DANIEL COTTA. ALPINISTAS DE MARTE. XXXIII PREMIO INTERNACIONAL DE POESÍA ANTONIO OLIVER BELMÁS. EDITORIAL PRE-TEXTOS

Quienes seguimos el quehacer literario de Daniel Cotta (Málaga, 1974) sabemos que es un autor con una marcada personalidad literaria. Cada uno de sus entregas poéticas demuestra que no es un mero peón de una corriente poética determinada, sino que va por libre, a pecho —a verso— descubierto, con un planteamiento estético que sorprende por su novedad y por el rigor con el que lo lleva a cabo. Auden, hablando de Cavafis, decía que «en la medida en que un poema es producto de una determinada cultura, pero en la medida en que es la expresión de un ser humano singular, resulta fácil, o difícil si se quiere, que una persona perteneciente a una cultura ajena lo aprecie como parte del grupo cultural al que pertenece el poeta». Si bien en este caso, no se trata de situarnos en una cultura ajena, sino más bien, del grado de conocimiento de disciplinas muy específicas —la ciencia, la astronomía— en las que el lector habitual suele ser un lego, porque, además, no siempre están bien avenidas con la poesía, lo que produce cierto desconcierto. Algo similar ocurre, a nuestro parecer, con Daniel Cotta, quien este mismo año 2020 publicó El beso de buenas noches, libro probablemente escrito simultáneamente, o casi, a Alpinistas de Marte, teniendo en cuenta que existen vínculos que los relacionan de forma inapelable, como la dificultad de interpretación que sugiere esa apelación al lector —implícita también en el libro que ahora comentamos en estas líneas— o la recurrencia a los astros muertos hace miles de años y cuya luz vemos todavía en el universo: «Y ahora que ya has muerto y que recoges / pedazos de la estrella que ayer fuiste…», versos del primer título mencionado, no se diferencia apenas de estos del poema «Imantado»: «Sobre la huella de Orión orbita / un astro con un faro al Polo Norte. / Las noches que no hay luna, / voy apartando estrellas en busca de su luz. / Dicen los astrofísicos que es una estrella muerta», de su libro más reciente.

     El Sistema Solar se ha convertido para Daniel Cotta en un escenario en el que representar una historia de amor, amor real, podríamos decir, en contraposición al amor platónico, este sí, más proclive a las asociaciones enfáticas y/o disparatadas. Aunque el título del libro circunscribe en exceso el espacio el que se desenvuelven los poemas, nos permite hacernos una idea de la extrañeza conceptual que nos espera, y digo conceptual porque, sin embargo, formalmente no presenta, ni es preciso que lo haga, ruptura alguna. La métrica se ajusta generalmente a patrones rítmicos tradicionales y, en cuanto a las estrofas, por haber, hay incluso algunas que dan forma al soneto, pero, como escribe Mario Pérez Antolín, «No me impresiona que hayamos llegado a Saturno con nuestras sondas espaciales. Se necesita más que eso para cartografiar la dimensión celestial: se necesita fantasía», y mucha fantasía hay, sin duda, en este libro de Daniel Cotta.

    Sin embargo, después de leer este libro, creo que no estaría de más aprender unas nociones básicas de astronomía porque, sin duda, facilitarían la ubicación espacial al lector y acaso este sacaría más partido de las asociaciones y metáforas que frecuentan las páginas de este libro en una relectura, aunque, por supuesto, no resulta imprescindible. El hecho mismo de ambientar esta historia de amor en el espacio interestelar confiere a tal circunstancia un especial distanciamiento, como si para cuantificar dicha historia la Tierra se quedara pequeña y fuera preciso navegar en busca de nuevos horizontes, de nuevas atalayas de observación (de ahí, quizá, proviene la referencia al alpinismo) y otorgarle la forma indeterminada del universo. Claro está que esto lleva aparejado un riesgo: las grandes magnitudes nos impiden percibir lo minúsculo, lo microscópico: «He visto —escribe Cotta— la génesis de un pulsar / a doce mil quinientos años luz. / Sé una ecuación para eludir las fauces / de un Agujero Negro. Y todavía / no me puedo explicar una amapola».

     Ignoramos si este viaje está narrado desde una estricta sucesión cronológica porque los datos que se nos aportan carecen de la definición suficiente en este aspecto, pero lo que si podemos asegurar es que es un elemento que propicia la reflexión sobre la permanencia del amor, como podemos comprobar en el poema «Saber de la noche», que finaliza con estos versos: «No sabe nada, nada de la noche / —el sol ha muerto, Umbriel gobierna el mundo— / quien no se aferra al hilo / del último vestigio / que tiene de la vida, / que es tu nombre». Por lo demás, es cierto que el autor maneja referencias que se escapan a la comprensión del lector común, pero no siempre es necesario conocer datos biográficos o geográficos para percibir la intensidad emocional de una obra de arte, e un poema en este caso. Más discutibles son esos abismos que crea el pensamiento después de una sucesión casi anárquica de imágenes —el ejemplo más paradigmático lo podemos ver en el poema «El fin», en el que, después de enumerar unas condiciones de vida dramáticas, surge el milagro, y ese milagro «era Dios que venía a recogerme», a rescatarle, podría decirse— pero es indudable que el poeta escribe desde una posición que alterna el quién y el dónde. El pacto que establece consigo mismo es de carácter antisentimental. Daniel Cotta no se permite caer en una sensiblería anacrónica, más aún si tenemos en cuenta el telón de fondo futurista de la historia. Como él mismo escribe en el poema «Apostasías», «hay dos maneras de mirar la luna: /   a lo científico y a lo poético». Nos parece que esa forma de mirar se extiende, no solo a los astros, sino a los hechos cotidianos, por eso, junto a la descripción técnica de los procesos físicos, de los accidentes geográficos conviven las descripciones líricas, como en el poema «Monte Olimpo de Marte», que finaliza así: «Y cuando coronemos / la cumbre y nos veamos / libres de los harapos de esta atmósfera, / ver que era solo un trampolín, que queda / —más allá de la cima y del vacío— aprender a volar», seguramente el más secreto deseo de todo alpinista.