JAMES BYRNE. LOS CAPRICHOS. TRADUCCIÓN DE JUAN JOSÉ VÉLEZ OTERO. VALPARAÍSO EDICIONES.

La serie «Los caprichos» de Goya, comenzada en 1793, aunque se exhibieron sus 80 planchas entre los años 1796 y 1797, ha generado muchísimos estudios críticos, comentarios, aproximaciones literarias y pictóricas, innumerables écfrasis —Ted Hughes lo intentó, aunque, al final, abandonó su propósito—, pero no conocemos ninguna recreación poética del alcance de la que realiza el poeta y traductor británico James Byrne (Buckinghamshire, 1977) en este libro, impecablemente traducido por Juan José Vélez Otero. Los ochenta cobres grabados —posteriormente entregados al rey, junto con doscientos cincuenta ejemplares que le quedaban, a cambio de una sustanciosa renta de doce mil reales asignada a su hijo— son glosados en ochenta poemas, pero no se trata de recrear las imágenes por medio de las palabras, eso ya lo hizo el mismo Goya, que añadió jugosos comentarios explicando el epigrama que coloca como título de las respectivas obras y, a demás, escribió una introducción cuando se publicaron, en 1799, en la que afirma «que ha escogido personajes que se ofrecen a ser ridiculizados, a estigmatizar prejuicios, imposturas, hipocresías consagradas por el tiempo». Byrne escribe sobre esas escenas de hace dos siglos como si fueran actuales. En sus poemas se combinan sucesos históricos con hechos ocurridos anteayer ( El Brexit, Harvey Weinstein, el movimiento Me Too o Trump), como quien dice—en el titulado «Aquellos polvos», por ejemplo, se mezclan la Inquisición con la Quinta Avenida—, y es que la crítica de Goya, lamentablemente, no ha perdido vigencia. Byrne se muestra muy escéptico ante la evolución del ser humano, por eso escribe una introducción en la que, entre otras cosas, afirma que «Los caprichos de Goya son una serie de pesadillas de l vida real que rondan el siglo XXI. Podría decirse que el mundo que vivimos hoy es más aterrador que la España de Goya, porque en estos doscientos años nos hemos vuelto más inhumanos». Según Gómez de la Serna, en «Los caprichos» «se combate la superstición española, contra la que ha de ir el primer dardo de los humorismos y va mucho más allá de donde ha llegado el presente […] El humorismos es aquello en que se mezcla la credulidad y la incredulidad, lo trágico y lo cómico, la vida y la muerte, es decir, todos los polos contradictorios, pareciendo brotar del chispazo la única conclusión genial digna de la vida, siempre de un modo catastrófico, desesperado, barroco y con escasas palabras de agonía» y nos párrafos más adelante afirma que Goya «No es un moralista ni un amonestador, sino un indignado, un sarcástico, un observador que mira las cosas con amargura y risa sardónica». Bien, eso mismo es lo que hace Byrne, establece un diálogo con lo s caprichos pero no escribe una paráfrasis. Se ha ajustado a una fórmula fija, la de las octavas, entre cuyos versos podemos entresacar aforismos que confirman o dan la vuelta al idea de Goya. Si, según algunos críticos señalan, los sueños de Quevedo ejercieron una decisiva influencia en las imágenes goyescas, este sustrajo sus títulos de la cultura popular, pero también de la literatura de la época, literatura que, al parecer, conocía bien. Byrne hace otro tanto, por eso en sus poemas aparecen mencionados, entre otros, Calderón, Bulgakov, Coleridge, Darwin, Olson, Blake o Milton e implícitamente Octavio Paz o Rubén Darío. Los caprichos, como ocurre con las octavas, están plagados de sarcasmo, de reproches, de sátira moral, de ironía pero también de desengaño vital, pero no se puede obviar que, más allá de la denuncia periodística, subyace una intención pedagógica. Como dice Juan de la Encina, «No son mera colección de estampas cáusticas o graciosas… son más: han brotado a la luz de un cierto estado de iracundia candente contra personajes y sucesos históricos conocidos». Entre los personajes más populares se encuentran avaros, galenos, pícaros, alcahuetas y celestinas y, entre la nobleza, reyes, duques y duquesa, príncipes y primeros ministros como Godoy, el llamado Príncipe de la Paz, ridiculizado en «Hasta su abuelo», en el que un asno hojea su árbol genealógico: «Los libros genealógicos muestran guerras / ancestrales. Peligros en la adversidad. El blanco / es el color más mortífero de todos» el titulado «Mala noche» satiriza las eufóricas noches de la reina María Luisa, amante de Godoy, pero en la lectura de Byrne, los protagonistas son otros : «¿Recuerdas el gordito sonriente detrás de la falda plisada de Marylin levantada por el aire? /  Haz un nuevo reparto de papeles en la oscuridad, / una amenaza en el aire como en la «Mala noche» / de Goya, donde la tempestad de halcones nocturnos / evidencia el bullanguero. Tu culpa / pintor, tu mirada de piedra, tu domicilio, / Josefa, solo ella puede reclamar esta noche». Goya se dejaba querer por la Corte porque dicho amor llenaba sus alforjas y le protegía de revanchas, maledicencias y venganzas de aristócratas que se sienten mancillados, como alguna gran dama, por ejemplo,  y clérigos ya que en muchas de las imágenes  de los caprichos se critican abiertamente sus costumbres licenciosas y las devociones supersticiosas. En la representación «Todos caerán», se ha querido ver una diatriba contra la duquesa de Alba. Así lo ha visto James Byrne: «Los pecadores caerán primero. / Un niño que volaba en su queja por el cielo / fue dibujado por la mano de un caricaturista. / Como Ícaro en el laberinto de Dédalo, / o la duquesa de pelo rizado, fabulosamente rica, / que no posa contra el fascismo de Franco / a favor de Picasso, sino con un torero desnudo. / Mito-críptica, la vida es everismo». Probablemente, la duquesa del poema sea una descendiente de la duquesa pintada por Goya, Cayetana Fitz-James Stuart y el torero Pepe Luis Vázquez, aunque estos detalles carezcan de importancia. El amor siempre tiene cierto aire dramático, grotesco en Goya, y Byrne ha sabido plasmar en ese paralelismo en la octava titulada «Amor y muerte», que reproduzco en su totalidad: «La mente se agita como la oscuridad / en un faro. Relumbra la artillería, / un oficial se ríe de la espada desenvainada / y el cadáver que empieza a hablar / mediante mi voz se bebe el aliento / de mi boca.  Apriétame, fuerte, el mundo / exterior se hace a pedazos entre los hombres. / Vivimos divididos, cual al borde del límite». Vivimos una época oscura —cuando escribo esto, Trump está alentando a sus seguidores a que interrumpan por la fuerza el recuento de las papeletas de las elecciones y está acusando de fraude electoral, sin pruebas, a los demócratas—, tiempo de iniquidad y de noticias falsas, de pandemias y miedo al futuro. Es cierto, «Si la luz piensa en el tiempo, la oscuridad / es tiempo que piensa en si mismo», por eso, pese a todo, en el tiempo del poema se encuentra la claridad que ilumina nuestra esperanza.