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PABLO NÚÑEZ. TUS PASOS EN LA NIEBLA. EDITORIAL RENACIMIENTO.

El título de este libro —Tus pasos en la niebla— nos pone de inmediato en la pista del tono de la poesía que nos espera bajo la hermosa cubierta que agrupa los poemas, una poesía cargada, más que de hechos objetivos, de sugerencias, de impresiones en algún momento evanescentes, envueltas en un halo de incertidumbre que las hace resbaladizas, difíciles de ubicar en el continente del lenguaje, a pesar de estar escritas con un lenguaje claro, esmerado pero no afectado ni propenso a las desviaciones retóricas del irracionalismo más ortodoxo. Y no es que no abunden hechos, anécdotas, como luego veremos, cargados de misterio, pero este misterio reside en la esencia de lo que se dice, no en la película formal que lo envuelve.

     Pablo Núñez (Langreo, 1980) es un poeta sobrio en su decir contenido, y esa sobriedad se hace extensiva a su escasa de prodigalidad. Es este su segundo libro —Lo que dejan los días (2014), fue el primero— y acaso por esa razón, por la paciencia, por su elogio de la lentitud, su poesía da la sensación de estar perfectamente tallada que ya no admite un golpe de cincel más, solo falta, para lograr la representación perfecta, el concurso del lector. Será él quien se ocupe de abrillantar aristas, de pulir significados desde su propia experiencia vital.

     Tres son las secciones en las que se ha fragmentado el volumen: «La belleza del mundo», integrada por poemas que intentan atrapar esa belleza tan inconstante y volátil como los pasos que el autor da en la niebla, la belleza que nos rodea y que, en muchas ocasiones, no sabemos apreciar a pesar de tenerla al alcance de nuestros sentidos. La poesía de Núñez posee uno tono confesional y un vigor contemplativo muy cercano al de poetas como Eloy Sánchez Rosillo, algo muy visible desde el primer poema, «Cape Cod Morning, 1950», una écfrasis que tiene como referente un cuadro de Edward Hopper. La constatación del paso inexorable del tiempo —a pesar de no haber entrado aún en la cuarentena— va dejando su huella, por eso escribe: «Qué raro es todo. / Qué pronto se hace tarde para el juego», un juego que pone en relación al presente con una infancia perdida, con un pasado que marcó «el rumbo de estos años». El consejo de quien va dejando atrás ilusiones y propósitos cumplidos solo en parte es el mirar hacia delante: «… deja / las cosas que no sirven a tu espalda, / abandonadas, muertas, y prosigue / sin perder un minuto hacia la orilla / desea playa que sabes que te espera» y delectarse con la belleza del mundo, una belleza que te puede asaltar en la esquina más transitad de tu diario devenir.

     La segunda sección —«Confidencias»— nos remite directamente a ese tono confesional que mencionábamos más arriba y que tan bien se adecúa a las declaraciones de intenciones de este calibre: «Así que ya lo sabes: tú, ni caso, / equivócate solo, / haz lo que Dios te dé a entender, / y empieza, por ejemplo, / por olvidar sin más estos consejos». No es que el poeta esté de vuelta de todo, pero no puede ocultar que ya ha acumulado una experiencia suficiente como para afinar su capacidad de elección. Ya no es aquel joven que trataba de «olvidar que el mundo era hostil» en un salón de juego. Ahora se ve obligado a hacer «eso mismo que creímos / inaceptable un día». La vida te enseña a contradecirte («esa contradicción que fuimos en lo eterno», escribe más adelante). Por más que suene cruel, no deja de ser inevitable. En el modo en el que se asume ese fracaso ideológico se encuentra la clave de la supervivencia. Pablo Núñez ha visto claro que «uno mismo [es quien] descubre / el camino de vuelta de otras vidas, / los restos del pasado hacia la sombra».

     «Quizá solo unos pocos versos» es la tercera y última sección —aunque el libro finalice con la traducción de un poema de C. S. Lewis que hace las veces de epílogo y que redunda en el misterio al que hacíamos alusión al principio de este comentario—. Una atmósfera de nostalgia envuelve el recuento existencial: «Las huellas del ayer las atesoro, / atrapo fugazmente lo que huye, / y leer significa antes que nada / confrontar las verdades y los sueños. / Su rostro contemplé: seguí con vida». Esos pocos versos del título parecen ser el cauterio contra las heridas que inflige el pasado, el refugio en el que custodiar ilusiones y propósitos. Las referencias culturales son, en este acaso, una especie de coartada que justifica sus propios actos. Actúan como símbolos de una forma de entender el mundo, un mundo que, pese a que va cambiando a medida que cambia la perspectiva desde la que se le observa, mantiene intactas algunas de las razones que lo hacen habitable, como, por ejemplo, el amor a los libros que se ha prodigado a lo largo de los años: «Aún te arropan los libros que citas de memoria. / Aún resuenan, sagaces, en el aula, / los ecos de tu última lección». Quizá el poema que más imbuido está de esa atmósfera nostálgica es el pindárico «21 de agosto de 1987», fecha de la despedida del fútbol de quien fue todo un símbolo de honestidad, no solo en el terreno de juego, sino en su vida personal, Enrique Castro «Quini».

     La poesía de Pablo Núñez tiene, aunque se refiera a hechos anecdóticos y cronológicamente identificables, un tono clásico que la hace intemporal. El lector siente palpitar en sus versos una emoción que le resulta afín y una forma de expresarla en la que de inmediato reconoce la imagen de sus propias incertidumbres y deseos, esa es la principal virtud de estos versos, que llegan directamente al alma.

*Reseña publicada en la revista ElCuadernodigital el 29/06/2020