JOSÉ LUIS GÓMEZ TORÉ. MARÍA ZAMBRANO. EL CENTRO OSCURO DE LA LLAMA. EDITORIAL CIUDAD NUEVA.

Afortunadamente, la figura y la obra de la pensadora María Zambrano (1904-1991), una de nuestras intelectuales más importantes del pasado siglo, no ha perdido un ápice de notoriedad desde su fallecimiento, al contrario de lo que ocurre con muchos de nuestros más renombrados escritores —Camilo José Cela o Francisco Umbral, sin ir más lejos— postergados, no sé si de manera definitiva, apenas transcurridos unos años de su muerte. En los últimos años, parece que definitivamente acabada la edición de sus obras completas, se suceden libros que tratan de desentrañar la compleja personalidad de la escritora, como el imprescindible María Zambrano. Mínima biografía, de no de los mejores conocedores de la filósofa, Jesús Moreno Sanz, publicado el pasado año. No quedan, pues, por desvelar grandes aportes a la biografía de nuestra autora pero si hay lugar, y lo habrá durante años, para especular sobre su obra, de una complejidad solo comparable a su originalidad, pese a la claras influencias que trasparentan sus escritos —Gómez Toré menciona algunas de las más relevantes: «desde luego Ortega y Gasset, pero también Platón y los presocráticos, Plotino, Séneca y la escuela estoica, Leibniz, Spinoza, Nietzsche, Scheler, Heidegger…», a los que podríamos añadir Galdós, Jung o Massignon, entre otros—. Ese es el cometido que ha emprendido José Luis Gómez Toré, poeta, pero también ensayista que investiga sobre los frutos y consecuencias del acto poético y de la relación de este con otras disciplinas, como la filosofía, asunto que cifró muchas de las reflexiones más intensas de Zambrano. Para ello ha concebido un libro, subtitulado «El centro oscuro de la llama» que busca, tirando en ocasiones del hilo biográfico, dilucidar de lo que la autora objeto del estudio llamó «razón poética», génesis esencial de su pensamiento.

     El estudio María Zambrano. El centro oscuro de la llama, o lo que es lo mismo, «la razón poética», esa especie de bisagra conceptual entre poesía y filosofía, está precedido por unas palabras del poeta y editor Javier Sánchez Menéndez, buen conocedor también de la obra de la filósofa que afirma: «Toda la obra de María Zambrano es una reflexión y una indagación permanente sobre el significado de la poesía, de una poesía como piedad; el pensamiento debe concordarse con la poesía porque es su gran aliada y la única capaz de solventarnos “de lo otro”, de aquello adonde el pensamiento no puede llegar solo». No hay lugar a dudas de que la relación de la poesía con la filosofía, como señala con acierto Gómez Toré, fue un preocupación permanente que se remonta a las reiteradas lecturas que la malagueña hizo de Platón y continuó durante todo su trayectoria creadora (no en vano, su relación con poetas fue muy estrecha: Luis Cernuda, José Ángel Valente, José Miguel Ullán, Antonio Colinas o Amalia Iglesias, en distintos momentos de su vida, contribuyeron con su saber a perfilar el pensamiento de nuestra autora. Y es que, como deja escrito Gómez Toré, «para Zambrano, el decir metafórico, lejos de constituirse en un decir insuficiente y preludio en todo caso de la claridad filosófica, revela precisamente ese terreno intermedio entre lo luminoso y lo oscuro en que se sitúa la razón poética». Si este es el núcleo de su pensamiento, no por ello otros temas quedan subordinados en su extensa obra, obra que, lo diremos ya, podemos calificar de asistemática, sin método —aunque Gómez Toré dice que «tal apreciación no pasa de ser una lectura superficial» y es muy probable que esté en lo cierto, ya que la propia Zambrano escribe que «la verdadera experiencia no puede darse sin una especie de método, puesto que toda experiencia lo es de un ser que ya está en camino. Pero al mismo tiempo el método, en tanto que determinación de las condiciones de la experiencia, se sobreimpone al brotar de la experiencia privándola de su inocencia», eso sí, «Método y no sistema», aclara—, de fragmentaria y digresiva, aderezada con unas gotas de hermetismo que en algunas ocasiones producen cierta confusión, aunque la ambigüedad, la falta de precisión y la polisemia son características innatas del lenguaje connotativo, tan usado por nuestra autora. Un lenguaje que, consciente de sus límites, de la inefabilidad inherente al pensamiento que desea plasmar, sirve a María Zambrano para expresar sus reflexiones en torno de la política —asunto casi tangencial en su obra, pero como escribe Gómez Toré: la «dimensión ética lleva necesariamente una dimensión política»—, del exilio («el exilio ha sido como mi patria»), de la alteridad del ser, de ese «pacto constante entre lo que se es y lo que se quiere ser»; de los sueños y de la dimensión temporal a ellos asociada: «… el sujeto está en sueños privado de lo que el nacimiento da ante todo, aún antes que conciencia: tiempo, fluir temporal».  No se agotan en esta forzosamente reducida enumeración los temas que aborda este ensayo ni el pensamiento de una autora casi inabarcable como es María Zambrano, pero José Luis Gómez Toré ha trazado con rigor y amenidad las líneas de su pensamiento y deja abiertas las puertas para aquellos que deseen abordar el origen de tanta lucidez.

* Reseña publicada en el suplemento Sotileza de El Diario Montañés, el 18/09/2020