CARLOS JAVIER MORALES.

EL CORAZÓN Y EL MAR.

COL. ADONÁIS. EDICIONES RIALP

Más que usar la conjunción copulativa que une dos elementos tan dispares como el corazón y el mar, quizá sería más conveniente eliminarla para que la identificación entre uno y otro fuera total, porque leyendo los poemas de esta nueva entrega poética de Carlos Javier Morales (Sta. Cruz de Tenerife, 1967) — autor de una extensa obra, integrada por títulos como “El pan más necesario” (1994), “La cuenta atrás” (2000), “Nueva estación” (2007) o el volumen que recoge una selección de su obra, “Una luz en el tiempo. Antología 1992-2017” (2017)— comprobamos que la audaz analogía se convierte pronto, por el arte del verso, en una personal metonimia. De la comunión de corazón y mar surge el amor, un amor a todo lo creado, un amor que nace impoluto porque las aguas de ese mar borran —o deberían borrar, según el ferviente deseo del poeta— las impurezas del pasado. El arriesgado nadador que personifica al amante, al enamorado, va «a lavar al mar» su memoria, porque «la unión no estuvo nunca en el pasado: / la unión es comunión cuando se vive / un destino común que no termina nunca» y no «basta con mirar el horizonte para lavar la vida». El mar que contempla y que idealiza Carlos Javier Morales no difiere mucho de aquel mar que cantara Pedro Salinas en su libro El contemplado —veremos que el concepto de amor como culminación existencial tampoco se diferencia mucho del concepto que tenía el poeta del 27—, las mismas aguas del Atlántico bañan islas tan distantes.  Lo comprobamos en versos como  estos: «¡Cómo te envidio, isla, / que ves el mar y el cielo de continuo!» o «Hoy toda tú, / isla en medio del mundo, / jamás podrás perderte».

     Un aspecto que resulta muy común a este tipo de poesía celebratoria consiste en personificar distintos elementos de la naturaleza con objeto de establecer con ellos una relación de igualdad. El noble objetivo tiene más que ver con reivindicar la conexión del ser humano con la naturaleza, de alabar la paz y la mansedumbre que produce el contacto respetuoso con ella, pero también, y como consecuencia, tiene que ver, aunque sea por contraste y de manera solapada, con denunciar la degradación a la que está sometida dicha naturaleza. Pero esta naturaleza primigenia, sin contaminar, es también el escenario donde crece y se reafirma el sentimiento amoroso, un sentimiento que vive en el presente («El tiempo era presente, como el mar») en el aquí y en el ahora: «¿Qué fue lo que pasó fuera de aquí? / ¿No es aquí y ahora la verdad / de todo lo que amamos? / ¿No es aquí y ahora / donde estamos tú y yo, / donde transcurre al fin / el tiempo puro?». El propio poeta hallará en sus versos la respuesta a tanta pregunta. El ser amado las despeja — («Mis dudas con las tuyas se anulaban») porque la fuerza del amor consigue romper los barrotes de la celda de la soledad. Un morales arrebatado siguiendo ahora la estela de Aleixandre, escribe: «Tú eres la eternidad. Yo soy el tiempo / que cae cada día en un charco más hondo. / Tú eres la eternidad. Yo soy la carne / llamada a deshacerse. ¡Oh mundo a solas! // Tú eres la eternidad: / solo tu cuerpo rescatará el mío».

     El corazón y el mar finaliza con una cuarta sección que rompe la unidad de las tres anteriores. Los poemas de «En la gran casa» no son ya celebratorios, sino nostálgicos, elegiacos en gran medida: «Y si miro hacia el mar, mi mar de siempre, / hoy solo siento miedo por tanta inmensidad inaccesible». La muerte, antes solo vislumbrada en un horizonte muy lejano, se siente ahora como algo nítido, algo que va tomando forma en el cuerpo de los ausentes: «En este nicho, madre, aún queda algo de ti. / Pero toda tú, entera, estás en mi memoria», porque «Oigo tu voz: tanto en la casa antigua / como en esta cas que un día edificaste / para que yo viviera». Quizá sean estos poemas dolientes los que encierran más verdad de todo el libro, y digo quizá porque el propio poeta alberga muchas dudas, dudas que expresa en estas pregustas cuya respuesta solo él, o la divinidad, conoce, aunque no las resuelva en este libro, como fiel devoto de la religión de la armonía del mundo: «¿Es la imaginación? ¿Es la memoria / la que te entrega rosas rojas / antes de bailar juntos? / ¿Es tan solo un juguete psicológico / el que te da, el que me da la vida cada día? // ¿O es la imaginación y la memoria / la fuente del saber más verdadero , / la imagen más real de lo invisible, / el latido de Dios en lo más hondo?». El poeta, para Morales, es una especie de mediador entre el ser humano y la naturaleza, y la escritura de poesía obedece a la necesidad de dar respuesta a los interrogantes que la compleja realidad plantea. El esto queda en manos del lector.

Reseña publicada en el suplemento Sotileza de El Diario Montañés, 16/10/2020