MELCHOR LÓPEZ.  NIÑO. FRANZ EDICIONES

Melchor López (Tenerife, 1965) es un poeta que concita admiración tanto a un grupo fiel de lectores como de críticos exigentes, algo no muy frecuente en nuestra sociedad literaria. Representa con fidelidad eso que se ha dado en llamar, no sé sin con acierto, «poeta de culto» y, sin embargo, su poesía no ha logrado la difusión que nos gustaría y que, sin duda, merece, y eso pese a que ha publicado un buen número de títulos —los últimos han sido, sino estamos mal informados, Según la luz, publicado por la editorial Trea y De vuelo, publicado por ediciones Mercurio—, además de haber sido incluido en obras antológicas tan significativas como Paradiso: siete poetas (1994), preparada por Andrés Sánchez Robayna, en La otra joven poesía española (2003), de Alejandro Krawietz y Francisco León o en Campo abierto. Antología del poema en prosa en España. 1990-2005 (2005), a cargo de los también poetas Marta Agudo y Carlos Jiménez arribas.

     En efecto, es esta una de las muchas anomalías que pervierten en nuestro país la dimensión de la verdadera poesía y alteran la perspectiva, aunque, lamentablemente, no es la única. Por fortuna, Melchor López tiene, como he dicho, un grupo de lectores fieles, entre los que me encuentro, y goza del respaldo editorial para que su obra se difunda. La exquisita editorial Franz presta su cobertura a estos emotivos y nostálgicos textos, textos que están más cerca del poema en prosa que del apunte biográfico, aunque las fronteras entre ambos géneros estén ya muy difuminadas, reunidos bajo un poderoso título, “Niño”, dividido en dos partes y escrito en segunda persona. La mirada retrospectiva hacia el pasado muestra el proceso de la educación sentimental de un niño que comienza a descubrir un mundo que al que aún no sabe poner nombre, un mundo aún paradisiaco, de ensueño, pero en el que pronto aparecerán las pesadillas y los horrores que enturbian la existencia: «Muy pronto tuviste conocimiento de la muerte y sus funestas coronas, niño». Primero fue la abuela, después, a los dos años, su propia madre («No llegara a cumplir los cuarenta», escribe). La prosa de Melchor López, como podemos comprobar en los textos del libro que trascribimos, es propicia a la sugerencia, más que a ser explícita en los detalles y, para ello, no necesita ensortijar los acontecimientos o las reflexiones a que estos conducen, sino que traza una descripción con los elementos adjetivales precisos, ajustada al ritmo interior del pensamiento, a la fluidez con la que reverdecen los recuerdos, unos recuerdos que brotan hoy de forma espontánea, porque, ¿cómo saber en su momento cuáles de nuestros actos son los que acabarán por integrarse en la memoria? o ¿cuánta fidelidad guardan a lo que ocurrió? El niño recuerda también sensaciones, temores que surgen en la noche: «es una mano que viene del fondo de los pozos, y en cada círculo renueva su escamosa piel para hacerse más imperceptible, más poderosa, a medida que se acerca, ávida, al inocente», temores acrecentados por la orfandad, más acusada aún porque la muerte de la madre supone también la separación de su padre y de su hermano. Llega «un tiempo inesperado, gris, oscuro, como una niebla insidiosa, se adueñaba de tu vida». La segunda parte muestra un tono menos nostálgico. El niño se acomoda a su nueva situación, experimenta sensaciones gratificantes antes hurtadas por la tragedia. Encuentra en su nuevo hábitat razones para ser moderadamente feliz. El abuelo, los tíos, la familia en definitiva, contribuyen a mitigar el desarraigo: «En el corazón de aquel niño coexistieron siempre, además de aquella sombra dolorosa, también la alegría de un valiente tamborcillo y el afán de vivir todos los días ordinarios bajo un maravilloso halo de fábula, como cuando se expone una perla a la luz y brilla, de repente, en todas sus irisaciones». La «sombra dolorosa», la presencia fantasmal de su madre convive con el autor, que no se resigna a tan cruel pérdida, por eso escribe: «Regresa, aunque sea en sueños, madre, vuelve a través de la noche de ángeles y alimaña por un sendero que solo tú conoces, con pasos que no dejan huella, vuelve y dame una muestra que pase de tu boca a la mía, del agua más pura que tú bebes». Melchor López ha encontrado en la escritura una forma de cauterizar las heridas que el tiempo inflige para proseguir su vida y él, con elogiable franqueza, así lo reconoce: «Ahora que había descubierto la poesía, tenía al fin —aunque eso lo entendiese años más tarde— una fórmula para combatir  el ilimitado vacío de la orfandad». Aunque nos hable de un asunto tan frecuente como la ausencia y la orfandad, de asuntos, en definitiva, familiares, esta poesía vuela muy alto, hasta la alta cima de la conciencia. Si no han leído este libro, léanlo, y si ya lo han hecho, recomiéndenselo a sus amigos, merece la pena.

*Reseña publicada en El Diario Montañés, 22/01/2021