PILAR BLANCO DÍAZ. YO ESCRIBO LA NOCHE. CHAMÁN EDICIONES

 Toda la noche oyeron pasar pájaros, el hermoso título de una de las novelas de Caballero Bonald, podría ser un buen subtítulo para el último libro de poemas de Pilar Blanco, Yo escribo de noche, tomado este a su vez de un verso de Alejandra Pizarnik: «Palabra por palabra yo escribo la noche», y es que muchos pájaros sobrevuelan estas páginas —el libro comienza con estos versos: «es la silueta de la noche un pájaro / que apenas se sostiene en su tiniebla» y la poeta, en otros poemas habla de «soñar que alzan el vuelo las palabras», como si fueran pájaros o se califica a sí misma como «yo pájaro, un mismo temblor frágil» — mientras los vaivenes del amor fluctúan entre la consumación y el desengaño, entre el deseo y la euforia. Pero antes de entrar en detalles, conviene poner de relieve la perfecta estructura del libro, dividido en tres secciones —la central ejerce de bisagra— más un pórtico o umbral, con sus correspondientes epígrafes, por cierto, muy abundantes también en los poemas, como si la autora quisiera balizar su travesía poético-amorosa con indicadores precisos, que evitan la posibilidad de salirse del camino previsto. Así, los nombre de poetas como Pizarnik —a quien recurre en más de una ocasión, como sucede también con el padre del Ultraísmo, Vicente Huidobro— Idea Vilariño, Ida Vitale, Piedad Bonnet, Adam Zagajewski, José Saramago, Mahmud Darwish o Rosario Castellanos, entre otros, acompañan a Pilar Blanco en su particular indagación: «Un día —escribe Blanco en unos de los últimos poemas del libro— la saeta del amor te dejó atravesada para siempre y aprendiste a seguir con su filo clavado en el nudo más tierno del dolor. / Y aprendiste a morir en el abrazo intrépido: a más dolor más vida, / a más amor más lágrima, más rosa del desierto, más punzada de sal», versos que, por cierto, nos recuerdan a los versos de José Hierro «Llegué por el dolor a la alegría» y sus antecedentes románticos.

     En la primera sección, significativamente titulada «Ello», referido por tanto al estado de enamoramiento más que al sujeto que lo provoca, se incide en las causas de ese enamoramiento, estado próximo a la locura: «Así, el que apuntala los cimientos de su debilidad y erige fortalezas invencibles / se hará sabio, aunque lo llamen loco, / profeta, aunque a nadie fecunde su palabra inflamada. / se hará poeta y luego / creará un universo en su locura»., y es que el amor es una fuerza que desafía al destino, incluso a la muerte (el eco de Quevedo se deja oír en versos como estos: «Los huesos calcinados, pero amándote». El amor es arrebato, fulgor y éxtasis, aunque tenga fecha de caducidad, el amor son «dos lenguas que construyen un lenguaje, / dos unos frente a frente cuya fuerza / es su necesidad»  (no resulta difícil advertir aquí un influencia sanjuanista, como sucede también en estos versos: «El que ama se entrega, / el que ama se desensimisma, / abre su corola para ser mundo, para / ser otro, para dejar de ser»).   

     La segunda sección, titulada con una enigmática «-S-» posee otros ingredientes que fortalecen el amor. Pese a la constatación de la fugacidad de todo empeño humano, la poeta pretende vivir en un mundo construido alrededor de su deseo —aunque es consciente de que «Desear no es tener»— y condena todo aquello que se interpone en su pretensión: «Desespero del tiempo que excavó las trincheras que ahora nos desune, / que afiló la alambrada y electrizó su abrazo, / que volvió venenosas las palabras / y ásperas las caricias», palabras, además, volanderas como pájaros que se prenden «del cable del teléfono», palabras traicioneras, inútiles que dejan «dejan su sonsonete amargo, su frufrú mentiroso que no mueve montañas ni abre en dos el mar Rojo de la esperanza», una esperanza teñida por los heraldos negros que mortificaron a César Vallejo. Poemas como «Lo que se escapa», «Cerrando astillas» o «Pangea» muestran esa dicotomía entre al realidad y el deseo, esa lucha condenada a la derrota que ni siquiera la poesía logra embellecer: «Tampoco tú, poesía, alimento del excluido, sed del embriagado en las alturas de la noche. / Tampoco desde ti más que la lágrima», idea que se repite en la última sección del libro, «Ella». La pérdida del amor y la consiguiente sensación de abatimiento y soledad obligan a concluir que «La poesía no es consuelo para pájaros. Si acaso voz unísona, dolor contra el dolor tentando el equilibrio. / Si acaso compañera de inmensidad, / de tabla en el naufragio irreversible», pero, pese a la escasa confianza que le brinda, al final la escritura es la única forma de dejar constancia de lo que fue, es la manera de «inmortalizar» el recuerdo: «Una mujer con un cuaderno. Al fin es eso. / la escritura es una mujer sola ante un cuaderno / oficiando todos los adioses que pasaron frente a su ventana. A eso lo llamo vida». Al final, fusión de vida y escritura, una escritura la de Pilar Blanco que ha mutado desde su habitual contención expresiva hasta el desgarramiento verbal discursivo, acaso por la necesidad de exprimir el fruto de la experiencia en su totalidad.

*Reseña publicada en Sotileza, suplemento de El Diario Montañés, el 21/08/2020