TOMÁS RODRÍGUEZ REYES. SUPREMA MORALIDAD. COL. AFORISMOS. LA ISLA DE SILTOLÁ.
 
Dividido en tres seccione, Suprema modalidad, el nuevo título de Tomás Rodríguez Reyes  (Sanlúcar de Barrameda, 1981) mantiene, sin embargo, una unidad tonal cuya principal característica reside en la contundencia de sus afirmaciones. No tienen cabida en estos aforismos la duda o la vacilación, ni siquiera el artificio verbal que consiste en encubrir el mensaje con la destreza retórica. La brevedad inherente al aforismo exige no “andarse por las ramas”. No se piense, sin embargo, que esta ausencia de oropel deja al desnudo el sentido de lo expresado, no, antes al contrario, esa desnudez obliga al lector a agudizar su mirada, su lectura, para penetrar por debajo de lo evidente, esa es una de las mayores virtudes de este libro y hay en sus páginas muchos textos que lo confirman. Extraigo algunos ejemplos, como este de calar ascendencia presocrática: «No seas y serás más que todo lo que es», este otro que nos remonta al Romanticismo: «La belleza es un sendero de verdad construido con mentiras» o, por último, este que no recuerda a Lacan: «Todo es sucedáneo de la realidad».
    Una gran parte de los aforismo tienen como origen el lenguaje, la palabra poética —«La palabra no nombra la realidad. Por lo que, cuando el poeta se hace palabra, la cosa misma, cuando él es la palabra sin más y entra en la armonía, es en realidad natural»—, el propio poema —«el poema es el lugar de las apariciones de la poesía»—y la esencia del ser del poeta: «Esta forma de escribir es una forma de estar conmigo, de ser yo. Y con ser basta», escribe Tomás Rodríguez Reyes. Todas estas afirmaciones desembocan en un concepto de la poesía que se puede resumir en este comentario: «La poesía no acoge lo real o lo irreal, tampoco lo cotidiano o lo trascendente; ni siquiera lo posible o lo imposible. La poesía auspicia la razón luminosa de la condición humana con música y palabra en una misma unidad». No está de más advertir que el lector puede mostrar su desacuerdo con muchas de las tesis que aquí se defienden —no resulta improbable que el autor busque precisamente eso— pero esas discrepancias contribuirán a poner en marchas todos los resortes de la réplica, a despertar lo que pensaba eran verdades inmutables, y tal cosa no carece de mérito.