CÉSAR RODRÍGUEZ SEPÚLVEDA. LUZ DEL INSTANTE. EDITORIAL OMMPRESS

En estos tiempos convulsos y desconcertantes en los que vivimos, el ser humano necesita encontrar puntos de apoyo a los que aferrarse. Hay quien los encuentra en la religión, algunos en la práctica deportiva, otros en la compañía de los seres queridos e incluso existen quienes buscan refugio de la poesía, en la verdadera poesía. Adjetivarla no deja de ser una redundancia, pero conviene subrayarlo de forma expresa porque el poder de las redes sociales —combinado con la falta de escrúpulos de algunas editoriales que tratan de vendernos gato por liebre patrocinando productos frívolos y simplones, sin ningún mérito estético, pero que juegan con los sentimientos más a flor de piel de esa juventud adocenada, cada vez más ñoña y carentes de opinión, masificados sus gustos por el poder de los “nfluencers” y demás fauna mediática— está desvirtuando con alevosía el sentido más profundo del acto poEL VERDADERO SENTIDO DE LA EXISTENCIA de los poetasre de Dios, poeta, / padre y maestro mbre yo soy muertemargola nostalgia imprético. A tenor de los últimos acontecimientos —hablo ahora solo del ámbito poético— no podemos ser demasiado optimistas, pero queda aún un atisbo de esperanza, una tabla de salvación, y a ella debemos aferrarnos.

    Esta sensación de no perecer ahogado en el mar de la banalidad  y la confusión la producen títulos como Luz del instante, el primer libro de César Rodríguez de Sepúlveda (Madrid, 1968) que ha devuelto a este lector, siquiera momentáneamente, la esperanza. No todo está perdido. Hay poetas que sienten verdadero respeto por lo que significa esa palabra que los define y lo demuestran con su quehacer, con cada poema, con cada verso dado a la imprenta. Lo primero que nos ha llamado la atención es que Rodríguez de Sepúlveda conoce perfectamente la tradición poética del idioma en el que escribe (una notable diferencia con respectos de los poetas “instagram”, que se precian de no leer) y, por esa razón, es capaz de rescribirla y reinterpretarla desde la actualidad sin caer en anacronismos. El libro comienza con un homenaje a Alonso Quijano, quien reconoce que más que vivir, soñó que vivía en los libros de caballerías que enturbiaron su mente: «… Yo no viví: soñé. Fueron mi vida / no los leves cuidados de mi hacienda, / ni el ocre sucederse de los días (…) sino los esplandianes y amadises / que gallardos blandieron sus aceros / por el amor de ingratas damas / en reinos que no abarca el pensamiento», pero qué sería la vida sin los sueños, sin el vuelo de la imaginación, ese vuelo que proporcionan los héroes de papel que conquistaron el reino de la infancia: «Por entonces la vida / era un presente giratorio, eterno: / si bien se sucedían / los días y los meses y los años, / de sus revoluciones / volvían siempre iguales, renovados, / puestos a repetir los mismos ritos»). Tarzán o el mismo Guerrero del Antifaz no logran, sin embargo, detener el curso del tiempo. La infancia termina y comienza la primera etapa de la responsabilidad, la adolescencia y en ella comienza a asomar la cabeza esa bella dama sin piedad que responde al nombre de muerte, una muerte que da sentido a la existencia. El poema «Nocturno» simboliza esta moraleja por medio del mar, más sí mismo en la oscuridad, como la vida, que se vive con mayor intensidad cuando se es consciente de su fugacidad, lo que no significa que la nostalgia impregne muchos de los actos voluntarios, como en el poema «Desolación»: «Dejó la vida un triste sedimento, / amarilla hojarasca, / un rastro cruel de cosas inservibles, / un tatuaje amargo, indescifrables / señales de socorro en los armarios. // Ahora en el vacío de estas cuatro paredes / un silencio florece hecho muerte». No son estos los únicos versos en los que se manifiesta este pesar. Los homenajes tributados a escritores suicidas como Virginia Wolf, Cesare Pavese o Alejandra Pizarnik («… abrazar a la muerte y recordarle / yo me llamo yo soy / alejandra yo soy / debajo de mi nombre yo soy muerte») son un ejemplo de lo duro que es vivir, más aún cuando se entiende la escritura como una especie de anomalía, como una frustrada tentativa de salvación.

     La última sección de las tres que componen el libro, «La luz y la palabra», comienza con un poema que bien puede interpretarse como una poética: «la forma brota de lo informe, / de lo oscuro la luz, / de la nada, el sentido. // Después, / el tiempo arrasará / cincel, figuras, escultor, poema».  Como vemos, la muerte hace de nuevo su aparición en esta especie de «vanitas» barroca, barroquismo subrayado por en lenguaje cuidado hasta el exceso, por la ruptura semántica y los encabalgamientos de muchos de los versos de este magnifico y sorprendente libro que reivindica la armas del amor y de escritura para saciar «la sed de verdad del ser humano»,  para luchar, aunque de forma infructuosa, contra el declive y la muerte, como queda patente en uno de los mejores poemas de “Luz del instante”, el homenaje a Rubén Darío titulado «De volcán y de jungla», cuya herencia reivindica con conocimiento de causa: «oh jaguar, dios, olmeca, formidable centauro, / torre de Dios, poeta, / padre y maestro mágico, / Rubén / Darío».

*Reseña publicada en el suplemento Sotileza del El Diario Montañés el 2/10/2020