EMILIO AMOR. LAS LIBÉLULAS SUEÑAN CON LOS OJOS ABIERTOS. EDITORIAL BAJAMAR.

A pesar de su fragilidad y de su vida efímera, las libélulas, según informa Emilio Amor, «Simbolizan poder, valor y equilibrio, capacidad de renovación y la imperiosa necesidad de vivir el presente» y, es su poder simbólico el que subyace en los poemas de Las libélulas sueñan con los ojos abiertos, porque, «el sueño es el origen de todos los poemas» del libro, un libro extenso, divido en tres secciones, la primera de igual título al del libro, la segunda titulada  «La flor de Épsilon» y «Alrededor del fuego» la tercera. La poesía de Amor rehúye la descripción prolija, está construida a base de chispazos, como si fuera, en una sucesión de aforismos:«Para vivir a cien no es necesario / jugarlo todo al cero». Con esta contundencia comienza el libro, un libro el que se reinterpreta el origen visionario de la palabra poética («Entre tinieblas, / caballos amarillos, / los seres invisibles, / portadores de sueños») da lugar a asociaciones semánticas sorprendentes, de un hermetismo atrayente, guiadas por esa ambigüedad interpretativa que surge más que de la lógica, de la pura intuición, tal vez porque en el concepto de poesía que posee Emilio Amor prime más la súbita iluminación cognitiva que provoca un relámpago nocturno que la lenta construcción de una idea al amparo de la luz del día, así, la poesía para él es como esa «mariposa que brilla solo un día /  tras haberse forjado durante años como crisálida». Esta defensa del momento, del presente, se ve reafirmada en muchos poema del libro, consciente como es el poeta de la voracidad del tiempo, por eso afirma: «Soy todo desolación / y todo tránsito. // Me diluyo por los caminos fértiles / donde tu intensa juventud no me provoca»: No sabemos quién es el interlocutor, probablemente sea el propio poeta quien dialoga consigo mismo cuando hay sale a la luz un segundo personaje, pero, en la mayoría de las ocasiones, queda de manifiesto que es el yo el centro de las reflexiones, como vemos en estos ejemplos: «No encuentro las respuestas en los astros, / sino en la levedad de un aleteo» o «Me he perdido la pulcritud del día / bajo la ingravidez de mi sombrero. // Pero no temas. Aún no arrojé mi guante / ni doblegué mi espada. // Me he perdido las noches lumínicas de marzo». Mediante la palabra, el poeta exorciza sus fantasma, cauteriza sus heridas, por eso todo poema constituye una evidencia del dolor de vivir y contiene un cúmulo de orquestadas artimañas y pactos con uno mismo para resistir el asedio de la desesperanza. En cada página de este libro uno se siente atraído por la errática órbita de la incertidumbre que el poeta trata de resolver, de justificar, incluso, como si cada poema tuviera un fuerza centrípeta irrebatible.