CÉSAR IGLESIAS. CARTA DE MAREAR. EDITORIAL HERACLES Y NOSOTROS, Nº 28.

Antes de comentar el conjunto de poemas que ha rescatado César Iglesias (Meres, 1961) en este cuaderno, quiero hacer mención de la ya legendaria «Heracles y nosotros», una colección de cuadernos poéticos que de la mano del poeta Juan Ignacio González sobrevive desde hace cuánto, ¿treinta años? Es probable que los sobrepase. Sobrevive, como digo, gracias al empeño y a la generosidad —debo subrayar que es no venal— de Nacho González y con el estímulo de un grupo de amigos que alienta el proyecto. Una labor meritoria, sin duda alguna.

    La nueva entrega, Carta de marear, proviene, como el propio Iglesias relata, de «una carpeta azul [que] preservaba las huellas privadas de aquel tiempo, de aquella ciudad [se refiere a Gijón]. Sobrevivió a mudanzas y derrotas por la persistencia de Eugenia en el amor. También, a la amistad de quienes consideran que aquellos textos juveniles, más allá de su valor testimonial, habitan el origen del decir y el sentir de mi escritura pública».  Como es natural antes de darlos visibilidad pública, César Iglesias ha revisado «el largo centenar de poemas» y los ha reducido a veintidós, poemas que están magníficamente acompaños por sendas ilustraciones de Avelino Fierro y Melquiades Álvarez, así como por fotografías de José Carlos Díaz. Todo ello hace del conjunto una obra de coleccionista. Pero vayamos a los poemas. Desde el primero, la ciudad aquiere el protagonismo temático: «Esta es una ciudad / con casas que sombrean / las playas y sus aguas». Cualquiera que conozca Gijón sabe que posee una enorme playa urbana y que, cuando las mareas vivas azotan la costa, el oleaje invade el hermoso paseo que la bordea, ese «territorio de ancianos / que a paso lento viven / el ocaso previsto», pero Gijón es, fundamentalmente, uan ciudad industrial que «da cobijo a las gentes / que expiran a tres turnos, / gremio de los tenaces: / amansan los aceros, / doblegan los ladrillos, / excavan en lo oscuro, / embridan las tormentas…». Este primer poema, escrito en versos de arte menor, como el resto de los que integran Carta de marear (salvo algunas, pero escasas, excepciones), nos introduce en el verdadero leitmotiv del libro, mitigar la nostalgia por un tiempo irrecuperable. No podemos saber si la escritura incial de estos poemas abundaba en esa atmósfera de pérdida que ahora domina estos versos, acaso la miarda primigenia fuera más fervientemente hímnica y en la reciente revisión el tono haya mutado hacia esa postura elegiaca, en todo caso, lo poemas que ahora leemos inciden en esa melancolía —«Maeras moribundas, / pájaros carroñeros / y los trozos hermosos / del gasolil en el agua. / Esta ciudad su muelle, / su shombres, sus mujeres, / viven en los desgauces, / sordos a los estrépitos / y a mis lamentaciones»—  lo que no impide que se reivindique la atracción que supone correr una aventura marinera: «Hora es ya de embarcarse», escribe Iglesias, pero, pese a que «lo nuestro es navegar / por las aguas sombrías, / capitanes de altura. / Nadie nos avisó / de que somos los náufragos», aunque los náufragos, a diferencia de los ahogados, encuentran una tabla de salvación que les permite sobrevivir, y la tabla de salvación de César Iglesias son los recuerdos, amparados en una serie de lugares de encuentro que permiten al poeta reconstruir, y tal vez mitifcar, ese pasado que dibujado la identidad actual: «Brisamar, Paradiso: / nombres de nuestros días / en esta esquina al norte. / Subo a  Los Mareantes, / cerro de los suicidas. / Ojerosa te veo, / tan guapa en tus despojos, / pero nada te salva. / Sé que estás en la fuga / de farmacias en guardia. // La marea te espera: / reclama sacrifio». Los dos ejes sobre los que giran estos poemas, el siempre enigmático mar que parece resumir las historias más heroicas y el de la ciudad, apegado a la supervivencia cotidiana, tan bien combinados en estos poemas, se abren a un tercer eje, el del amor, en los poemas finales, un amor que contribuye a que la mirada sobre la ciudad embellezca los instantes de dicha vividos en sus calles, en sus tabernas y bares, en aquellos lugares cargados de un simbolismo propio. Después de recorrer aquellos veinteocho kilómetros, una distancia entonces no tan mínima como nos parece hoy en día, «Desciendes al arcén / y la ciudad te acoge. / Llegas con la alegría / e iluminas mis calles, / maltartadas de lluvia, / alquitrán y neumáticos. / Conviertes estas horas / en un sábado eterno». Eterna es también, gracias al poder evocador de los versos de César Iglesias, el aroma de una ciudad que, como todas, solo puede conservar intacta su esencia cuando se produce ese reencuentro emocional con quienes hemos sido, cuando reconocemos que, pese a las heridas sufridas, no hay lugar para el resentimiento, sino para la reconciliación con el presente. Quienes hayan leído los últimos libros del autor, Lengua de duelo y Suena la nieve, publicados ya en una madurez definitiva, y lean ahora la prehistoria literaria de César Iglesias, entederán que dichos libros no surgieron de la nada, había detrás una un constancia subterránea, un conocimiento del oficio fraguado en horas de  escritura y en la sabiduría vivencial que concede del paso del tiempo.

* Reseña publicada en el suplemento Sotileza de El Diario Montañes, el 28/08/2020