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RAFAEL MORALES. AQUITANIA. COLECCIÓN BASTARDILLA. EDICIONES LA DISCRETA.

La intensa actividad profesional como profesor universitario en la Universidad Autónoma de Madrid y como ensayista —acaba de aparecer el volumen Revisiones. Apuntes y tanteos sobre poesía contemporánea, en Libros del Aire, editorial que ya había publicado anteriormente su alabado estudio sobre el pessoano Libro del desasosiego— ha solapado la escritura poética de Rafael Morales (Madrid, 1958), de hecho, hasta la fecha, solo ha publicado dos libros de poemas, Canciones de deriva (2016), curiosamente vio la luz antes en italiano bajo el título Canzoni di deriva, en el año 2006, y Climas (2014), titulo que recuerda al canario Andrés Sánchez Robayna con quien como luego veremos, mantiene ciertas vinculaciones estéticas. Reunió Morales estos dos títulos en el volumen Manual de nocturnos (2017). Aquitania es, pues, su tercera entrega y viene precedida de un extenso prólogo escrito por José Ignacio Díaz que desgrana minuciosamente las claves de la escritura de nuestro autor, una escritura que apuesta por lo sustancial y que desplaza lo discursivo a un segundo plano, subsidiario siempre de lo conceptual. Díaz escribe a este propósito: «… una voz poética que busca la palabra precisa, el verso justo, y que evita no ya el desbordamiento expresivo sino todo lo que pueda recordarlo» y, más adelante, habla de la «decidida voluntad antirretórica» de nuestro poeta. Con ser del todo cierto, debemos reconocer que hay momentos, escasísimos, sí, más proclives a que lo anecdótico se resuelva de un modo narrativo, como vemos en estos versos del poema «Fotografía»: «Junto al jardín la casa / y el resol desvivido en su patio desnudo / donde el aire / sin fuerza escatima su pulmón» o estos de similar estructura del poema «Riada»: «Junto a la sal ardiente de los esteros / brasas del sol, / centinelas hundidos, / en su garita aguardan». Soslayando estos ejemplos, ejemplos que, por otra parte, no tratan de diagnosticar sino de constatar, es innegable que Rafael Morales tiende a la desnudez formal, pero como método para amplificar el significado, dejando que sea la palabra sola, privada de su séquito, la que con alumbre las muchas intuiciones que se vislumbran en estos poemas, a pesar de que las referencias toponímicas enmarquen lo reflexivo en un escenario reconocible, como ocurre, por ejemplo, en el poema «Faro (Monte Louro)», del que extraigo tos versos: «Estupor o verdor, / el prado virginal con el pecho del ave / sangra la puesta en los espinos, / y sin abrigo adentra, breve petirrojo, / algún vuelo arrojado, / tan valiente…» o en «Surf», en el que el poeta contempla desde el promontorio que da acceso a la playa de Langre a unos esforzado surfistas —«diminutas sombras fugitivas»—cabriolando por encima de las olas: «Los vi desde las algas / oscuras, asomado / al cielo invertido y su balcón de sombras, / con mi ojo amarillo y sus bueyes / varados, / tatuado de agua» Más arriba hablaba de la influencia del primer Sánchez Robayna en este libro, si no en el paisaje casi deshabitado y lunar del isleño, sí en el recurso a la naturaleza como modo de conceptualizar la experiencia propia, como metáfora de la soledad humana, pero también resulta evidentes las presencias de poetas como Claudio Rodríguez («Todo es hueco en el aire que respira») Juan Ramón o Jorge Guillén —aunque sin el agradecimiento vital del poeta vallisoletano, basta leer ese implícito homenaje a Haendel que es el poema titulado «Lascia ch’io pianga»—poetas estos últimos que supieron sacar un extraordinario partido de la economía expresiva y de la sugerencia conceptual que esta lleva, habitualmente, aparejada. Rafael Morales refuerza esta ambigüedad semántica con el uso de un vocabulario infrecuente, arcaico en ocasiones, que, en ocasiones, obliga al lector a recurrir al diccionario para conocer su significado, aunque lo que pretenda el autor sea, más que seguir la presunta lógica de las definiciones, alimentar lo intuitivo, lo simbólico. «Los poemas —escribe José Ignacio Díaz— se detiene en lo frágil o en lo leve, en elementos originales, sin buscar un sentido más allá de una percepción, que muy a menudo es poética y exportable, en la medida en que lo considere el lector, hacia otros horizontes». No podemos estar más que de acuerdo, porque en la forma de mirar del Rafael Morales poeta, importa menos quien mira que lo que es mirado y el lenguaje, insuficiente para recuperar en su totalidad la experiencia vivida es, pese a todo, la herramienta incuestionable —no hay en este libro reflexiones de orden metapoético que nos hagan dudarlo— para preservar algo de su desvanecida esencia.

*Reseña publicada en el suplemento Sotileza de El Diario Montañés, el 3 de julio de 2020