JORDI DOCE. LA VIDA EN SUSPENSO. DIARIO DEL CONFINAMEINETO. FÓRCOLA EDICIONES.

La declaración del estado de alarma y el confinamiento obligatorio que dicha medida trajo consigo ha propiciado, entre otras muchas cosas, un aluvión de publicaciones que dieron cuenta diariamente de, más que actos —muy limitados legalmente— impresiones, pensamientos, reflexiones que trataban de descifrar lo que estaba sucediendo, el desconcierto provocado por una situación inaudita que lesionó muchas de las conquistas personales que habíamos asumido como algo inalienable. Las redes sociales, los blogs, los medios de comunicación y, en menor medida, algunas publicaciones más especializadas han sido los escenarios más propicios para tales empeños. Muchos de estos textos, poemas, narraciones o diarios tenían fecha de caducidad, han prescrito en cuanto el estado de alarma fue revocado y ahora solo resisten en el espacio virtual como reliquias de un tiempo aciago que, sin embargo, parece que solo nos ha concedido una tregua —el lenguaje militar ha estado muy presente en este largo periodo—, a la espera de un último ataque. Algunos de estos escritos han tenido la fortuna de vadear esa corriente que arrastra lo inactual hacia el légamo del olvido y se han garantizado una permanencia más allá de lo consuetudinario plasmándose en las paginas de un libro, como ha ocurrido con “La vida en suspenso. Diario de un confinamiento”, el diario previamente publicado en las páginas de la revista “El Cuaderno Digital” por Jordi Doce (Gijón, 1969), un autor excelentemente valorado por los lectores más rigurosos, que tiene en su haber libros de anotaciones como “Hormigas blancas” (2005) y “Perros en la playa” (2011), enjundiosos ensayos sobre poesía y un buen número de libros de poemas —el último, “No estábamos allí” (2016) fue elegido mejor libro del año por los críticos de El Cultural— que le han aupado, con todo merecimiento, a un lugar de privilegio en el panorama poético de nuestro país. Con estos mimbres no es difícil aventurar que nos encontramos ante textos elaborados con intención literaria, intención que no resulta, en su caso, contrapuesta con la urgencia y la “obligación” de escribir el día a día. Baudelaire decía que no se puede ser sublime sin interrupción, y Jordi Doce, a diferencia de muchos otros, es consciente de ello, por eso cuenta, relata sus impresiones con la humildad de quien se sabe un espectador más de una película cuyo guion se escribe y corrige cada día, cada hora que pasa. No encontrará el lector en estas páginas comentarios fútiles ni sublimes, producto de la egolatría más que de la pura necesidad de comunicarse con el prójimo, porque la contención expresiva es uno de los rasgos distintivos de nuestro autor. «Escribir estas páginas —afirma— no tardó en convertirse en una rutina feliz que dio textura y solidez al calendario, un hábito que me ayudó a mirar más de cerca el mundo». La particular forma de mirar de Doce, como comprobaremos más adelante, posee una intensidad y una perspectiva que nos resultan muy atrayentes. En los tres meses que —es verdad, con una intensidad decreciente— duró el confinamiento, ciertos  hábitos, antes realizados sin mucha conciencia de ello, hubieron de ser modificados, cuando no suspendidos. La rutina diaria, laboral o de ocio, se vio alterada (y aún no ha recuperado su estado anterior, quizá no lo haga en los próximos años), las emociones atrincheradas en un espacio menos habitable cuando se construye a partir de imposiciones se convirtieron, en muchas ocasiones  en un infranqueable muro de contención que trataba de contener el aluvión de desgracias, las cifras de contagiados y de muertos que exponían los medios de comunicación. «Paso las horas leyendo artículos de prensa, columnas de opinión, explicaciones de expertos y “tutólogos” varios. Está la necesidad de saber, claro. Y también una fascinación malsana a la que no termino de resistirme (al fin y al cabo, aunque nos duela y nos inquiete, estamos viviendo nuestra pequeña película de ciencia-ficción). De ahí estos apuntes. Son mi modo de agarrarme a lo real y no dejarme llevar por las especulaciones. Tomo partido por lo menudo, por lo trivial; lo que percibo en el estrecho radio de mi experiencia. Quizá de esta manera eso mismo, en su pequeñez, me devuelva un poco de luz». Como se puede apreciar, la humildad de planteamientos a la que más arriba hacía mención, está  a flor de piel. No hay asomo de instrumentalizar la experiencia para alimentar una egolatría que él mismo denuncia: «Veo que algunos colegas no pierden la ocasión de darse pisto. Ahora, en las redes sociales, hay quien ofrece “libremente”, como favor a posible electores, su libro de poemas o de cuentos en PDF. Una manera como otra cualquier otra de agitar sus plumas de pavo real, pero con apariencia de gesto caritativo. O al reino de los cielos por la autopromoción». Jordi Doce, sus lectores lo sabemos, rehúye el exhibicionismo. Sus comentarios, por el contrario, dan cuenta de la fragilidad de la existencia, vista ahora desde su punto más soterrado, cagada por el polvo de la incertidumbre. Nos creímos dioses y solo somos peones en manos del destino, dóciles sujetos obligados a llevar «esta vida en suspenso, a la expectativa, en la que no dejamos de trabajar y cumplir con lo que se espera de nosotros. Esta vida de encierro que, sin embargo, no puede abdicar de lo que sucede fuera, en un tiempo —presente, futuro— del que apenas tenemos vislumbres».