RAFAEL SOLER. NECESITO UNA ISLA GRANDE. EDITORIAL CONTRABANDO

Los protagonistas de Necesito una isla grande, la reciente novela de Rafael Soler (Valencia, 1947), novelista de amplia trayectoria, pero también poeta —en Leer después de quemar (2018) reunió una selección de sus poemas— no son personajes habituales. Suelen, en caso de participar de forma directa en el desarrollo de la narración, hacerlo en papeles secundarios, cuando no marginales, y es que en esta novela estamos hablando de un grupo de ancianos («Cinco ancianos se fugan de un asilo con lo puesto», se titula un capítulo) enredados en un esperpéntico viaje —siempre hay unas buenas dosis de humor en la escritura de Soler— que, si no de iniciático tiene algo, gracias al acicate de una ilusión renacida, de búsqueda de la eterna juventud, un viaje —sin necesidad de desvelar la trama argumental, que se verá truncado por esa presencia que ronda la existencia, más cuando esta ya tiene a sus espaldas una larga travesía, la muerte, una muerte asumida con la que confraternizan El Pulga, Rocky o Tomás.

   La novela, una especie de Road movie, se estructura en dos planos, el que narra los acontecimientos que se van sucediendo con cierta lógica, y decimos cierta porque a Soler le gusta hacer uso del humor —el caudaloso uso del lenguaje lo respalda— , y el humor, lo sabemos, roza lo ilógico, lo irracional, como esas mudas conversaciones que tienen los muertos, muertos que parecen sentir y padecer aun tiempo después de convertirse en cadáveres, porque «la verdadera muerte llega así, Tomás, con el olvido». Evidentemente, la trama se sostiene en hechos perfectamente verificables, por emociones reales y, por ende, contradictorias, por peripecias, algunas irreverentes, que se suceden gracias a un golpe de suerte, narradas por nuestro autor con dinamismo y ternura, porque, conviene decirlo, la ternura y el placer de vivir una aventura  sobrevuelan por encima de la nostalgia y de acuciantes dolores físicos. El objetivo es despilfarrar los últimos momentos de unas vidas que, en el reducto casi militarizado de la residencia, han sido domesticadas por completo. Por esa razón, el viaje en pos de una isla grande posee la misma justificación, al menos literaria, que el viaje a la isla del Tesoro, aunque también nos recuerda en cierto modo al Cortázar de «Una isla al mediodía».

     El segundo plano de la novela lo forman las notas que va tomando Carmina que ejerce como notario de las vicisitudes del viaje y cuyas reflexiones denotan, esta vez, sí, mucha nostalgia. En las notas traza además rasgos de la personalidad de sus compañeros de viaje con una visión panorámica, como si se adentrara en la mente de cada uno de ellos, que recoge experiencias del pasado. Así, escribe: «A Tomás y a Nepo les gustaban las islas, mucho. Tanto que cuando no tenían una mano a mano, si la inventaban. Islas volcánicas, con una playa que había que recorrer de puntillas, tan escasa era la arena y tantos los guijarros negros y la lava». Como era previsible, estos planos se entrecruzan y la doble ficción que soportan las anotaciones, servirá de guion para un programa radiofónico, real en la ficción de la novela, lo que no deja de ser un logrado ejercicio metapoético que pone justo colofón a esta excelente novela.