ANTONIO LUIS GINÉS. ANTONOV. EDITORIAL BARTLEBY EDITORES

Cada vez es más frecuente encontrar las claves de un libro de poemas en su parte final, como si fuera el desenlace de una novela. Esto es lo que ocurre con “Antonov”, la séptima entrega poética de Antonio Luis Ginés (Iznájar, Córdoba, 1967). El poema del mismo título, penúltimo de la serie, rememora el sonido del avión soviético atravesando la noche puntualmente día tras día: «El ruido del motor se pierde / de forma gradual, hacia el sur. / Es un sonido bronco, profundo, áspero, / venido de tierras eslavas». Hace algunos años, el vuelo de ese avión, un pesado aeroplano de carga impulsado por cuatro potentes motores turbohélices que atravesaba la península, entrando por Cantabria —poco antes de las 11 de la noche oíamos ese sonido enigmático que Ginés, a su vez, oía a las 12,00 horas— y saliendo por Cádiz, a 6.000 metros de altura, en un recorrido que lo conducía desde Gran Bretaña a Marruecos, fue motivo de especulaciones de muy diverso calado. El lenguaje poético, sin embargo, convierte dichas especulaciones en una metáfora del destino. Ese sonido espectral «que cae del cielo sin alas, / aterrizando sobre el mar de noche / mientras pongo mis labios a salvo de los tuyos» resulta ser el vínculo físico que pone en contacto la experiencia íntima, espiritual si se quiere, con la realidad cotidiana. En el último poema «Poética para un avión que cruza la noche», sin embargo, más que un sonido, es el silencio el estado perfecto para percibir, incuso con desasosiego, cómo el paso del tiempo se apropia también de los recuerdos, por eso el autor confía a la escritura la capacidad de regenerar el presente con contumacia: «Escribo, escribo, escribo por si un descuido, algún destello deslumbrase cuando todo se apaga, por si regresar, un segundo, a otro cuerpo y otros labios, estuviese permitido».

    Pero volvamos al principio de “Antonov”, libro dividido en dos secciones, «Un instante, otro» y «Lo que perdura», prácticamente equilibradas, pues la primera consta de diecinueve poemas y la segunda de veinte. Como los respectivos títulos denotan, el fluir del tiempo, su transcurso, envuelve la escritura de cada uno de los poemas, a los que Ginés sabe dar una apariencia rocosa, sólida, como de obra acabada, que no admite reforma alguna, aunque, paradójicamente, se reflexione en ellos sobre temas como el azar (de «Hipótesis del eje», son estos versos: «Un leve oscilar / en esa inclinación / y no te hubiese conocido» y de «Anillos» estos otros: «Nada sabemos de lo que sucederá / aunque todo se va escribiendo»), la fragilidad de la existencia (en «Frágil» escribe: «Se desprende algo de mí y en ese silencio / prudente es otro el pulso en el labio, / otro el temblor bajo las ojeras, otro / el que vuelve a oscuras por si te trajera / la suerte a escondidas»; en «Hilos, grullas, noche», estos otros versos: «La vida son hilos, / hilos son hijos, hijos son momentos / que nos cercan y abrazan») o la volubilidad de los recuerdos («De la memoria tú sabes que solo regresa / lo que quiere, no lo que con fuerza / invocamos», escribe en «Ratones»).

     Hay un antes («Quieres saber / si conservo dentro algo de antes, / pero antes no siempre nos ayuda / a seguir nadando con la brazada firme / hacia tierra») y un después en toda vida. En algunas ocasiones, un suceso mínimo, apenas percibido, marca esa línea de separación; en otras, ese acontecimiento es lo suficientemente relevante como para saber, de antemano, que nuestro destino cambiará de forma inexorable. Antonio Luis Ginés cifra esa divisoria con dos estados emocionales, el de sentirse solo (ver el poema «Café para uno») y el de vivir en compañía ( el poema «Reunión» es un excelente ejemplo), con «seres queridos cerca» que aparecen en «las viejas fotos sobre la mesa»,  o en aquella en la que, escribe Ginés, están «quietos, / detenidos para la posteridad, / bajo los enormes árboles» y parecen «felices». Frente a lo efímero, a lo transitorio, está lo que perdura, aunque sea algo tan etéreo como la imaginación, como los sueños: «Los sueños no tienen importancia pero están ahí, / flotando en torno a nosotros».  En los sueños, el tiempo se altera, no está sujeto a los patrones de la realidad, en los sueños «las estaciones no se suceden, / soy yo el que cambia de tono, / el que florece, el que se seca». Y todas estas reflexiones existenciales desembocan en una especie de meditación final sobre los motivos para escribir del poeta —un poeta, como escribe Manuel Rico, «al margen de las líneas dominantes, maduro y con un mundo propio»— que se dice a sí mismo con lucidez: «Y avanza, desnúdate, saca a bailar los miedos, / los delitos, que se cubra tu nombre / de preguntas. Tú eres el punto // donde se tensan los hilos / de tu hija, tu padre, tu pareja». Una poética de la conciliación tras ese examen de conciencia que, de una forma u otra, cada poema de este libro, lleva en su seno.

* Reseña publicada en el suplemento Sotileza de El Diario Montañés, el 8/01/2020