GREGORIOEl-amparo-de-las-sombras-GREGORIO-LURI-598x837JOSÉ FERNÁNDEZ CENTINELAS-DEL-SUEÑO-1

 

 

GREGORIO LURI. EL AMPARO DE LAS SOMBRAS. COL AFORISMOS. LA ISLA DE SILTOLÁ.

JAIME FERNÁNDEZ. CENTINELAS DEL SUEÑO. COL, AFORISMOS. LA ISLA DE SILTOLÁ

No cabe duda de que la editorial La isla de Siltolá ha apostado fuerte por un género tan el alza como el del aforismo. Lo acredita la creación de un premio que lo incentiva y la puesta en marcha de una colección que ha sobrepasado ya la treintena de títulos, muchos de ellos indispensables para calibrar la importancia de estas cápsulas reflexivas y su incidencia en el modo de abordar el conocimiento de la realidad en todos sus aspectos, empezando por el conocimiento de uno mismo, premisa ineludible para conocer cuanto nos rodea.

    El amparo de las sombras es el segundo título de contenido aforístico que Gregorio Luri (Azagra. Navarra, 1955) publica en la editorial. El primero fue Aforismos que nunca contaré a mis hijos. En el texto de presentación Luri escribe que vivimos «de espaldas a las evidencias que nos cuestionan» y, posteriormente, acaso justificando el título, dice: «Todos necesitamos del amparo de las sombras, del regazo de la penumbra […] Todos podemos recibir esa temblorosa luz que alimenta la vela en la penumbra, como un don que nos permite un nuevo comienzo, porque al alma lo que le da alas es la luz de una vela, no la luz cegadora del mediodía», acaso porque, como escribe en uno de sus aforismos, «La luz de una vela ilumina el alma con más claridad que la del sol». Y del claroscuro, de las sombras, de las incertidumbres, de las apariencias surgen estos aforismos que no soslayan ningún asunto, por muy de actualidad que esté: «Hay españoles que para pasar por europeos se dedican a despotricar de la patria que les permite ser europeos», aunque, como cabía esperar, no rehúye, antes al contrario, lo intemporal: «El vivisector siempre mata lo que vive al intentar comprenderlo; como hace el pensamiento con la vida». La vida así, en abstracto, es analizada en muchos de estos fragmentos, en estas ideas autistas, en las que no se excluyen la crítica de carácter social: «Hay pobres que se pasan la vida ahorrando para su entierro y eso da vida a su vida». Pero resulta imposible resumir en unas líneas los cientos de aforismos contenidos en este volumen, pese a que «En un aforismo solo cabe una viruta de gubia, un tirabuzón inútil que le sobra a la realidad». Jorge Bustos, el autor de las palabras de la contracubierta atina de pleno cuando dice que «Los aforismos de Luri nos iluminan, pero no como si pulsara un interruptor en la noche, sino como si descorriera una cortina al amanecer».

     Centinelas del sueño, es también el segundo libro de aforismos de su autor, Jaime Fernández (1960), quien, con el primero, Maniobras de distracción, obtuvo el I Premio de Aforismos convocado por la editorial. De esta segunda comparecencia escribe Gregorio Luri, vinculando los Anales de Tácito a nuestro autor que «El tacitismo no es una doctrina, sino una mirada desarmada a la realidad, que es la que el lector descubrirá en las páginas de este libro», una mirada desarmada, pero debidamente pertrechada de esa arma menos visible pero infinitamente más decisiva que llamamos inteligencia y que comienza interrogándose a sí mismo y al lugar que ocupa en el mundo, en la parcela de realidad en la que se conforma su identidad —«Cuanto mayor sea la diferencia entre la forma de vernos y la forma en que creemos que nos ven los demás, también será mayores las dificultades para entendernos con ellos. Y con nosotros»—y que le hace observar a debida distancia porque «No se ve nada cuando la distancia entre uno y el mundo se acorta. La distancia aclara la vista». Jaime Fernández sabe además que para definir con la mayor precisión posible lo observado entra en concurso el dominio del lenguaje, a pesar de sus limitaciones, de sus perversiones porque «El lenguaje casi nunca está a la altura de los sentimientos. En cuanto la lengua habla por ellos, los desfigura», a pesar de lo cual, digo, un hombre de letras como es, no ceja en delegar en ellas el conocimiento del mundo: «Las imágenes se ven; las palabras hacen ver», escribe. El conflicto identitario está presente en muchos de estos aforismos a través de la mirada interior, pero también a través de la mirada del otro, del prójimo, del amigo, del desconocido: «Cuando uno habla de sí mismo en realidad habla de otro. Cuando habla de otro, habla de él mismo». Como todo libro de aforismos, conviene leer este Centinelas de sombras espigando aquí y allá, degustando la sabiduría que destilan, pero sin atragantarse, porque hay mucho que pensar tras la lectura de aforismos como este: «En cuanto “yo” escribe, miente. Ese “yo” no puede hablar de él como si fuera el único yo», acaso porque, como todos sabemos, yo es otro.