TERESA SOTO. LA SILVA. EDITORIAL INCORPORE

Juan Ramón Jiménez decía que «en edición diferente los libros dicen cosa distinta», eso sí, distinta y no necesariamente mejor. Lo que parece fuera de toda duda es que hay géneros, y la poesía es uno de ellos, a los que asociamos el cuidado de la edición, realizada siguiendo criterios puramente estéticos, no mercantiles (aunque haya ocasiones en que ambos extremos puedan darse juntos).  El caso de la editorial incorpore —editorial que desconocía— es un excelente ejemplo de lo dicho más arriba. Sus libros son un primor, una exquisited, dentro de la sobriedad, aspecto este que tanto admiraba el propio Juan Ramón. Da gusto manosear un ejemplar como La silva, título del último libro de Teresa Soto, poeta nacida en Oviedo en 1982 y autora de libros como Un poemario (2008), por el que recibiría el Premio Adonáis, Erosión en paisaje (2011) y Caídas (2018).

     Divido en cuatro secciones: «yo invento», «amor escribe», «tiempo lima» —las tres provienen del verso de Lope «yo invento, Amor escribe, el tiempo lima»— y «caballos morados», el libro se completa con un conjunto de textos autónomos que se enlazan página tras página formando un todo discursivo con intertextualidades —intertextualidades que también podemos encontrar en otros poemas del volumen— confesadas en las páginas finales del libro, agrupadas bajo el título de «El ciervo de oro y la araña». Pero qué en La silva, desde el comienzo del libro, nos damos cuenta de que el título poco tiene que ver con la combinación poética compuesta por heptasílabos y endecasílabos combinados de forma arbitraria, sin reglas prefijadas. No parece responder tampoco a la primera acepción del diccionario de la RAE, aquella que la define como una: «Colección de materias o temas diversos, escrito sin método ni orden», puesto que estamos ante un libro perfectamente estructurado. Más parece referirse a la cuarta acepción, la que la define como zarza, zarza que crece en la cabeza del ciervo que ilustra la cubierta.

     No es la poesía de Teresa Soto condescendiente con el lector, exige de este una predisposición mental, un dejarse llevar por el sentido enigmático de su versos. Leemos una poesía que parte del no saber para llegar a la multiplicidad de significados. La fuente de sus reflexiones está en la permanente indagación sobre la realidad y el ser, sobre la materia de lo invisible, realizando una lectura muy personal de Aristóteles. Sus versos avanzan en gran medida gracias a las contradicciones: «Y tú calla y escucha. / Todo esto tengo que contarte. / Y es nada. / Pero va  en cadena / salmo de raíz / goteo de voces», a la fuerza de los opuestos: «Feroz de lengua, amante me dices. / Tú, alegre devoto. / Yo. gozosa sierva», de paradojas como: «Por querer salir de mí / llego a ti. / De ese camino, no quiero memoria. / de tu agua crecen todos los pozos» o «Ya no hay frío que se llame así / a tu abrigo. / Ni domesticidad que no sea / en lo salvaje, dicha». Pero avanzan ¿hacia dónde? Pues hacia el refugio del amor, único antídoto contra la degradación que impone el tiempo y emblema del lenguaje que se erige en paladín de la supervivencia. «Amarte en tu ansia de líquido / en tu falta de aliento / en el corazón rápido. / Tan rápido es que me acobardo. // No me quiero ir de tu calor ni de tu fiebre. / Ni de tu cuerpo que no va a ser este. / Me voy». Teresa Soto posee una capacidad extraordinaria para captar aquellos instantes de la realidad que se convierten en memorables. Su intuición provoca esa fusión entre el ser y lo que le rodea de la que surge el poema, el poema, sí, pero como velada constatación de la imposibilidad del decir, lo que viene a confirmar que todo es voluble y contradictorio.