ANTONIO LUCAS. LOS DESNUDOS. XXII PREMIO DE POESÍA GENERACIÓN DEL 27. COLECCIÓN VISOR DE POESÍA.

¿Quiénes son los desnudos?, cabe preguntarse a raíz del título de este libro. Antonio Lucas (Madrid, 1975) —poeta de una consistente trayectoria de la que forman parte títulos como Lucernario (2002),  Los mundos contrarios (2009), Los desengaños (2014) o Fuera de sitio (2016), que recoge toda su poesía publicada hasta 2015 y premios como el Ciudad de Melilla o el de la Fundación Loewe— lo pone de manifiesto en el poema que prologa este volumen, los desnudos somos todos nosotros, «Los desconvocados, / los sin templo, los ajenos», los excluidos por los patrones de una sociedad que devora al inadaptado, al diferente, podríamos añadir nosotros.

     El libro está dividido en cinco secciones. En la primera de ellas, «De lo inmediato», un cambio de domicilio da pie a esta esperanzadora reflexión: «La casa nueva, / su promesa de libro aún no escrito, / su inminencia de historia por hacer, / su arma blanca» que no oculta, sin embargo, su deuda con el pasado, alimentado en estos versos con visiones  oníricas, eso sí, enraizadas en vínculos con lo se ha sido, irrenunciables. «Podría decir que acepto lo que he sido», escribe en poema titulado «Autorretrato», pero pronto se desdice y reclama aquel aleixandriano deseo de vivir sin memoria: «y hay que echarse al mundo sin memoria, / agitando la chistera, / olvidando al que fui». Quizá sea mejor así, vagar desnudo como los hijos de la mar, entrar «desnudo en un mar con su secreta penuria»

     Un homenaje a García Lorca abre la segunda sección, «Tatuajes», simbólica forma de definir aquellas influencias literarias de las que uno no se puede desprender, con poemas escritos, en su mayor parte, en prosa, menos estricta formalmente que el verso y más adecuada cuando el discurso tiende hacia la expresión de las emociones tempestuosa, acumulativas, como sucede con el poema dedicado a Leopoldo María Panero, a quien no se menciona directamente, pero a quien se reconoce en algunas descripciones  tangenciales: «La bondad dejó en tus ojos puñados de zotal. Tu manera monstruosa de escribir. Tu hambre satisfecha de insultar». Un uso del leguaje este muy diferente al que predomina en la tercera sección, «La noche manuscrita», más contenido y dejando lo descriptivo en segundo plano. El núcleo dominante es aquí el amor, un amor que, pese a estar cantado de un millón de maneras diferentes, aporta una nueva perspectiva digamos menos enfática, más madura, más real porque surge del contacto directo con la realidad. Quien ha sufrido su pérdida, no lo compensa con hechos imaginarios. «Desaprender es resistir. / Y amar siempre reclama un uso nuevo» y un uso nuevo y original tiene este discurso amoroso aunque sus antecedentes literarios estén muy lejanos en el tiempo. Un petrarquismo actualizado pasando por el tamiz de Salinas se percibe en versos como estos: «Quien te ama te inventa, sin saber que lo hace». Hay cierto endiosamiento de la persona nada y se hace hincapié en la transformación que su presencia opera en la conciencia del poeta. No hay titubeos en las afirmaciones categóricas que en estos poemas se expresan en versos como estos del poema «Juntos»: «El amor vive en el fondo de las cosas. / Y dura lo que dura la quietud» o «Y apronto aprenderás lo que has vivido / y nunca es más verdad que lo que amaste, / que no siempre fue amor sino su andamio». Pero no solo de amor hablan estos poemas, el proceso de construcción de la identidad se manifiesta con todas sus dudas en uno de los mejores poemas del libro junto con «Testamento», y abundan los poemas memorables, el titulado «Primicia de un saqueo», que encabeza el famoso verso de Calderón, con parte de su segundo hemistiquio tituló José Hierro un libro: “Cuanto sé de mí”. Lucas no es tan tajante, está infectado por la incertidumbre de la época, por eso escribe en el comienzo: «Cuanto sé de mí es duda de mí mismo» y finaliza de esta guisa: «Y gracias por las noches que perdí entre tanta noche, / pues tuve claro entonces / que cuanto sé de mí / ya no me corresponde». El libro finaliza con  la sección «Fragmentos de la edad», la más extensa y heterogénea del conjunto, aunque temáticamente el canto a la amistad («En la amistad está todo cuanto quieres / para no caer un poco más») y la reflexión metapoética como parte de ese reconocimiento íntimo que el poema promociona, diseminada en varios poemas («Escribir con loso ojos vueltos siempre hacia ti. / Escribir maleante, sin temor, indefenso») se distinguen frente a otros temas la meditación ontológica o la preocupación social.

    Uno de los recursos literarios más usados por Antonio Lucas es la anáfora. Con ella consigue una mayor potencia expresiva además de remarcar el ritmo y de otorgar mayor fluidez en la dicción. Los ejemplos son innumerables, pero el poema «Isla del Egeo» es paradigmático porque la repetición se escalona no en una sola palabra, sino en varias en distintas partes del poema. En otras ocasiones, la anáfora consiste , más que en una determinada palabra, en un tiempo verbal, el infinitivo, un tiempo sin tiempo. Por último, el decir fragmentario, en no pocas ocasiones aforístico, impide el verso subordinado, con lo cual evita la digresión y delimita con mayor precisión su mensaje.  Los desnudos, en suma, confirma que Antonio Lucas es uno de los poetas más inspirados de su generación.

* Reseña publicada en el suplemento Sotileza de El Diario Montañés, el 18/12/2020