JORGE VILLALOBOS. NO ES NADA PERSONAL. ANTIGUA IMPRENTA SUR. MÁLAGA 

La exquisita colección «El castillo del inglés» aumenta su catálogo con No es nada personal, un conjunto de poemas del joven poeta malagueño Jorge Villalobos (Marbella, 1995) encabezados por una cita de Antonin Artaud que resume toda una poética: «No concibo una obra separada de la vida. No quiero la creación separada». La hoy tan cuestionada implicación de la biografía en la obra no parece causar ningún problema a Villalobos, antes al contrario, participa de esa opción tan respaldada por los llamados poetas confesionales norteamericanos («Son confesiones extra literarias», se titula uno de los poemas) desde el libro Life Studies, de Robert Lowell. El título de este volumen, Nada personal, juega, por tanto, con la ironía como forma de cuestionarse la realidad, acaso para salvaguardar una intimidad que teme expuesta en demasía, como cuando escribe: «Tengo tantas palabras que quieren que las oigas. / desordenadas en mi boca / sin abrir, igual que un cajón / que está lleno de llaves». Son palabras de amor, muy gastadas a lo largo del tiempo, pero, aunque dichas —escritas— desde la pasión de un hombre aún en agraz, con la madurez de alguien que ha vivido, o reflexionado, mucho y sabe que la verdadera poesía se encuentra más allá del lenguaje, está en la propia persona amada: «Esa sencillez tan poética / que tienes, aunque no lo sabes, / eso es todo el poema de amor, / tú eres todo lo que quiero escribirte», pero, entonces, ¿sobra el poema? Esta es la contradicción que se refleja en la escritura de Jorge Villalobos. Minimiza la fuerza del poema, pero se aferra a él para denunciar esa presunta inutilidad: «Decirte esto, / las cosas, / y no hacerlas girar entre metáforas. / decir que todo momento contigo / vale cualquier esfuerzo».  Es un tira y afloja que reitera en casi todos los poemas, como si el poeta estuviera construyendo un escudo contra ese desencanto que surge de la imposibilidad de expresar con fidelidad aquello que se siente. Paradójicamente, el escudo contar la traición de las palabras es la propia poesía, la tabla de salvación a la que aferrarse cuando azota el temporal de la desesperanza y del fracaso («Nunca acaba esta sensación / de fracaso. Le di todo lo que pedía…»). El poeta es consciente de esas contradicciones, hasta el punto de que el personaje lírico adopta la identidad del poeta y se pregunta: «Por qué buscas a toda costa / otro modo de vida, / si esta es la vida que querías?». Está claro que el modo de vida de nuestro poeta está indisolublemente ligado a poema, a la necesidad de decir la vida en un poema. Empresa muy noble, aunque no exenta de obstáculos que pueden dinamitar el ánimo de quien no aspire con terca voluntad a convertirse, como pretendía Gil de Biedma, en poema.