Un profundo respeto por la palabra poética subyace en los poemas del sevillano Carlos Vaquerizo (1978), autor de títulos que no pasaron desapercibidos en su momento, ya que algunos fueron galardonados con premios de renombre, como el Adonáis, que recibió en 2005 con Fiera venganza del tiempo. Tras un impás de casi diez años publica un nuevo libro, Tributo de Caronte, Premio Ciudad de Almuñecar en 2014, libro con el que yo me acerqué por vez primera a su poesía. Desde entonces, su producción poética se ha visto incrementada con otros cinco títulos hasta llegar al sexto, este Si todo es selva, un libro que, a pesar de estar divido en cuatro secciones más un epílogo, presenta dos fuertes divisiones temáticas, la primera tiene en la palabra su principal fuente de interés, un interés manifiesto ya desde el primer poema, «Arte poética», en el se habla del poema como «un refugio, un nido de palabras, / para volar a salvo de la lluvia del mundo» y del poeta como «un dios dictado por un dios». Este concepto, aunque heredado del Romanticismo, se consolida en unos últimos versos que nos recuerdan a Gil de Biedma: «Y soy / palabra mágica en el verso, / torrente de libertad y amor / en el poema». Vaquerizo entiende la poesía como un escudo, como un muro tras el que parapetarse ante el creciente empuje de iniquidad, de la vulgaridad y la ignorancia que asolan la realidad; la poesía es una especie de jardín, eso sí, a merced del avance de la selva:«Si todo es selva pido/ habitar en un denso follaje de palabras […] Pido asilo al poema, / ser sílaba, ser verso, ser la cadencia y el ritmo, / la rima que no pesa, la magia que sostiene / el mundo en armonía». El poema convierte a quien lo escribe y a quien lo lee en otro ser. Ambos, autor y lector, construyen el poema. Esa comunión se da especialmente cuando el poema canta a la persona amada, sea esta real o imaginaria —tanto da para el lector— hecha a medida de los deseos del poeta: «He postrado mi vida al mar de tu silencio, / y en tu muda pasión vuelco sin pausa / el fulgor y la furia del verso que te crea», pero también canta al amor que recibe: «Tu amor ya no silente, tu amor que me devore / con la lenta dicción de tus palabras». Este es, sin embargo, un amor carnal, no platónico, un amor en el que la carne se hizo verbo, y habitó entre nosotros.

     La segunda división a la que hacíamos alusión más arriba está integrada por dos partes, «Llueven versos oscuros» y «Estampas viajeras». La primear de ellas bien hubiera podido constituir una colección autónoma por sí misma porque todos sus poemas tocan, de una forma u otra, la epopeya del vivir, la sensación de derrota que se acentúa en tanto nos acercamos al punto final de la existencia, por más que haya algún verso que trasmita esperanza: «De una derrota, a veces, nace un triunfo, un sueño // De la ceniza brotan pétalos de esperanza». Los versos a los que alude el título no pueden ser, en esta tesitura, claros, luminosos, sino oscuros, casi apocalípticos, podríamos decir incluso: «Nada puede quedar. Salvo la muerte». Hay poemas estremecedores en esta sección, como «Padre en el hospital» , en que el autor establece un diálogo con su padre moribundo, ya presa del destino: «¿Querer / para qué, para qué, para alargar la sombra / del dolor y la lid y entretener al Tiempo 7 y llamar a la Muerte con la lenta / pavana inalcanzable que resbala / de la lira de Orfeo?». Las relaciones familiares, tratadas aquí con crudeza no exenta de ternura, dan origen a reflexiones en torno de la existencia que han preocupado a la Humanidad durante siglos y seguirán preocupando porque no hay respuestas ante tanta incertidumbre, solo existe la certeza de la muerte y el ser humano es solo tránsito, sucesión, evanescencia: «Que soy la sombra / de otras sombras, la huella de otras huellas», escribe Carlos Vaquerizo, antes de hundirse en el pantanoso terreno de la culpa y el examen de conciencia.

    «Estampas viajeras», cinco poemas que recrean cinco lugares distintos visto con la perspectiva de la nostalgia, da paso al «Epílogo», en el que aflora esa tensión entre crueldad y ternura de la que hablaba antes: El poeta no sacrifica su indignación en pro de la hipocresía, sabe que es «ese pétalo que hiere en cada beso, / que rasga en dos al labio, que estalla en cada sueño / con la faz monstruosa de amarga pesadilla». Sobre estos dos ejes, el ensañamiento y la esperanza, giran los poemas de este libro, un libro  que busca, a través de la palabra, una especie de conciliación interior que acaso solo la escritura pueda proporcionar.

Reseña publicada en el suplemento Sotileza del El Diario Montañés, 4/12/2020