ANTONIO SORIANO SANTACRUZ. NUEVAS ESPECIES DE ÓXIDO. BORIA EDICIONES.

Según nos informan Sara J. Trigueros y Carmen Juan, autoras del breve texto que precede a los poemas de Antonio Soriano Santacruz (Alicante, 1991), Nuevas especies de óxido es la primera obra del autor: «Cabe decir que, además de una primera obra, nos encontramos ante una obra iniciática. Poemario y poeta alimentan una tensión entre lo apolíneo y lo dionisiaco sin solución de continuidad», tensión que va en ascenso a medida que el libro avanza en cada una de sus tres secciones.

     Un poema prólogo nos pone sobre aviso de lo que vamos a encontrar en estos versos: la crónica de la lucha por tener una existencia plena, una lucha desgarrada, violenta, sin descanso por preservar la propia identidad, por no sucumbir a las presiones de una sociedad empeñada en extrañar al disidente: «Vivir. / Vivir es darse cuenta de que ninguna herida está cerrada». En «La herrumbre», la primera parte del libro, la herrumbre parece ser el resultado de las aspiraciones truncadas, la costra de óxido que carcome la esperanza: «Quisimos ser la raza del sol / y por eso ahora somos la de la sombra», escribe en un primer poema construido a base de repeticiones que refuerzan el mensaje y en el que sentimos el aliento de Neruda. El desencanto generacional da origen a un pesimismo ontológico: «¿Qué podemos hacer con nuestra patria marchita / con el cemento / con las falsas montañas / con los años setenta / el sol / la mafia / los cerdos / la muerte / alacranes desfilando y aire espeso?», lo que no resta lucidez a reflexiones como esta: «entender toda la historia del arte como una variación de la tensión y la distensión sexual», cercana a las teoría psicoanalíticas. En «Lo que parece. Periscopios», la segunda sección, la irrupción el yo como centro del universo se convierte en el leit motiv de los poemas. El eco de Whitman y su «Canto a mí mismo» se deja intuir en muchos de estos versos, porque el yo es, a la vez,  en medio de un nihilismo contagioso, la diana y la flecha del pulso poético: «Acomódate y mira el final de ti mismo / olvida mi locura / y cásate con ese o el otro o el otro / me da igual, pero sé feliz. / Y cuéntale a quien le interese / que una vez / como quien no tiene un perro enfermo / tú tuviste un loco que no hacía sombreros / pero que escribía cosas como esta / pero que nunca debió escribir / nada como esto o aquello. / Pues nada es lo que debió asumir». Tas un poma que hace las veces de bisagra, «Intermedio: Berlín, 1933», una fecha tristemente célebre, sobre todo en Alemania, el libro se cierra con la tercera sección «La huida. Quiebro» en la que hay una especie de ajuste de cuentas consigo mismo en el que el autor no sale bien parado: «He perdido / he dejado / mi cadáver tirado en las especies de óxido / que recubren / recubrirán / los caminos». Esta alusión al óxido confirma la idea inicial del libro. Como escribe las autoras del prólogo, la estructura de esta tercera parte «se revela circular y tripartita», aunque aquí la desenvoltura ética es más elocuente: «Sí al desnudo. / Sí a la idea penetrante y expansiva / de follarse a todo el mundo. / De sentirse nuevamente / dividido». Nuevas especies de óxido es una especie de conjuro contra una sociedad que desprecia, siguiendo a Machado, lo que ignora, que intenta neutralizar formas de ser y de estar discrepantes con lo establecido. Los versos de Antonio Soriano Santacruz son declarativos, explícitos en grado sumo y de una contundencia encomiable, pero quizá sería conveniente mitigar esa escritura tan torrencial para dejar en manos del lector algunas posible interpretaciones.