PELAYO FUEYO. LA HERIDA DEL AIRE. EDITORIAL LA ISLA DE SILTOLÁ.

La fecundidad literaria —no solo poética— de Pelayo Fueyo (Gijón, 967) en los últimos años esta siendo notable. Casi cada año da a la imprenta un nuevo título, sea este de poesía, de ensayo o del género aforístico. Así, en esta misma editorial que acoge “La herida del aire” ha publicado volúmenes como el ensayo “Un mundo simbólico” (2018) o el libro de aforismos “La muerte, la poesía” (2019): por lo que respecta a la poesía tenemos que remontarnos a 2017, cuando  publicó “La máscara y el otro”. Pelayo Fueyo confirma en unas palabras preliminares que «pretende dejar una marca estilística con la referencia predominante del “símbolo”, además del arquetipo y el fenómeno». Sobre esa predilección por lo simbólico extendió sus reflexiones —eso sí, de forma asistemática— en el libro Un mundo simbólico. Pero, como e habitual, no siempre los planteamientos teóricos se acoplan dócilmente a la práctica poética. Y es mejor que así sea, porque eso demuestra la imposibilidad de conservar  de forma estanca y autónoma una determinada estética. Resulta imposible, y es, además, deseable, evitar que se contamine de otras maneras de hacer colindantes e, incluso, contrapuestas.

La poesía de Pelayo Fueyo ha mantenido siempre una efectiva combinación de lo anecdótico con lo simbólico —de «trasparencia y complejidad»con tino  habla José Luis Piquero en la contracubierta— y, para hacerlo, hace uso de un lenguaje preciso pero cotidiano, casi conversacional, embellecido con comparaciones y adjetivos audaces. Ejemplo de las primeras son versos como estos: «La luna era, entonces, como una cerradura», y de los segundos «rosa aturdida» o «sellado cuerpo», todo ellos encontrados en el primer poema del libro.  

     “La herida del aire” está integrado por casi cuarenta poemas sin divisiones que no conforman, sin embargo, un todo unitario. Se pueden apreciar intensas relaciones entre muchos de los poemas y quizá se hubieran podido agrupar en diferentes secciones, pero el autor ha preferido dejar que cada poema apueste por su individualidad, se justifique por si mismo, de tal forma que no existe una afán de continuidad entre ellos, probablemente situados en el libro —el propio autor nos induce a pensarlo así— siguiendo un orden predominantemente cronológico. Otras características formales que los unifica son el uso continuado del metro alejandrino, un metro que impone gravedad y solidez al discurso, y el que la mayoría de los poemas están dedicados, preferentemente a personas de su entorno afectivo, tanto familiares como amigos. Temáticamente, conviven en el libro varios núcleos de fuerza: la obsesión por al muerte presente desde los primeros poemas: «En el cementerio», «La semilla y la calavera», «La calavera», una especie de Vanitas renacentista que podría tener como referente a Valdés Leal, por ejemplo, que tiene ecos también del monólogo de la escena primera del quinto acto de Hamlet, cuando este recuerda a Yorick, bufón y amigo de la infancia: Pelayo se pregunta, con esa contundencia ya citad del alejandrino: «¿Cómo fue tu persona, qué hiciste con tu vida?», para acabar concluyendo que la calavera adornará sus libros, «a los que representas como el recipiente / de tantas aventuras que ya son vanidad», o en el poema «La eternidad» dedicado a la memoria de su padre, en el que aboga por ignorar la presencia amenazante de la parca y vivir «proyecto tras proyecto, / para ignorar la angustia a la que lleva el ocio / de pensar en no ser, a pesar del espejo». Otro de esos núcleos mencionados es el retorno a la infancia, un retorno melancólico, mitificado y salvífico que tiene en el poema «El agua estancada», un magnífico poema, su mejor plasmación, como percibimos en los versos finales, cargados de emoción y simbolismo. En esa agua estancada en una bañera abandonad se refleja la imagen del niño que sueña: «Me imaginé a una niña, muchos años atrás, / bañándose en aquel recipiente doméstico, / cosa que, para un niño, supondría placer». Resulta evidente que la imaginación prevalece por encima de cualquier malentendido que la naturaleza de la realidad pudiera plantear. Él mismo, en otro poema, se pregunta: «¿Acaso no tenemos un cuerpo imaginario?», en contraposición a su, digamos, realidad física: «Lo absurdo es que el cuerpo claudica algunas veces, / aunque vista por dentro la batalla es hermosa». Le gusta también Pelayo usar el recurso de la écfrasis, aunque no lo sean en sentido estricto poemas como «La fotografía», «El busto», «Comentario a un dibujo de Jaime Herrero» o el becqueriano «El jardín». La poesía es para Pelayo Fueyo una forma de lavar las heridas que inflige la realidad, por eso no deja de escribir, dejando un rastro autobiográfico, aunque ficcional, poco amable consigo mismo, como delatan estos versos iniciales del poema «El mal»: «Yo, que he tragado hiel por sufrir sin saberlo; /  que odié a las mujeres con las que me crucé / por reírse de mí al mostrar mi rubor / de adolescente virgen; yo, que he hecho el payaso / en plena calle, ya fuera de mi conciencia…». La falsa bondad puede ser tan cruel como la perversidad manifiesta y cuando se da el caso, la escritura es el mejor remedio para denunciarlo.

-Reseña publicada en el suplemento Sotileza del El Diario Montañés, el 30/10/2020