ANTONIO RODRÍGUEZ JIMÉNEZ. NUESTRO SITIO EN EL MUNDO. PREMIO ANTONIO GONZÁLEZ DE LAMA. EOLAS EDICIONES

No es fácil trasladar a un poema emociones provocadas por hechos recientes. Recordemos que Wordsworth, en el prólogo a las Baladas líricas decía que la poesía «tiene su origen en la emoción rememorada en la tranquilidad». No es una mala exhortación. Dejar que la experiencia madure antes de trasladarla al poema presupone ese distanciamiento necesario para analizar los hechos de forma más, si se me permite el adjetivo, neutral, sin embargo, como toda norma, tiene excepciones que no hacen sino confirmarlo, y esto es lo que sucede con Nuestro sitio en el mundo, el nuevo libro de Antonio Rodríguez Jiménez (Albacete, 1978), uno de los poetas más representativos de las actuales hornadas, autor, entre otros títulos, de El camino de vuelta (2012), Insomnio (2013), Las hojas imprevistas (2014), Los signos del derrumbe (2014) y Estado líquido (2017), la mayoría de ellos avalados por importantes premios, que ya desde el primer poema establece las pautas que codifican el resto del libro cuando pone en relación el oficio de poeta con el universo. Pese a esa intención, el “yo” no queda excluido, pero sí, en varios momentos, postergado, en segundo término. En estos poemas el protagonismo lo va ganando el “nosotros” de forma progresiva (El propio título del libro lo confirma). En los primeros poemas —no podemos hablar de secciones porque es un libro unitario— la segunda persona, un tú sociativo podríamos decir, ejerce de interlocutor, de sostén del diálogo, como vemos en estos versos de alcance metapoético: «Ni siquiera este apunte, que no describe nada, / servirá para mucho. / Sólo aspiro a que un día, pese a todo, recobres / parte de este momento, / al menos una lámina desprendida de pronto / de la simple alegría». Más aun, ese diálogo se consolida, de forma intertextual, con versos del famoso soneto XVIII de Shakespeare, en lo que es también una indagación metapoética, ya que se constata la imposibilidad de la palabra para convertir algo en eterno, algo que ratifica «Del arte y la vida» con estos versos: «De algún modo, tenía razón Adorno: / / toda esta sobredosis de dolor y de vida / no pueden trasmitirla las palabras». Sin embargo, en otro poema se rectifica, parcialmente al menos, esta idea. Después de decir que «El lenguaje lo es todo», escribe: «Hay un ramo de lirios en el cuarto / que casi puede olerse en las palabras. / eso también lo es todo». Este toma y daca lo veremos reiterado en numerosos poemas, como cuando se habla del «carácter ficticio del lenguaje» o cuando afirma que «un poema se escribe con descarga de pólvora».

    Ese tú del que hablamos sigue prestando ayuda al enmascaramiento del poeta que trata de reflexionar sobre sí mismo. Leamos, por ejemplo estos versos: «¿Dónde están tus pequeñas traiciones cotidianas, / dónde las aguas sucias de tus días? / Eres el que no sufre, el que no duda, / el hijo predilecto de un puñado / de algoritmos y de píxeles». Se manifiesta así el conflicto identitario que provoca una realidad vista tan solo a través de las redes sociales y los reality show que influye también, como podíamos prever, en el ejercicio poético, algo aparentemente inocuo según los parámetros de rentabilidad económica, pero, como escribe Rodríguez Jiménez, «La poesía también tiene sus leyes / internas de mercado», un mercado que apuesta por el sentimentalismo y la banalidad, por la espontaneidad (Pound, en una entrevista mencionaba el lema de la Universidad de Pensilvania: «Cualquier idita puede ser espontáneo») rechazando todo lo que conlleve humildad, rigor estético, solvencia creativa y responsabilidad con el lenguaje: «Y un temblor silencioso recorre los pasillos / si alguien piensa apostar a largo plazo» / por la profundidad». Es más, Antonio Rodríguez Jiménez afirma que «La gracia no se aprende. / Una cinta moviéndose en el aire / separa lo vulgar de la elegancia». Hasta ahora hemos subrayado argumentos poemáticos frecuentes en todo poeta que se interroga, si no por la función de la poesía —que también—, sí por la necesidad de recurrir a ella para decirse, para reflexionar sobre sí mismo. En cierto momento del libro se produce un cambio notable, marcado por el poema titulado «Aquel verano de antes», al que pertenecen estos versos: «de que nos confinaran en casa con un número, / antes de que las vidas corrientes se cerrasen». La pandemia, y sus consecuencias, son ahora el eje sobre el que giran los versos. Se rememoran en ellos situaciones antes atípicas pero que con las nuevas circunstancias, se han convertido en moneda común desde el uso de las mascarillas a los aplausos desde los balcones. La crítica social, más o menos evidente en estos poemas, se acentúa en «Noche de bodas» o en «El beso», todo ello combinado con una mirar irónica sobre el ambiente poético y, por qué no, sobre sí mismo. No hay condescendencia detrás de esa ironía, sino desaliento. Afortunadamente, Nuestro sitio en el mundo finaliza con un esperanzado canto al amor, «un amor en desorden e impermeables / a las palabras fáciles de la lluvia, que crece / sin que nada lo guíe hacia la luz»., un amor que, pese a todo, devuelve las ganas de vivir.