JULIA BELLIDO. HOJAS DE GINKGO. POESÍA AL ALBUR. EDITORIAL CYPRESS.

La autora, Julia Bellido, nacida en Jerez en 1969 y autora de títulos como Mujer bajo la lluvia (2013 o Las voces del mirlo (2018), en unas palabras prologales, nos regala las claves de este libro: «El árbol del Ginkgo Biloba o Nogal del Japón es uno de los árboles más longevos del mundo […] Se dice  que un año después del estallido de l abomba de Hiroshima, en la primavera de 1943, a menos de un kilómetro de distancia del epicentro, un viejo ginkgo destruido y seco empezó a brotar. Es, desde entonces, símbolo de renacimiento y esperanza». Si asociamos esta idea a la existencia del ser humano, a ese hacer frente a todo tipo de adversidades, a superar el fracaso, a sobrevivir al declive físico o a sobreponerse al desamor y, pese a estar cubierto de cicatrices, seguir adelante, encontraremos la justificación de estos versos. Para llevar a cabo esta especie de renovación espiritual, como si de un ave fénix se tratara, uno de las mejores herramientas es el acto poético, la poesía, porque el poema «es un precipitarse / a un abismo de sed que nunca cesa / y al que vamos ardiendo»; en el poema la autora se reencuentra con quien ha sido porque la palabra posee la magia necesaria para reavivar el recuerdo («Y celebré sin saberlo el asombro, / real y prodigioso de estar viva». Este agradecimiento vital está presente en algunos de los poemas de este libro, «Paseando por la playa de La Concha», «Conversando con José Iniesta bajo un granado» o «Aquí y más allá», por ejemplo, el tono primordial es el eligiaco y el poema titulado «Elegía» es un magnífico ejemplo: «Todo se calla al cabo. / Hasta el febril murmullo de las aguas / y el fragor de la calle en el verano. / La música y el eco. // Vestida de indolencia, / y sin ninguna prisa, / la muerte va sellando los sonidos. // Nos va dejando sordos / para que oigamos solo 7 el tic tas de su espera». La muerte esta muy presente en estos poemas escritos con un lenguaje diáfano y sin adornos, con obvios referentes en la cotidianidad, sin embargo, bajo esa falsa capa de sencillez se esconden las eternas reflexiones existenciales sobre quiénes somos o hacia dónde vamos con las que no es difícil sentirse cómplice.

MARÍA JOSÉ VIDAL PRADO. EL PASO DEL COMETA. POESÁI AL ALBUR. EDITORIAL CYPRESS

Un hecho anecdótico, aunque de innegable de trascendencia astronómica, sirve de justificación a este libro, El paso del cometa, cuya autora, María José Vidal Prado El Ferro, 1967), ha publicado anteriormente libros como Historia de un jardín muerto y de un pájaro rojo (2015) y Polifonía (2016). El poema final, con el mismo título del libro, nos explica que, después del paso del cometa «las noches son mucho más oscuras / y el tiempo comenzó a avanzar hacia atrás». Este paradójico avanzar hacia atrás es el que hace que volvamos al inicio del libro, a sus primeros poemas en los que el delirio provocado por la contemplación del periplo orbital del cuerpo celeste da origen a preguntare por el mínimo espacio que ocupa el ser humano en el devenir del universo, a cuestionarse la propia identidad, frente a sí misma y frente a los demás: «La persona que creo ser / a veces se parece a la que ves en mí, / pero es un relámpago». Hay, además, en estos poemas una constante indagación sobre los límites del lenguaje, por la capacidad reveladora de la palabra: «Pesaba la palabra. / Se hundía / hacia el fondo del pozo del sentido […] Caía la palabra / al fondo de sí misma / y con nosotros dentro, / y no cesaba nunca de caer». Pese a las dudas que genera el poder salvífico del poema, María José Vidal Prado no desfallece y continúa con su empeño de tomar la escritura como herramienta para comprender el mundo: «Escribo —dice—para salvarme de la niebla / que todo lo inunda, hago / como si mis palabras fueran soles, / y una ilusión de vida que se extiende por los páramos». Pero las formas de aproximarse a la realidad nunca pueden ser unidireccionales, en preciso merodear, avanzar a tientas, delimitar el campo de acción del lenguaje. Así, el uso de la paradoja, de la metáfora se convierten en recursos imprescindibles para desvelar ese misterio que habita en el interior de todo ser humano como ser pensante que es y en la realidad que le circunda: «Los que se acercan y los que se alejan / definen mi lugar, escribe en el primer poema de la segunda sección titulada «Desde fuera», un afuera poblado de presencias fantasmales, exotéricas que regresan de un pasado que se difumina inevitablemente, como ocurre con los recuerdos de la infancia: «Veo / a la mujer que fui decirme adiós / […] Hay sol en ella y nieve en mí», un pasado que comparten otras personas que, sin embargo, lo regurgitan de forma diferente y contribuyen acentuar la soledad del personaje poemático: «Los otros, tan lejanos, ¿dónde suceden? / No me atrevo a mirar sus rostros. / No conocer a nadie, que nadie me conozca». Quizá, como parece subrayar la última parte del libro, sea el conflicto alrededor de la identidad lo mas sustancial de este libro, algo evidente en poemas como «Autoría», «Uno», «Quién» o «Yo no soy yo», cuyos última estrofa sirven para poner punto final a este comentario: «Ya no les gusto a quienes les gustaba. / a lo mejor les gusto a otros. / Yo no soy yo, pero tampoco / este que va a mi lado sin yo verlo».

JOSÉ ANTONIO FERNÁNDEZ SÁNCHEZ. TODO ES CIELO. POESÍA AL ALBUR. EDITORIAL CYPRESS

En muchas ocasiones, el título de un libro anticipa, si no el contenido, sí la atmósfera que envuelve los textos, los poemas, en este caso. En Todo es cielo José Antonio Fernández Sánchez  (Terrasa, 1963), autor de un buen número de libros de poemas como Las mentiras de Platón (2013), Cine mudo (2014) Metafóricamente hablando (2015), Mineral y luz (2017) o  Días comunes (2017), parece seguir el consejo del poeta norteamericano Robert Hass cuando escribe, en el verso inicial de su poema «Música tenue» lo siguiente: «Tal vez deberías escribir un poema sobre la gracia». Y es que los poemas de este libro mantienen un tono hímnico que, sin ser muy estridente, se prodiga hasta, en cierto momentos, caer en cierta monotonía. Reivindica Fernández Sánchez una mirada distinta hacia las cosas como fórmula para desvelar lo que la realidad esconde, una mirada que «nace de la primera luz vertida / que en su impaciencia / apenas recompone / las formas todavía en confusión / de la mañana en ciernes», una mirada inicial, libre de prejuicios, inocente podríamos decir, una mirada hacia lo alto que contempla el cielo, todo el cielo  y, para dejar constancia de ello, nada mejor que la palabra poética y un ritmo cuidado hasta el extremo. Esa mirada aún no contaminada solo puede resurgir de la infancia, momento en el que se empieza a descubrir el mundo, así se contempla el paisaje «cautivado, contemplando / la hondura de este valle singular / que abarca espacios nuevos descubiertos», una ola «que ahora es solo un burbujeo escaso / que no entretiene a nadie» o los distintos seres vivos que comparten con el autor una existencia plena, las hormigas, las mariposas, las cotorras, la palomilla , un carbonero común que en el balcón «se muestra como un verso inalcanzable: / lo toco solo con el pensamiento». Son estos poema generalmente de carácter descriptivo, pero, a veces, las palabras se revelan, no atienden a la llamada del poeta, «no encuentran acomodo en el poema. / Van, vienen, revoltosas se entrecruzan, algo que causa cierta desazón, porque se busca dar cuenta de que entre el hombre y la naturaleza existe una voluntad de comunión que sobrepasa lo matérico, es de carácter netamente espiritual, aunque deba corporeizarse en una tarde de lluvia «que invita a la escritura», en  una tela de araña, en una lagartija o en un jilguero, ejemplo perfecto de la belleza y de la fugacidad: «Quise escribirte un verso / y cuando fui a hacerlo / vas y desapareces». La poesía de José Antonio Fernández Sánchez trasmite serenidad, quietud y entusiasmo vital, algo muy necesario para enfrentarse a los convulsos tiempos en los que nos ha tocado vivir.