JAVIER LORENZO CANDEL. SIN PIEL. EDITORIAL LA ISLA DE SILTOLÁ.

La búsqueda de la verdad, ese concepto espinoso y resbaladizo, parece ser el propósito fundamental de Sin piel, el nuevo libro de Javier Lorenzo Candel (Albacete, 1967), autor con una celebrada trayectoria poética avalada por importantes premios como el Fray Luis de León, el Emilio Alarcos o el Gil de Biedma. Pero la verdad que busca Lorenzo Candel —Luis García Montero dice en el paratexto que «La verdad íntima tiene mucho de enigma, de navegación en la que es preciso orientarse a través de la culpa. El fracaso, el miedo, el amor y la voluntad de vida»—poco tiene que ver con la lógica o, mejor dicho, con la ciencia, con lo verificable, es más algo instintivo y natural que se va aprehendiendo a medida que se recorre la travesía vital y el tiempo ejerce su función de filtro y balanza: «Pero algo te dice que vayas a por ella, / algo humano te anima a descubrirla / enterrada en el viaje de ti hacia la muerte». Esa travesía existencial pivota, en el caso de nuestro autor, sobre tres pilares: la culpa «definitivamente asimilada  / desde el niño que fui / hasta esa madurez que ahora celebra»; el fracaso «que presumo infalible / para entender un exilio hacia dentro» y el miedo «como una solución para no andar de frente». Esta autobiografía emocional se desarrolla a lo largo de más de treinta poemas en los que los exámenes de conciencia son habituales y nada complacientes. El poeta vuelve la vista atrás, hacia ese pasado que determinó quien es en el presente, en la madurez de un hombre que ha traspaso la cincuentena Y que está ensenándose a sí mismo a vivir. La infancia no es, como en muchos poetas, el paraíso, el momento anhelado durante el resto de la existencia —«Porque también existen los lugares / en los que un niño llora / de rabia y que, perdido, / asciende a la mirada de su padre / para ver una furia desatada, / un frío metal sobre su cuerpo», escribe en el poema «Puer profeta»—, sino un tiempo de temores y pesadillas: «Pero son los asuntos del valor / los que me paralizan, / los que arruinan mi condición de humano frente al mundo, // los que me dejan siempre, / como cuando era niño, escondido a la sombra de los árboles». Ese desasosiego vital, esa reaparición del fantasma del miedo es el que le impulsa a implorar, mediante una plegaria, un borrado de la memoria, el desconocimiento como método para renacer a otra vida, porque Lorenzo Candel ha ido conociéndose a sí mismo y no parece gustarle lo que va descubriendo. Él no es uno de esos hombres «en origen distanciados de los remordimientos», todo lo contrario. Los versos pausados, reflexivos, con un lenguaje que tiende a la restauración anímica, desembocan en una certeza, la lucha «del hombre contra el hombre», esa que proviene de saberse a sí mismo un ser imperfecto que lucha por hacer de la virtud su mandamiento vital y que no puede cerrar los ojos a la realidad porque «Vivir acaso sea repetir las preguntas, / reivindicarnos seres en el conocimiento / para, al fin, ser tan solo / hombres que dudas, tiemblan, / incertezas abriendo decepciones». El contenido filosófico de estos poemas se contagia enseguida porque la propia claridad del lenguaje empleado, un lenguaje muy elaborado que logra conectar con el lector sin recurrir a trucos retóricos, propicia la complicidad de quien padece las mismas dudas, idénticas contrariedades, similares desilusiones. Pero no se piense que estamos ante un libro melancólico, no, Sin piel es un libro de renacimiento, de asunción de la propia identidad y, paralelamente, del paisaje en que la existencia se escenifica —«vuelvo en soledad / a sentirme una parte vital de este paisaje, / a ser sencillamente, en el dolor, / viento que arrastra, / olas a punto de romper, / ruido perpetuo»—, pero también es un libro de pérdidas —«Porque a mis años ya / me quedan solamente / elegías y sátira / como armas de defensa»—, de esa desubicación que provoca el ocaso de las creencias atemporales —el poema titulado «El buen cristiano» es paradigmático en este sentido—. Una existencia en la que tienen, también, particular importancia los detalles insignificantes, los «instantes que forman una vida», como ese momento «frente al Mediterráneo» que se recuerda como uno de los más dichosos: «Y yo que lo celebro en valentía, / en el instante previo de una vida / que va de retirada, / en el preciso instante de la felicidad».

     Con ecos de un filósofo presocrático como Parménides y de un místico como Juan de la Cruz, Lorenzo Candel elabora una defensa de su forma de entender el  mundo sustentada en la inmovilidad, en la pasividad y la contemplación —«en la contemplación de lo que hallo / encuentro la respuesta», nos dice— lo que le permite vivir hacia dentro «Y una vez detenido, / una vez conquistado ese presente, / tan solo respirar», huir de la voracidad de la vida moderna, diluirse en la naturaleza, transmutarse, por ejemplo, en un vencejo que le haga sentirse «una parte de todo lo observado», acaso por esa razón la piel, el envoltorio del ser, carezca de importancia. Lo importante, claro está, como queda de manifiesto en este magnifico libro, es la vida interior, esa que se puede dejar como herencia en actos voluntarios, pero también en la escritura, siempre y cuando sea, como en este caso, sincera, veraz, testimonio fiel de la vida de un hombre con sus incertidumbres y sus contradicciones.