C. D. WRIGHT. UN GRAN SER. EDITORIAL LIBROS DE LA RESISTENCIA.

No hace mucho comentábamos en esta misma revista el libro Está con, de Forrest Gander, pareja de C. D. Wright, y hacíamos alusión a la peculiaridad de un título que provenía de la dedicatoria del último libro de su esposa, publicado póstumamente, ShallCross: «for Forerst… be with». C.D. Wright murió inesperadamente el 12 de enero de 2016, seis días después e cumplir los 67 años, al parecer tras sufrir una trombosis mientras dormía. Había nacido en Mountain Home, Arkansas, una localidad fagocitada por los Ozark, el 6 de enero de 1949. Pronto se interesó por temas sociales como la inmigración ilegal o la situación de los reclusos en las cárceles del país, y este interés lo plasmó en su poesía. Su primer libro, Habitación alquilada por una chica soltera, data de 1977. Desde entonces y hasta su muerte dio a la imprenta más de quince títulos, por algunos de los cuales recibió importantes galardones como el Griffin Poetry Prize, el National Books Critics Circle Award o el Leonore Marshall Poetry Prize. One Big Self: An Investigation (Un gran ser) fue publicado en 2007, aunque una primera versión de dicha obra vio la luz en 2003, bajo el título One Big Self: Prisioners of Louisiana, con fotografías de Deborah Luster, de las cuales, dos se han incluido en la edición española. A medio camino entre el ensayo —sobre todo en las páginas iniciales, que a modo de preámbulo, nos introducen en el ámbito estrictamente poético— y la poesía, el libro describe con crudeza las condiciones de vida de los reclusos: «Conduciendo por esta parte de Louisiana puedes pasar por cuatro cárceles en menos de una hora», escribe al comienzo del libro. La impresión que le causa la visita a esta cárceles es casi indescriptible: «Algo sobre el extra-realismo de esa institución en particular me llevó a rehusarme, también la resistencia de la poesía a las convenciones de la escritura probatoria, a pesar de ejemplos de primera categoría de lo contrario: Mandelstam, Akhmatova, Wilde, Valéry, Celan, Desnos, etc.». Como se puede apreciar en este breve fragmento, la poesía de Wright busca la complicidad de escritores —acaso porque teme que la poesía no digiera bien este conflictivo asunto— que hayan sufrido la experiencia carcelaria en propia carne y hayan sido capaces de convertirla en literatura. Por otra parte, su estilo aséptico, periodístico, sobrio, mas informativo que poético, guarda semejanzas con poetas actuales de la talla de Anne Carson o Claudia Rankinen. «No idealizar, no juzgar, no exonerar, no anestesiar inmensurables niveles de dolor. No demonizar, no anatemizar. Lo que quería era trazar inequívocamente el sentir real de un tiempo duro», escribe, aunque no siempre puede cumplir esa función profiláctica. La denuncia pronto hace acto de presencia: «La interrelación de pobreza, analfabetismo, abuso físico y de sustancias ilegales, enfermedad mental, raza y género con la población carcelaria resuena contra el ojo desnudo y es confirmada por las estadísticas». Los poemas son una especie de transcripción de conversaciones mantenidas con presos y reclusas: «No he encontrado a nadie suficientemente bueno para mis gatos, dijo Lyles», «Quiero irme a casa, susurro Patricia». Tanto ellos como ellas dan cuenta de su resignación, de su esperanza, de la nostalgia y la sumisión. Estos retazos se alternan con frases sueltas («No hay condones para el corazón», «Lo fotografió empalmado»»), con opiniones («Si fueras un criminal ya estarías en casa»,«Beber agua con una herida en el estómago es fatal») con anécdotas («Es un gran día para morir, un gran día para dejar el cuerpo, le dijo a la prensa antes de su ejecución en Pascua», «Un joven pacientemente trenza / la cabeza de otro»), con testimonios (el mejor ejemplo s, sin duda, el poema titulado «Líneas de defensa incluyendo procesos del Estado de Louisiana vs la convergencia de lo Ur-real y lo Irreal»). Lo que no abundan son conclusiones, ni siquiera reflexiones extraídas de la constatación de las penosas condiciones que se relatan. C.D: Wright presenta al lector los hechos y debe ser él quien las contextualice. La intensidad de la incertidumbre que produzca en él será la medida más adecuada para calibrar el efecto poético de la denuncia, de la indignación. Su decisión final es, por tanto, muy relevante. Si esta arriesgada combinación de informe pericial y de análisis lírico de un estamento social como es el sistema carcelario «funciona», debería alerta a las conciencias más sensibles y promover cambios en una estructura tan monolítica —lo hemos leído en novelas, lo hemos visto en infinidad de películas y documentales— como la prisión. La memoria, la de los presos, juega aquí un papel determinante, porque es, en muchas ocasiones, el único refugio que poseen. El particular ensamblaje que realiza C.D. Wright con la documentación disponible nos deslumbra y nos desconcierta a partes iguales. No siempre es fácil seguir el hilo de lo narrado porque el lenguaje puede oscilar entre lo irracional, lo visionario y lo informativo, entre la connotación y la denotación, por eso resulta comprometido aventurarse en poner etiquetas a este tipo de poesía o, como queramos llamar a estos textos. Las restricciones formales que la poesía tradicional imponía aquí están hechas añicos porque importa más el mensaje que la forma de emitirlo. La poesía tiene, para Wright, una función social, una responsabilidad humana a la que ella no está dispuesta a renunciar. «Mis poemas —dijo en una entrevista— tratan sobre el deseo, el conflicto, la escasez de justicia para todos», y en otra ocasión, tal vez sin pretenderlo, nos dio las claves de su poética, cuando dijo: «Cada vez más indecisa sobre asuntos tanto grandes como pequeños, he descubierto que la poesía es el área en la que no me siento inclinada a poner en marcha la máquina de humo, a tartamudear, disimular o temblar o dar marcha atrás apresuradamente. Este es el único camino por el que avanzo decidida, aunque no esté lista del todo, a luchar con lo que un jungiano citado en exceso describió como el corazón anestesiado, el corazón que no reacciona». Para avivar ese corazón anestesiado, nuestra poeta se vale de todos los recursos imaginables, el collage, la hibridación de géneros, la investigación periodística y, sobre todo, una devoción por la poesía que la ayuda a reinventarla en cada libro. «Este libro —dice Dave Eggers refiriéndose a Un gran ser—, muy irritado y apenado y desconcertado, tiene humor, constante levedad y franquea e incontables momentos de increíble belleza», porque no solo en lo alegría y la bondad hay belleza, también sobrevive en el dolor y en la perversidad, aunque de otra forma, por supuesto. 

: Reseña publicada en El Cuaderno Digitall, 18/09/2020