CHARLES SIMIC. ACÉRCATE Y ESCUCHA. TRADUCCIÓN DE NIEVES GARCÍA PRADOS. EDICIÓN BILINGÜE. EDITORIAL VASO ROTO.

Traducido al español apenas un año después de su publicación en Estados Unido, Acércate y escucha, el último libro de Charles Simic (Belgrado, 1938) no hace más que reafirmar la modulación y de tono de sus entregas precedentes. Una memoria que se retrotrae hasta la remota época de su infancia en un país, Yugoslavia, que como tal ha desaparecido del mapa, es el germen de las reflexiones que, sin estar supeditadas por la añoranza o por la aflicción —vivió de cerca la Segunda Guerra Mundial y la invasión nazi en 1941—, sí trasmiten cierta melancolía, acaso porque la distancia geográfica y el afecto por los seres queridos dejados atrás de alguna forma y esa sensación de felicidad que se adhiere al recuerdo, tal vez sin premeditación, constituyen la columna vertebral de su identidad, una identidad rehecha en su país de adopción. El poema «El juego del escondite» es, en este sentido, ejemplificador. Comienza con esta estrofa: «No he encontrado a nadie / de la vieja pandilla. / quizá estén todavía escondidos, / aguantando la respiración / y tratando de no reírse» y finaliza así: «La oscuridad llega pronto / en esta época del año / y hace muy difícil / reconocer caras conocidas / entre las de los extraños». Y no puede extrañar al lector esa filiación entre los poemas que integran este libro y los de, por ejemplo, Mi sequito silencioso, publicado también por Vaso Roto, porque Charles Simic no parece concebir cada libro como un todo unitario sino como acumulación de poemas, como aclara en una entrevista reciente: «Escribo poemas todo el tiempo, y cada tres o cuatro años me detengo, echo un vistazo a lo escrito hasta ese momento y decido si tengo suficiente para un libro». No deja de sorprender al lector esta manifiesta improvisación, aunque lo que importan son los propios poemas, seleccionados y ordenados para dar consistencia al libro, por más que no obviemos las constantes repeticiones temáticas y estructurales.  Una de las repeticiones más llamativas es el merodeo por la acción que provoca la escritura del poema. El poeta no es un mero receptor que refleja en el papel la primera impresión sobre un determinado hecho, por el contrario, el horizonte de su reflexión se sitúa más allá de esa línea que delimita lo real, se adentra en las sombras, en los abismos de la realidad gracias a una sorprendente capacidad de asociación que nos deja boquiabiertos. Nada permanece, todo es inconsistente, por eso «El destino incierto dirige aquí el espectáculo», la propia incertidumbre es la razón de ser de estos poemas como lo es también la búsqueda del conocimiento «más allá de las apariencias», aunque no siempre resulta fácil perforar esa capa de costumbre que inhibe el deseo de supeditar la existencia a una toma de conciencia de las cosas más modestas. El ejercicio de introspección es arduo y no siempre los resultados son los esperados, por eso Simic recurre, con no poca frecuencia, al uso de la ironía, para mitigar ese aparente dramatismo —y digo aparente porque el poema rehúye de forma voluntaria los aspectos más sórdidos para centrarse en aspectos solo relevantes para un espectador autoexcluido— , como ocurre en «Después del bombardeo», que comienza con estos versos: «Una gran ciudad quedó reducida a ruinas / mientras tú te balanceabas en una hamaca / cerrando los ojos y dejando caer / el periódico que estabas leyendo / de tu mano al suelo». Los poemas de Simic no son, generalmente, muy extensos —en este volumen « Barco fantasma» es el más largo y apenas sobrepasa una página— y estás escrito son un lenguaje sencillo y coloquial, pero es su asombrosa capacidad de observación lo que provoca en el lector el deseo de releerlos para captar en toda su amplitud lo que se esconde entre los versos, en las potentes imágenes —algunas de ellas afines al espíritu surrealista: «el ojo sanguinolento del sol de la tarde», por ejemplo— y en las polisémicas palabras. Y es que el tono lúdico e informal no oculta que la presencia de la muerte se vea como un abismo hacia la nada: «En el regazo de la Parca / rebotando como un bebé / y también sonriendo. / ¡Sin dientes, pero qué sonrisa! / Todos están enamorados de ti. / Dicen que la Muerte / escondió su rostro bajo la capucha / para poder sonreír también». Charles Simic ha escrito más de cuarenta libros de poesía —una gran parte de ellos, traducidos a nuestro idioma—y ha sobrepasado ya los ochenta años de edad, pero su poesía sigue analizando el propio hecho poético y conserva un tono irreverente que nos resulta familiar y adecuado para que la dura realidad que estamos viviendo se haga más soportable. No se trata de cerrar los ojos a la adversidad, sino de abrirlos más aún para hacerla frente con las armas de nuestra experiencia, y eso los poemas de Simic lo logran no desde un trascendentalismo redentorista, sino desde la cotidianidad y la empatía.

* Reseña publicada en el suplemento Sotileza de El Diario Montañés. 11/09/2020