AVELINO FIERRO. ESTATUAS DE SAL. CARTAS. EDICIONES FRANZ.

Conocido literariamente por sus diarios —ha publicado varias entregas, Una habitación en Europa (2014), Ciudad de sombra (2015), La vida a medias (2017) y Contra tiempo (2019), agrupados bajo un subtítulo: «Diario de un lector agradecido»— Avelino Fierro (Chozas de Arriba, Léon,1956) ha escrito también haikus y un conjunto de textos breves —en realidad, cuarenta poemas en prosa—, titulado Calendario que será publicado próximamente. Con Estatuas de sal —inicialmente tituladas, homenajeando a Bécquer, Cartas desde mi celda, con las que comparte el hecho de ser publicadas, antes de darle forma de libro, en dos cabeceras de información cultural—, el libro, exquisitamente editado por Franz ediciones, se adentra en el género epistolar, ya recoge treinta cartas más una coda —por cierto, dicho género, cuando es de carácter íntimo, se acerca mucho al diario—cuyo germen, según informa el propio escritor «surgió de forma natural, provocada por el encierro y el distanciamiento que desencadenó la declaración de aquel primero estado de alarma”». Pero los diarios y las cartas de Avelino Fierro tienen en común, además de las referencias biográficas, un modo de decir, de contar en muchas ocasiones más cercano a la reflexión lírica, poética, que a la meramente narrativa. Así, por ejemplo, resume el cúmulo de sensaciones que se agolpan en los días de confinamiento: «Todo revive ahora como un fogonazo. Aunque uno no lo quiera, parece que en estos días se hace balance de la vida. Llegaba la noche y salíamos a la calleja. Nunca he vuelto a oír sonar esa música del silencio, nunca he vuelto a ver tantas estrellas». Jordi Doce, autor del prólogo a “Estatuas de sal”, define al escritura de Fierro con estas certeras palabras: «Naturalidad. Tarareo. Palabras que nos introducen en la sustancia de esta escritura, su tono suelto y sabiamente descosido, su amenidad, ese brío nerviosos y algo ensimismado con que las palabras hacen balance del tiempo».

    Con estos mimbres están escritas este ramillete de cartas que comienza el día 13, el primer día de confinamiento total, y cuyo destinatario es Enrique, al que da cuenta de las primeras sensaciones —surge por primera vez la incertidumbre, sensación que se agravará a medida que la situación se hace más insostenible— que provoca una situación aciaga y absolutamente novedosa, pero no escasean además las referencias a sus actividades cotidianas, condicionadas ahora por el obligado encierro, los comentarios sobre las películas y las series televisivas vistas, sobre las lecturas emprendidas, todo ello aderezado con algún observación de tono más personal.

      Todos los destinatarios mantienen con el autor una relación de amistad (hay algún excepción de por motivos profesionales), por lo tanto, el tono de la correspondencia es, por lo general confidencial, lo que no supone que se hagan confesiones trascendentes, aunque alguna hay. Estas confidencias pertenecen al ámbito íntimo, sí, pero también al literario. A Toño, otro destinatario, le expone, no sin ironía, su disidencia formal respecto de la escritura de un diario. Él se considera«un diarista que escribe las noches que le viene en gana y de cronología sumamente incierta. Que escribe un diario poco íntimo o en el que la veracidad no está garantizada». Poco después, en otra carta, reflexiona sobre el hecho de frecuentar el género epistolar: «Antonio, aquí me tienes, pensando en ti. Eso es lo que tiene escribir cartas: uno piensa en las personas a quine las dirige; como dicen los teóricos, es la interpersonalidad imaginada, la imaginación del “tú” por parte del “yo” que escribe». La recepción de dos cartas que trascribe en su propia carta es motivo para ahondar en la reflexión citada: «Hablan los teóricos del doble pacto epistolar. El destinatario que aparece en la carta no es, por fuerza, lo mismo que el lector real. El narratario es una entidad ficticia un “ser de papel” con existencia puramente textual, dependiendo de otro “ ser de papel”, que se le dirige de forma expresa o tácita. Podríamos llamar a este destinatario el lector implícito…». 

     Si tuviéramos que citar las influencias más perceptibles en la escritura de Avelino Fierro, habría que mencionar al Samuel Pepys de los Diarios y al Josep Pla de El cuaderno gris y al de Cartas de lejos (excluyendo, claro, el asunto viajero que, como delata el propio título, las induce), pero son muchos los autores citado en estas cartas, citados y leídos. La nómina es enorme, pero no me resisto a citar a algunos autores como Adam Zagajewski, George Steiner, Gil de Biedma (de triste actualidad en estos primeros semanas del año), Rilke, Emil Cioran, entre otros muchos, en los que abundan los poetas. Para terminar este comentario, inmersos como estamos en una situación tan grave como la que motivó el primer confinamiento nada mejor que esta reflexión que resume la situación de muchos de nosotros: «Pasan los días y es como si otra piel se sobrepusiera a la que siempre nos acompaña. Mutantes torpes embutidos en un traje nuevo. Todo muda y no sé cómo será el mañana». Avelino Fierro pone voz a esa sensación de incertidumbre que nos embarga a la mayoría, sensación que algunos mitigamos, a falta de contacto físico con la lectura, con la música o el cine. Esta es una de las virtudes de estas cartas. Descubrirán otras muchas al leerlas.

*Reseña publicada en el suplemento Sotileza de El Diario Montañés, 29/01/2021