RAMIRO GAIRÍN.

LLEGAR AQUÍ COLECCIÓN TRIBAL. VERSÁTILES EDITORIAL.

LA CIUDAD QUE NO SOMOS. COL. EL LEVITADOR. EDITORIAL POLIBEA

No es frecuente que coincidan en los estantes de las librerías dos libros del mismo autor, de un mismo poeta —más aún cuando se trata de un autor no excesivamente prolífico, como es el caso que nos ocupa—, no es frecuente ni tampoco conveniente, porque, se puede dar el caso de que un título solape al otro, pero el poeta escribe a un ritmo, generalmente irregular, y las editoriales deben ser lo más fieles posible a su programación. Otra cosa es lo que ha ocurrido en estos últimos tiempos, en los que dichas programaciones se han visto alteradas por motivos extraliterarios de todos conocidos.

      De Ramiro Gairín (Zaragoza, 1980) conocíamos Lar (2016), un libro que nos sorprendió favorablemente, como quedo dicho en el comentario que escribimos en su momento. Los dos títulos que traemos hoy a estas páginas son de signo, aunque no de tono, muy diferente. Llegar aquí está prologado por el poeta y crítico Juan Marqués, que defiende la alegría y la plenitud como fin último de la escritura, del poema, en consonancia con la impresión que le suscita la poesía de Gairín: «Hasta la rabia puede acabar siendo manifestación de plenitud», escribe, posibilidad efectiva, sin duda, aunque haya en nuestra poesía una propensión mayor a diseccionar esa rabia y a convertir el poema en una exploración de los motivos que suscitan dicha rabia, como deja entrever la segunda parte de la frase: «… y es fácil adivinar en el desamor, o en la locura, o en el fracaso una llama superviviente en forma de anhelo, aunque sólo sea en la constatación de lo que no se tuvo, o de lo que se fue». En cualquier caso, parece claro que Ramiro Gairín es capaz de trasmitir una sensación de aquiescencia con lo que le rodea digna de admiración. No resulta fácil entresacar de la vida cotidiana, impresa en la conciencia por mor de su monotonía y de su, en la mayoría de los casos, irrelevancia, las razones para ponderar el milagro de la vida, más cuando uno no vive en una especie de burbuja o tenga una actitud monástica ante los acontecimientos. En Llegar aquí hay un elogio de la cotidianidad y de la sencillez que proviene, probablemente, de una manera de ser y de sentir, pero también de una particular e incisiva forma de percibir la realidad: «No va de ideas grandes ni totales: / hay que dejar pensar al cuerpo, / y el cuerpo piensa cuando haces», escribe, y contarla: «Pero nada de versos épicos», dice en un poema posterior. Estamos frente a un mundo de sensaciones —como aristotélico podríamos definirlo— en el que el pensamiento se somete al sentimiento. La historia personal se articula en función de esa prioridad y la escritura es el mejor modo de dejar constancia de ello: «y por si acaso pruebo una vez más / si algo ayuda salvarte en el papel, / conservar por escrito nuestra historia». Tolstoi, al principio de Anna Karenina, escribió una frase que se ha convertido ya en legendaria: «Todas las familias felices se parecen unas a otras, pero cada familia infeliz lo es a su manera». Ignoro si esto es o no cierto, no sé si las familias felices se parecen tanto unas a otras, lo que sí puedo afirmar es que Ramiro Gairín posee una forma de dar cuenta de esa felicidad muy poco habitual, porque no necesita recurrir a un estilo hímnico para hacerlo, le basta con revelarnos sucesos del día a día desde una reivindicación del momento presente, instantes en los que se funden la sorpresa y la normalidad y nos dejan versos como estos: «Y no me inspira hipérboles, perífrasis, / la imagen de tu cuerpo así mojado, / sino que me sugiere / a la primera aguantes y posturas / (varias horas yacieron Acis y Galatea), // que hay algo de milagro en todo esto».

     Más aún, en la última sección del libro, «El sol de la tormenta de la tarde», la comunión de almas que aviva el amor conyugal comienza con el poema titulado «Boda» (emulando a Ángel González, Gairín escribe: «Para que yo me llame tu marido, / para que se nos vayan los ojos al anillo, / han sido necesarios los últimos diez años») y finaliza con el último poema, «Escena», cuyos versos finales sugieren que el padecimiento forma parte de la vida y, por contraste, hace más apetecible disfrutar de ella: «Embiste el cierzo contra la terraza, / tirando del invierno. / Me gusta la vida / porque nos recuerda: / definitivamente, / hay que saber llegar aquí», este aquí que, suponemos se refiere a ese grado de compenetración que convierte a los amantes en seres invulnerables. 

     Distinto —aunque una lectura detenida confirma que no lo son en lo más importante, en el tono contemplativo y sosegado — es “La ciudad que no somos”, libro «impar», según la terminología empleada por Juan Marqués, terminología que, por otra parte, tanto nos recuerda a la distinción que hacía Gerardo Diego entre los poemas de «bodega y de azotea» e, incluso, a la de José Hierro, con su famosa distinción entre «alucinación y reportaje». Aitor Francos, autor del prólogo, coincide en con Juan Marqués cuando afirma que estamos ante un poeta «que huye raudo del sesgo del poeta atormentado por la sabiduría que proporcionan la tristeza de la decepción y los estados de abatimiento […] Impera, contra marea, en su poesía, el tono hedónico y lo horaciano, y se impone, en lo posible, la felicidad» y, para lograrlo, un poeta tan observador como Ramiro Gairín, no solo debe focalizar su atención en aquello que conmueve su espíritu, sino que debe, además, exprimir la experiencia para decantarse por lo que lo enriquece como ser humano, no por lo que enturbia y niega esa posibilidad, muy presente, por otra parte, en el ámbito metropolitano en el que se desarrollan algunos poemas —en otros, una naturaleza domesticada, convertida en paisaje, convive con lo urbano—: «La ciudad que no somos, / que está cuando no hay nadie / y gira sobre el sol, / aguarda en las ventanas a que cierren / para entrar a leer». Existe además en estos poemas una voluntaria intención de redescubrir una realidad que parece estar sumergida bajo la capa de lodo de la realidad más superficial. Una realidad que, siendo real, probablemente nace del manantial del inconsciente y de la ensoñación tanto como de la mente alerta, como delatan las imágenes de estos versos: «Nuevas estrellas nacen / cuando la lluvia choca / contra los parabrisas; / la luz de las farolas / es lo que las ordena / como constelaciones». Quizá los versos que aclaran esta postura limítrofe entre ambos mundos sean estos con los que comienza el poema «El hechizo»: «Sucede sobre todo en días cortos, / cuando por las mañanas es de noche». Se entremezclan, como se ve, dos planos que se solapan y producen ese cúmulo de reflexiones que asocian significados contrarios, pero poéticamente muy reveladores: «A veces la ciudad / resulta lo contrario de la ciudad. / Y este tiempo, lo contrario a nuestro tiempo». Establecer esa armonía entre ellos puede parecer paradójico, y tal vez lo sea, pero, debemos reconocer que pone en tensión al lector y su propia manera, en muchos casos acomodada, de observar la realidad. Muchos de estos versos, siempre atentos al ritmo y a una métrica imparisílaba, nos obligan a abrir los ojos de par en par, como cuando nos clavan una aguja, sorprendidos más que asustados.