DAVID MAYOR. CUADERNO DE PÁJAROS. CINCO POEMAS. COLECCIÓN LOS MONOS DUPLEX. EDITORIAL PAPELES MÍNIMOS.

Exquisitamente diseñados, estos cuadernillos de la editorial papeles mínimos son preciadas joyas no solo por su diseño, sino también por los textos que recogen en sus escasas páginas.  La colección Los monos, cuyo primer número, Cuatro poemas de Martín López Vega, se publicó en el ya lejano 2009, ha crecido, de forma un tanto irregular, con otros doce cuadernillos. Cuaderno de pájaros, integrado por cinco poemas de David Mayor pertenecientes a un libro en construcción, hace el número 13. El carbonero, el mirlo, el gorrión o el petirrojo son los pájaros que frecuentan estos poemas de distinto aliento. El poema titulado «Hermes» (un dios con innumerables atributos), por ejemplo, representa una velada crítica a quienes desoyen los ritmos de la naturaleza y se complacen solo en sus formas más utilitarias. No hacen, según Mayor «buen uso de la lentitud / ni de los semáforos en ámbar, / ni del desayuno y sus ritos», mientras que el breve poema dedicado al petirrojo es una sutil pincelada cargada de intuición, es la «luz de la mañana». Lo que sugiere esta exigua muestra es la reivindicación de la observación tranquila, suspendida en el tiempo, esa que permite tomar conciencia del esplendor de la Naturaleza a través de unos seres inquietos, nerviosos, atemorizados incluso, por la presencia del hombre, y un elogio de la lentitud (Carl Honoré) como contraposición, como remedio contra la enfermiza velocidad con la que se suceden los acontecimientos de nuestra vida. 

LUIS LÓPEZ SUÁREZ. OCHO SONETOS FÚNEBRES. COL. HERACLES Y NOSOTROS, 30.

Ya hemos hablado en diferentes ocasiones en estas páginas del milagro editorial que supone la supervivencia de los cuadernos Heracles y nosotros, tutelados por el poeta Juan Ignacio González desde sus inicios, por eso no vamos a repetirnos. Con Ocho sonetos fúnebres —que , en realidad, son diez si añadimos el Prólogo y el Epílogo— de Luis López Suárez alcanza la colección el número 30. Como el propio título indica —y las espléndidas ilustraciones de Luis Rodríguez-Vigil que acompañan a los poemas sugieren— la columna vertebral de estos endecasílabos es la muerte, la muerte asumida sin drama, pero con conciencia de su devenir:, como leemos en este cuarteto: «Helada llega y tenue y sin oriente / e ilumina el dolor desde su inicio, / el angosto camino de este oficio / que lleva de tu muerte a mi presente». Ecos del barroco español se puede escuchar en algunos versos, del inevitable Quevedo, por ejemplo: «Qué inútiles despojos / de cuanto fue y es nada, desterrado / de tu patria de sombra», pero también de Góngora como comprobamos en estos otros que hablan de la fugacidad de la vida humana: «Yo lucho contra el tiempo que se espesa / en torno a ti, mi amor, con su veneno, / mientras la tierra espera su tributo»,  o de Lope: «No puedo recordarte sin dolerme / los ojos incapaces de encontrarte, / ni tampoco nombrarte sin morderme / la lengua que enmudece al pronunciarte», los tres poeta referentes directos de estos sonetos fúnebres de larga tradición y gran peso en la poesía española y a los que Luis López Suárez ha sabido insuflar, algo nada fácil, un una aire que combina lo actual, lo cotidiano,  con lo intemporal, la tan nombrada muerte.