser / meros objetos de coleccionista». Vemos entonces como Verónica Aranda, además de describir lo que en el cuadro se representa, se interna en cuestiones morales, denuncia una situación, se implica de forma visible. En esto se diferencia la écfrasis del monólogo antes citado, en el que el poeta, para manifestar una opinión o expresar una idea se despoja de su yo para hablar a través de la personalidad de otro.

Por otra aparte, todos las poemas que surgen de estas pinturas responden a un mismo propósito, enmarcado en esa imparable corriente social que busca situar en un plano de igualdad la obra artística de hombres y de mujeres. Todos los esfuerzos que se hagan en ese aspecto serán pocos hasta que se consigan desterrar visiones tan lamentables como la que trasmiten estos versos: «Nuestra propia existencia es, a menudo, / carnalidad incómoda, / un desnudo imperfecto, con su abdomen caído». Pero dejando aparte los aspectos reivindicativos, “Cobalto oscuro” —el color del infinito, de los sueños y de lo maravilloso— y centrándonos en los aspectos técnicos, en su edición plantea el problema de que a algunos poemas los acompaña la imagen del cuadro y a otros muchos, no, por tanto, la dificultad de expresar la simultaneidad de la imagen con un medio discursivo como es la palabra se hace  más evidente, eso sí, mitigada, como podemos ver en algunos de estos poemas, porque los versos no solo se limitan a una mera descripción de lo que aparece en el cuadro, sino que posibilitan la opción de añadir elementos que no aparecen en la obra, como vemos aquí: «Con ese verde eléctrico culmina / una década entera; / el adjetivo loco hará cortocircuito. / Cuando apague el motor, estará a punto / de irrumpir el fascismo». Se apela entonces a la cultura artística del lector, ahora bien, debemos tener en cuenta que no se trata de acaparar información —por mucha que se aporte, probablemente siempre habrá algo que quede fuera del estudio—, sino de evocar, de trasmitir emociones y esto los poemas de Verónica Aranda lo hacen con eficacia. En “Cobalto oscuro” se compagina la mirada crítica sobre una sociedad que ha mantenido oculto o, al menos, en segundo plano, el arte y la literatura femeninos, relegado al silencio y, por otra, la forma práctica de evidenciar esa anomalía, de sacarlo a la luz sin necesidad de proclamas panfletarias, con el poder íntimo pero efectivo de la exquisitez de la palabra poética.

*Reseña publicada en El Diario Montañés, 12/02/2021